Día del orgullo en Londres. Es el 50 aniversario de la celebración y participo en la marcha con la gente del LGMC, el coro gay del que formo parte. Conecto mi teléfono al wifi y al instante empieza a vibrar en lo que presumo que son mensajes felicitando el día y recordando donde nos vemos. Miro el teléfono y no doy crédito. Justo la noche anterior un amigo, compañero del coro, y su pareja fueron agredidos a la salida de un club gay en lo que sólo puede ser calificado como un injustificado ataque de odio. Dudo si todavía estoy soñando.

Se suceden los mensajes de solidaridad, recordándonos que somos comunidad, que hemos de cuidarnos unos a otros y que el amor vence al siempre al odio. Orgullo es protesta y celebración y 50 años más tarde de la primera marcha sigue siendo muy pertinente para nosotros. Hay una mezcla de emoción y rabia.

En el punto de encuentro para la marcha coincidimos con el grupo católico LGTBI+, con el grupo judío LGTBI, y con muchísimos grupos LGTBI+ de todo tipo. Ambiente de celebración. Comienza la marcha. En mi coro vamos cantando “Dont Stop Me Now”, “It’s a Sin”, “Seasons of love”… Una mezcla de reivindicación y fiesta. Marchamos juntos, es emocionante. En muchos puntos del recorrido el público se une entusiasta a corear las canciones. A medio recorrido nos encontramos con un grupo de gente (pocos) con carteles con citas de la Biblia y mensajes sobre el infierno. Me impresiona, como contraste, cuando el coro canta a pleno pulmón el estribillo “What about love?” (¿Qué hay sobre el amor?) de la canción “Seasons of love” en la que se pregunta cuantos de los 525.600 minutos que tiene un año utilizas para amar.

Muchos amigos se refieren a la comunidad LGTBI+ como familia escogida, la familia donde se sienten aceptados, queridos, cuidados. Tras el estreno de la genial serie It’s a Sin de Russell T. Davis donde narra la vida de cinco jóvenes que coinciden en Londres entre los años 80’s y 90s durante la crisis del VIH-SIDA, uno de los miembros más jóvenes del coro, impresionado por el contenido, tuvo la genial idea de organizar una mesa redonda en con testimonios de gente del coro que habían vivido Londres durante esos años y sufrieron perdida de compañeros y amigos. Fue un momento muy emotivo y que sirvió para conocer más acerca de algunas de nuestras trayectorias vitales y para recapacitar sobre el contexto homófobo de estigma y condena del que venimos.

David Stuart, uno de los terapeutas que comenzó a trabajar con casos de chemsex (mezcla de drogas y sexo continuado) en Londres, se preguntaba cuanto de trauma y homofobia interiorizada había detrás de las historias que escuchaba. Uno de los primeros casos que tuve recién empezado como trabajador social en Londres fue un chico con un pasado de abusos sexuales y con una fuerte adición a la metanfetamina de cristal en contextos de chemsex. Para mi existía una clara relación entre el trauma, la ausencia de vínculos y adicción. Alguien dijo que lo contrario a la adición no es estar sobrio, es la conexión. Necesitamos comunidad.

Haber crecido como gay, lesbiana, bi, trans, queer… en un mundo exclusivamente hetero puede habernos hecho aprender a interiorizar LGTBIfobia y habernos hecho daño. Afortunadamente cada vez tenemos más información, libros y películas que ofrecen modelos diversos. Recientemente he disfrutado viendo Heartstopper, la adaptación de la novela gráfica de Alice Oseman que cuenta la historia de un chico adolescente que se enamora de otro chico de su clase. O leyendo la novela para adolescentes “Aristóteles y Dante descubren los secretos del universo” de Benjamin Alire Sáenz, dedicado “para todos los chicos que han tenido que aprender a jugar con otras reglas”. ¡Son tan dulces!

Una parte del odio hacia las personas LGTBI+ ha tenido una base religiosa. “Una parte necesaria de la tarea de liberar a la humanidad de la opresión es liberar a los que piensan que la opresión es compatible con su fe”, escribe Tim Gee en Open for liberation An activist reads the Bible. Toca recapacitar cuánto de homofobia hay en nuestras comunidades. ¿Qué podemos hacer para tener comunidades más abiertas e inclusivas? ¿Como podemos hacer para que las personas LGTBI+ estén protegidas, crezcan y se desarrollen también en nuestras comunidades?

Creo que hay un problema de visibilidad y representatividad. Todavía es raro ser cristiano LGTBI+ o moverte en ambientes cristianos siendo gay sin dar demasiadas explicaciones. Si nuestra comunidad fuera interracial y todas las caras visibles fueran hombres blancos de clase media posiblemente nos llamaría la atención y pediríamos más cuotas que reflejaran la diversidad de la comunidad. Es importante ser visible como persona creyente LGTBI+ y también es importante tener caras visibles de gente LGTBI+ en puestos de responsabilidad dentro de la Iglesia. Creo además que muchas personas que han tenido que crecer sabiéndose diferentes tienen una experiencia vital muy poderosa que puede ser utilizada para ayudar a los demás y esto es algo que debemos saber aprovechar. La visibilidad es importante también como protección. Es importante tener referentes, profesores y profesionales que se identifiquen como personas LGTBI+ y puedan ofrecer información y protección adecuada.

También podemos reflexionar cómo damos espacio a la vida. Me resulta paradójico cuando me llegan noticias de iglesias que se cierran a que grupos organicen vigilias de solidaridad y contra la homofobia cuando hay ataques a la comunidad LGTBI+ y estas vigilias acaben organizándose en la calle, lo cual puede dar pie al encuentro con otros grupos que también se hubieran sentido excluidos o incomodos en el templo. A veces hay una asfixiante falta de diversidad en el templo. Es como si existiera falta de libertad, como si no dejásemos que la vida se fuera manifestando dejando sacar la luz que cada uno lleva en su interior. Cada vez me siento más a gusto en contextos diversos donde descubro y aprendo mucho y más incómodo en contextos donde parece que todos estén cortados por el mismo patrón. Creo que es importante favorecer espacios comunitarios donde las personas puedan sentirse libres y conectar con ellos mismos y con los demás, con la naturaleza y con Dios.

Podemos generar oportunidades de encuentro y escucha. Pude participar en un proceso de escucha organizado por la diócesis dentro de las actividades con motivo del proceso sinodal convocado por el papa Francisco. Fue una experiencia preciosa. Contar historias y escucharnos unos a otros tiene un poder sanador y transformador. Cada uno de nosotros contó como era su trayectoria vital siendo un persona LGTBI+ dentro de la Iglesia. Escuchamos de todo: personas que se habían sentido acompañadas e integradas en comunidades cristianas, pero, sobre todo, personas que habían sufrido exclusión. También testimonios de personas que habían sido víctimas de terapias de conversión o de abusos que tendría que hacernos pensar en dinámicas de verdad, reconocimiento, justicia y reparación.

También sería muy importante por parte de las iglesias y comunidades cristianas dar un mensaje claro de rechazo frontal a las terapias de conversión. En Inglaterra, hace unos años, más de 300 lideres religiosos se unieron a un manifiesto contra las terapias de conversión que solo generan sufrimiento. Creo que reconocerme como Dios me ha creado lo vivo como un acto de amor hacia mí mismo, hacia mi creador y hacia los demás. Lo contrario sería una especie de negación y un bloqueo personal, pues solo desde lo que somos podemos construir.

[Imagen de mrviktorzolotukhin en Pixabay]

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Nací en Alicante, soy Trabajador Social. Trabajo con personas sin hogar, migrantes, refugiados, víctimas de tráfico humano y de trabajo esclavo (modern slavery). Actualmente trabajo para la administración local en Londres. Previamente trabajé para Cáritas entre Andalucía y Marruecos. También canto en el LGMC, el coro gay de Londres y participo en el grupo LGBTQ+ de la diócesis de Westminster.
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