El tren de la bruja y la Casa del Terror. Así se llamaban (y supongo que se siguen llamando) las atracciones más famosas de esos pequeños parques de atracciones que no pueden permitirse el lujo de tener una gran montaña rusa. Nos montábamos en el vagón y, después de un pequeño acelerón, la velocidad disminuía. En el Tren, la estrella era el escobazo; en la Casa se jugaba con la oscuridad, con los guiños de luz, los murmullos cercanos o lejanos y el desfile de personajes de leyenda gótica y de terror: la doncella ensangrentada y el mayordomo con cuchillo en la cabeza, Drácula o un pariente con capa, el hombre lobo, Frankenstein y hasta alguna momia perdida… Todos estaban ahí como en una siniestra Termomix, mezclados en paralelo al algodón de azúcar de fuera. Entonces el vagón quizá deceleraba un poco más, y uno se preparaba para recibir el susto final: ¡la bruja! –¡aaaaah!– acompañada de un fulgurante relámpago, la imagen de una muñeca deformada por el mal y un grito que, si eras suficientemente pequeño, aún conseguía estremecerte. La bruja. Ya casi nos habíamos olvidado de ella. Habíamos fijado para siempre su significado gracias a aquel tren del parque de atracciones y algún cuento. Pero hete aquí que la bruja vuelve, y lo ha hecho de la mano de un montón de mujeres que no se lo acabaron de creer del todo. 

Desde hace algunos años, el feminismo vuelve a convocar a las brujas en el bosque de papel para preguntarles de dónde salió toda esta acusación. Porque la brujería es, antes que cualquier otra realidad, una acusación, una palabra que mal-dice. Lo hemos visto en Agnes, el extraordinario personaje de Hamnet, de Maggie O’Farrell: ¿Gozas de una extraña sensibilidad para las plantas y sus combinaciones? Bruja. ¿Te mantienes al margen de la chismosa vida del pueblo? Bruja. ¿Tienes una relación particular con la naturaleza y con tu cuerpo? Bruja. Bruja es, también, el nombre corto y fácil para decir heterodoxia, palabra que sobrevuela las cabezas de Deborah Moody y Anne Hutchinson en Cauterio, de Lucía Lijtmaer, cuando descubren que Dios se comunica directamente con su criatura –o sea, también con el cuerpo de la mujer– y deciden contarlo. Y no solo eso: Deborah se va a atrever a hacer lo mismo que ve hacer al capitalismo naciente: acumular. Pero parece ser que la acumulación solo está permitida a algunos. Esto sería –hasta donde he podido comprender– lo que viene a decir también Silvia Federici en el ya clásico Calibán y la bruja, donde le recuerda a Marx que se ha olvidado de la mujer al analizar la acumulación originaria del incipiente capitalismo tardomedieval. Bruja era la acusación sobre esa mujer que no quería verse a reducida –únicamente– a su labor reproductiva, un vientre del que sale mano de obra para el nuevo sistema. “Brujas”: se empezaba a decir de algunas mujeres que creyeron que podían tener sus propias tierras, ser artesanas, comerciantes, que pensaron que con su ingenio se podía hacer dinero, ir al mercado, tener una vida independiente del varón. 

A mi modo de ver, lo que nos viene a decir toda esta deconstrucción y nueva luz sobre la bruja es que nunca se trató, en el fondo, de si había mujeres que podían volar o cenaban niños. Que la cosa no iba de tener relaciones con el diablo u otras actividades escatológicas; tampoco de una postura más o menos impúdica sobre una escoba. Estos “cargos” nunca fueron lo decisivo. De lo que se trató siempre fue de control de pensamiento y de control del cuerpo. Una vez decidido a quién y qué se quiere controlar, la demonización es la estrategia más fácil y directa. Desgraciadamente, pese a lo absurdo de algunas acusaciones, aquella resulta también muy eficaz, mostrando hasta qué punto una ideología se puede convertir en una segunda piel, en un segundo corazón que oscurece el natural. Creo que toda esa vuelta sobre la verdad de la brujería contiene un mensaje liberador, que trasciende las fronteras del feminismo y nos puede ser de ayuda. 

Saber que la brujería es, antes que nada, una acusación destinada a señalar un dentro/fuera de la comunidad extremadamente rígido –de consecuencias mortales–, el nuevo rostro de unas normas de pureza de las que, tarde o temprano, acabaremos siendo víctimas, debería prevenirnos y hacer estar alerta frente a ella. Hoy, el conservador es acusado de liberal, el día en que expresa una opinión menos conservadora; y al revés. El izquierdista, de colaboracionista con el fascismo, la tarde que se le ocurre cuestionar la ortodoxia sobre un tema. Hay taxonomías estrechas dentro del feminismo, de la Iglesia… Salirse del guion esperado se perdona poco. Hasta el que no quiere escorarse puede ser potencialmente acusado de montar una escoba y llevar una cesta llena de pies de niños. A poco que tengamos algo de lucidez, muchos reconoceremos que también hemos creído ver volar a alguien en la noche.  

Como dice un amigo, a veces estas aberraciones ideológicas voltean sociedades y causan miles de muertos. La esperanza es la llegada de un tiempo en que nuestras acusaciones de “brujería” acaben moviendo a risa, dejando paso a la salud comunitaria. Que existan esas frases de Goya en los Caprichos. O el esperpento de Álex de la Iglesia sobre Zugarramurdi. Descubrir una instancia en la realidad, un Dios bueno, que nos permita ponernos en cuestión. Que la bruja vuelva, montada en la escoba que se había presentado como prueba en contra, divertida y regodeándose en su imagen deformada. Que deje atrás su grito estremecedor, y salgamos riendo y en paz de su tren, otra vez.

[Imagen de Roland Steinmann en Pixabay]

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Jesuïta en formació. Estudia la Llicència en Teologia Fonamental a la Pontificia Facoltà Teologica dell'Italia Meridionale de Nàpols. Col·labora amb l'associació Figli in famiglia al barri de San Giovanni a Teduccio.
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