La intervención de Roma en el llamado camino sinodal alemán me hizo temer que hubiera allí algún desvío. Por otro lado, en estos casos desconfío siempre de los medios de comunicación: porque no les interesa la verdad sino la audiencia. Y la audiencia se consigue con asuntos de cama y peleas (ahí está ese bochornoso programa “Corazón” de nuestra TVE 1). Un amigo jesuita alemán me habló claramente de “tergiversaciones” y eso ya me tranquilizó. El camino sinodal alemán había nacido como intento de respuesta al drama de los abusos y hubiese sido una pena que eso se desvirtuara.

Esos días de dudas que pasé me han servido para una reflexión sobre los peligros que amenazan a la Iglesia y que luego encontré ya formulados en el Nuevo Testamento. Los llamaré: la tentación de Galacia y la de Corinto. Yo siento que, en España, un amplio sector supuestamente católico, no acaba de aceptar ni el Vaticano II ni la vuelta al Evangelio del pontificado de Francisco, sobre todo en buena parte de su clero diocesano más joven y de algunos obispos. Suelo comparar a ese sector con aquellos que en Galacia combatían la predicación de Pablo y les aplico las palabras del Apóstol a los gálatas: “si alguien (aunque sea un ángel) os anuncia otro evangelio, sea anatema”.

Esta tentación de Galacia me hizo pensar que las acusaciones de algunos contra el camino sinodal alemán (prescindiendo ahora de su verdad) podían evocar una situación de cierta impaciencia o ligereza como la que se daba en los cristianos de Corinto, cuando Pablo se sintió llamado a escribirles: “ante vosotros no quiero saber nada más que a Cristo y este crucificado”. La afirmación es unilateral: Pablo en otros momentos sabe más cosas. Pero ante los corintios recurre deliberadamente a esa unilateralidad para añadir que el Libertador en que creemos es “locura para los sabios y escándalo para los hombres religiosos” (1 Cor 1, 23). Es importante por eso que nuestro proceder y la impresión que damos sea siempre aquella que tan bien definió D. Bonhoeffer: “estar con Dios en su pasión”.

Evoquemos aquí esa palabra tan de moda: la sinodalidad[1]. Que la sinodalidad marca el camino de la Iglesia es algo de lo que no puede caber duda. Pero, usando el lenguaje de Jesús, habría que añadir que la sinodalidad es una senda estrecha y empinada y no una autopista de varios carriles. Pues la sinodalidad alude a la totalidad de la Iglesia: no es una excursión de un grupo sino un caminar de todos. Y no cabe que un grupo reducido (por valioso que sea) se identifique con ella, como cuando Pío IX dijo: “la Tradición soy yo” (y antes Luis XIV: “el estado soy yo”). La sinodalidad somos todos.

Ahí podría estar el contenido de la acusación que algunos han lanzado contra el camino alemán. Por discutible que sea la acusación, creo que sirve para esa otra reflexión más amplia sobre los peligros que pueden amenazar a la Iglesia. Y quiero rescatar esa acusación porque el mayor peligro para las reformas de Francisco no lo veo en la ceguera de los que intentan pisar el freno como sea, sino en la otra de quienes se empeñasen en apretar el acelerador a toda costa y por su cuenta. Y creo que ese mismo daño se lo hicieron algunos al Vaticano II, dando argumentos a todos los enemigos del Concilio. Permitidme contar un viejo recuerdo.

Hacia 1965 coincidí en Roma con Henri de Lubac (yo pobre alumno del Instituto Bíblico –tan denostado entonces- y él perito conciliar): algunos estudiantes salíamos con él luego del almuerzo de mediodía a tomar un café en un bar muy cercano a la Via del Seminario. Recuerdo cómo le gustaba a De Lubac el “capuccino”. Y recuerdo sobre todo con qué entusiasmo nos hablaba de las sesiones conciliares y de la constitución Dei Verbum a punto ya de aparecer. Por eso me dolió y me sorprendió que, poco después de terminado el Vaticano II, el mismo De Lubac levantara con dureza su voz contra determinadas explicaciones (o explotaciones) irresponsables que algunos católicos estaban dando de la apertura conciliar: como aquellos cristianos de Corinto que pretendían que “ya hemos resucitado” y que, por consiguiente, ya no había frenos para los deseos humanos.

Yo sufrí desolado aquella reacción de De Lubac (y alguna otra parecida) como un descrédito del Vaticano II que los jóvenes de entonces intentábamos activar a toda costa. Y recordé una anécdota de la historia de mi país: cuando en 1931, después de tantas voces y tantos deseos, llegó por fin la república, al poco tiempo comenzaron a aparecer voces de intelectuales autorizados que clamaban: “no es eso, no es eso”…

Volviendo al Vaticano II, entonces parece que sí hubo algo de verdad en aquella reacción: quienes tengan mi edad recordarán la cascada de salidas de seminarios y de vocaciones abandonadas en aquellos primeros años posconciliares… (Algún caso he podido acompañarlo yo, años después, en su vuelta a la fe o a la práctica cristiana). Aquella reacción irresponsable contribuyó a fortificar las fuerzas hostiles al Concilio y ha retardado su asimilación y su digestión plena por el cuerpo eclesial. Y no sé si pudo contribuir a que, muy poco después se produjera el error de la Humanae Vitae, contraria a la opinión de la gran mayoría de la comisión convocada, y debida al miedo que infundieron en Pablo VI los conservadores. Y que el entonces cardenal Luziani trató de evitar a toda cosa (y solo por eso ya merece ser beatificado).

Desde un punto de vista psicológico, es tópico recurrir a la imagen de las aguas represadas a las que no se les fue dando salida y que cuando se desbordan provocan una inundación. Desde un punto de vista histórico, yo aprendí entonces la lección que he citado en otro sitio: que el miedo (no cristiano) de las derechas y la impaciencia (poco cristiana) de las izquierdas son dos grandes causas que dificultan el buen funcionamiento de la historia. Ojalá eso no se repita hoy con la línea de Francisco: pues por mucho que se diga que “la historia es maestra de la vida”, parece evidente que los hombres no solemos aprender sus lecciones.

Tranquiliza saber que los problemas y dificultades de la Iglesia no son nuevos sino muy viejos, como sugerían las anteriores alusiones a la época neotestamentaria. Por eso puede ser útil evocar también la vía de solución que se dio entonces para mantener la unidad en medio de las divisiones, y que Pablo asegura haber cumplido plenamente: “acordarse de los pobres” (Gal 2, 10). Esa atención primaria a los pobres puede ser una fuente de paciencia. Nos ofrece además el verdadero fundamento de algunas reivindicaciones (celibato opcional, ministerio de la mujer[2]…): que no broten de un mero afán burgués individual, sino de la necesidad de que todo el pueblo de Dios pueda tener acceso a la eucaristía a la que tiene pleno derecho.

Recordemos una frase de las que más me impresionaron del diario de Etty Hillesum: “cuando dejo de sentirme pura por dentro no puedo abrirme a los demás” (14 enero 1942). Así no se oscurecerá el anuncio jesuánico del reinado de Dios: el de la libertad de hijos y la fraternidad de hermanos.

***

[1] Traté un poquito más el tema en: “Sinodalidad eclesial (importancia, problemas, sugerencias)”, en Razón y Fe. n. 1454 (noviembre-diciembre 2021), pgs. 335-43.

[2] Por cierto, en este punto queda una pregunta para los que analizan documentos papales: tras haber leído el último sobre la liturgia me quedé con la impresión de que Francisco, al referirse a los curas, nunca usa la palabra “sacerdotes”: habla de presbíteros, de ministerio eclesial… pero, no sé si deliberadamente, parece rehuir el vocabulario sacerdotal en este campo concreto. Si es así, esta podría ser una de esas revoluciones secretas (y tan evangélicas) que Francisco deja ahí, para que fructifiquen algún día. No lo sé: el amigo Jesús Martínez, buen analista, tiene aquí una sugerencia.

[Imagen de PIRO en Pixabay]

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Jesuïta. Membre de l'Àrea Teològica de Cristianisme i Justícia. Entre les seves obres, cal esmentar  La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Els seus últims llibres són El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús i El amor en tiempos de cólera… económica. Escriu habitualment al diari La Vanguardia. Autor de nombrosos quaderns de Cristianisme i Justícia.
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