Existen muchos lenguajes espirituales. Como dice Panikkar, la relación entre la experiencia y el lenguaje es adual: nunca se da una sin la otra, toda experiencia no solo es transmitida a partir de un lenguaje sino también forjada dentro de las posibilidades que brinda determinado lenguaje. Un lenguaje es siempre lenguaje de una experiencia, por más que hoy proliferen las palabras vacías de significado, palabras muertas, palabras plástico como las nombró Uwe Pörksen en 1988.[1]

Es verdad que en ciertas narrativas espirituales o religiosas se habla de experiencias más allá del lenguaje, que es otro modo de decir experiencias libres de toda determinación. A pesar de mis serias dudas al respecto, incluso si de principio aceptamos tal posibilidad, una experiencia más allá del lenguaje no dejaría de estar determinada por el mismo, ya que todo “más allá” de algo se encuentra determinado por ese algo ante el cual se posiciona como “más allá”. De un modo u otro, pensar en el lenguaje espiritual se presenta como algo bastante pertinente, particularmente en nuestro tiempo.

De las muchas aristas desde las cuales se puede abordar la relación entre el lenguaje y la experiencia mística, religiosa o espiritual, a mí me interesa reflexionar en torno a cómo nuestras narrativas espirituales se ven determinadas por el lenguaje que nos circunda dependiendo de la época en la que vivimos. El tema dista de ser novedoso. Parece de lo más obvio afirmar que Teresa de Jesús escribió en un castellano del siglo XVI, o que las metáforas utilizadas en los textos budistas corresponden a las figuras de su época, tales como la rueda, la carreta, etcétera. Volviendo a la mística española del siglo XVI, particularmente la sanjuanista, en sus estrofas puede apreciarse lo que en su tiempo era bastante común: los versos bucólicos. Esta palabra quiere decir campestre o pastoril y se refiere a los versos de amor que se recitaban entre pastores y pastoras y que pasaron a la mística como poesía de relación divina. Sería equivalente a como si hoy en día nos inspiráramos en alguna canción pop para hablar con Dios.

Mi propósito es dedicar algunas columnas a reflexionar en torno a la influencia que ciertos términos o lenguajes particularmente modernos tienen en la espiritualidad, así como algunas de sus repercusiones. Lo que busco es dar cuenta de la porosidad entre la espiritualidad actual y el lenguaje moderno, pero también continuar con mi intención de pensar una ascética contemporánea que responda a las circunstancias concretas en las que nos encontramos una inmensa cantidad de personas que hemos caído en la condición de individuos modernos o tardomodernos del siglo XXI. El primero de los términos que me dispongo a tratar es el de conexión.

No cuento con las herramientas ni con el espacio como para indagar a profundidad la genealogía del término conexión. Sé que viene del latín y que significa básicamente unir, anudar, poner junto. Si nos imaginamos a un par de navegantes romanos del siglo III, seguramente, si es que usaron la palabra, se referían a atar algún nudo. Hoy la palabra conexión remite a un ámbito totalmente diferente: el virtual cibernético. Desde la conexión en el enchufe para nuestros aparatos electrónicos hasta la conexión al WiFi, el término al que me refiero ha cobrado una relevancia antes no conocida en la cotidianidad.

La virtualización o digitalización de la vida influye en nuestro cotidiano. No significa únicamente que ahora buena parte de nuestra vida la realicemos conectadas a algún aparato o a alguna red, sino que incluso los ámbitos de relaciones interpersonales se ven contaminados por la jerga cibernética. Cuando encontramos que tenemos alguna afinidad con alguien decimos (por lo menos en México) “conectamos”. Cuando resueno con algún tema puedo decir: “conecto”. Trasladamos la experiencia y la sensación a cuando estamos o no conectados a internet hacia cualquier otro ámbito de la cotidianidad, en donde estar conectada se convierte en la nueva metáfora incuestionable del todo va bien.

¿Qué influencia ha tenido esta metáfora de la conexión en la espiritualidad? Un dato interesante a tener en cuenta es que en la totalidad de la obra de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz, dos de los autores más prolíficos del castellano antiguo no solo en el ámbito espiritual sino literario en general, no aparece ni una sola vez las palabras “conexión” o “conectar”. En cambio, si hoy googleamos (porque ya existe ese verbo) “conexión espiritual”, encontraremos, antes que nada, la canción de Paulino Monroy que lleva el mismo nombre, una canción[2] repleta de términos religiosos y cibernéticos por igual como “click”, “místico”, “Génesis”, etcétera. Además, si buscamos libros que se titulen Conexión espiritual o Spiritual connection, los vamos a encontrar. Si prestamos atención a distintos círculos espirituales que siguen diferentes disciplinas, tradiciones y prácticas, es muy común que en todas ellas encontremos la palabra “conexión” para referirse a que su experiencia ha sido benéfica, satisfactoria o, por otro lado, “desconexión” cuando quieren expresar alejamiento, sinsabor, extrañeza o miedo.

Me atrevo a afirmar que las nuevas subjetividades que han sido formadas a través de la civilización de la pantalla y el internet, con independencia se su tradición espiritual, utilizan dicha metáfora en su lenguaje. La pregunta es, ¿cómo repercute esta metáfora en la espiritualidad de las personas?

A reserva de futuras posibles investigaciones al respecto, podemos empezar diciendo que la conexión moderna presupone polos o dimensiones a conectar. Presupone también la desconexión. No puedo dejar de referirme a la película de Matrix, incluso a la de Inception (El origen). Parte del argumento de ambas películas gira en torno a la posibilidad de conectarse y desconectarse entre distintos planos de la realidad o del inconsciente. ¿Qué es el internet sino una realidad paralela, una “realidad virtual”? Estar conectados o desconectados al internet dejó hace mucho de ser cuestión de lujo o divertimento, es hoy por hoy un elemento básico de la vida en la sociedad moderna en la cual no puedes realizar muchos trámites sin contar con acceso a internet. Independientemente de la enorme discriminación que esto implica en términos de acceso, lo que me interesa subrayar es el paradigma social totalmente inédito. Ahora buena parte de nuestras vidas se juegan en un espacio desencarnado y acorporal, que para acceder a él necesito prótesis mecánicas como el teléfono o la pantalla.

La discusión es larga, pero para limitarme a los términos que enmarqué al inicio del artículo, quiero decir que me parece que esto de la “conexión espiritual”, lejos de implicar un uso neutral del lenguaje, llega a determinar incluso la experiencia espiritual misma. La espiritualidad llega a ser ahora algo con lo que conectas o no; existe lo que te conecta espiritualmente y lo que te desconecta, ya sean lugares, prácticas o personas. Implica también que la espiritualidad o lo espiritual es una dimensión, quizás un correlato del WiFi, airosa o etérea, incluso hasta mental (recordemos que se habla de las conexiones nerviosas y neuronales).

Una pequeña anécdota graciosa. Cuando estudiaba en la universidad un profesor solía decirme, a modo de broma ante mi interés por la espiritualidad, que cuando caminaba por las zonas del campus que tenían conexión WiFi parecía que flotaba. Pues bien, a algo así me remite la “conexión espiritual” cuando la examino más a fondo: una narrativa en donde la espiritualidad es una dimensión airosa, cuasi espectral a la que uno se puede conectar… o no. Pienso en un ejemplo algo caricaturesco, pero que quizás ayude a comprender. Me imagino a una persona sentada (probablemente en flor de loto) en silencio y haciendo un esfuerzo notable en su rostro por “conectarse” espiritualmente, como quién enciende sus datos móviles para “conectarse” a internet.

Si este es el caso, si el lenguaje cibernético de la conexión influye y determina no solo nuestras relaciones interpersonales sino incluso nuestra espiritualidad, ¿qué tipo de ascética podemos practicar en estas condiciones inéditas que claramente no se experimentaban en otras épocas? Una primera posibilidad consiste en seguir la corriente, en ver con buenos ojos esta nueva formación espiritual y seguir utilizando la “conexión espiritual” y las prácticas que la refuerzan. A mí me parece que esto es problemático pues construye una espiritualidad demasiado cibernética. La otra posibilidad puede ser desconectarse de la conexión espiritual, lo cual tendría que pasar por una ascesis tecnológica que encuentre un uso limitado y humano de los aparatos y purgarnos así de tanta influencia cibernética en nuestra experiencia.

Las dos opciones son problemáticas y dan para más discusiones. La finalidad de este artículo es simplemente esa, llamar la atención sobre las implicaciones de la “conexión espiritual” y su influencia en nuestras vidas.

***

[1] Uwe Pörksen, Plastic words. The Tyranny of a Modular Language (Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, 1995).

[2] Ver https://www.youtube.com/watch?v=skhwi5Km56Q

[Imagen de Gerd Altmann en Pixabay]

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Filòsof, professor, mistagog i escriptor. El seu camp dinterès és la relació entre la mística i les lluites socials. Col·labora en diferents col·lectius socials, de diàleg interreligiós, espiritualitat i universitats. És autor dels llibres Encuentro, Religación y Diálogo. Reflexiones hacia un diálogo Inter-Re-ligioso (Samsara, 2020) i Impotente Ternura (PalabrasPalibros, 2021), Descubrirte en lo pequeño (Buena Prensa, 2021) i Convivencialidad y resistencia política desde abajo. La herencia de Iván Illich en México (CuLagos, 2021). Forma part del Grup de Religions i Pau de Cristianisme i Justícia i del Centre d'Estudis de Religió i Societat (CERyS) de la Universidad de Guadalajara, així com de l'Acadèmia de Transcendència i Societat de l'ITESO.
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1 COMENTARI

  1. no, experiència fora del llenguatge no equival a experiència “fora de tota determinació”
    un exemple de gust dubtós però molt real és la frase de Mike Tyson: “tothom té un gran pla… fins ke rep un cop de puny als morros”
    canviant de registre, diria ke l’autor podria rellegir amb profit al pseudo-Dionís l’areopagita abans d’embolicar-se amb la no dualitat
    la frase : Cuando resueno con algún tema puedo decir: “conecto” sembla indicar que l’autor no s’adona de com està immers en aquestes expressions contemporànies… l’ús del verb “ressonar” en aquest sentit és més recent que el del verb “connectar”
    per acabar, un exemple imaginari (algú assegut en la posició de lotus fent ganyotes d’esforç) no és més que un exemple IMAGINARI… i Aristòtil ja va deixar escrit que no hi ha cap realitat en els exemples imaginaris

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