Hay mujeres sin las cuales no podríamos vivir. Son aquellas que nos ayudan a levantar los brazos y salir a la toma de las ciudades, al más puro estilo Delacroix… Hoy quiero referirme a ellas.

El 8 de febrero se celebra santa Josephine Bakhita, una religiosa que había sido esclava. Una mujer que rompió los imposibles, que superó los estereotipos marcados para ser capaz de levantarse desde la miseria y generar vida. Esa vida tan importante y necesaria aún en nuestro mundo actual. Admiro sobremanera a tantas mujeres que padecen y han padecido auténticas atrocidades y, a pesar de ello, cuando muchos nos habríamos hundido, han sido capaces de superar sus dolores para generar vida a su alrededor, y vida en abundancia.

Hoy, sigue existiendo la esclavitud. Conocí a una mujer en Brasil que había sido cazada a lazo por su marido. Opens Arms y otras entidades no paran de recordarnos que las mujeres que llegan a Europa vía Libia han pasado una media de dos años bajo esclavitud. Incluso la mayoría de niños y niñas menores de dos años que llegan son fruto de violaciones.

Hace unos años en un encuentro que realizamos del Foro de Teología y Liberación en Barcelona acabamos con la canción de Los Miserables cantada por un coro en el que una mujer nos recordaba su historia de esclavitud para llegar a Europa. En diciembre, yo mismo publiqué una breve novela basada en la historia de una mujer que conocí y que había sido vendida de niña por su familia. Historias que son (o deberían ser) nuestra historia. Vidas que están a nuestro alrededor y que, como mínimo, deberían cuestionarnos. Gritos de mujeres y gritos de Dios. Clamores de vida y de fe. También de fe.

Basta recorrer la genealogía de Jesús en el evangelio de Mateo y caminar junto a las mujeres nombradas para darnos cuenta de su situación. Una es prostituta; otra es violada por un rey; otra obligada por la vida a hacerse pasar por prostituta ante su suegro; otra extranjera y viuda, marginada y despreciada en un país que no es el suyo… Y de aquí nace Jesús, de ahí nace la vida que celebrábamos en Navidad.

Porque si algo sorprende de todas estas historias de mujeres, es su capacidad de resiliencia, de generar vida desde lo indecible, desde el padecimiento. Su capacidad de levantarse, no solo ellas, sino de alzar a quienes las conocen, a quienes la vida les ha regalado la fortuna de encontrarlas. Allí donde parece que no había posibilidad más que para el llanto y para un recogimiento que fuera huida y escape de la realidad nace el ofrecimiento, el camino conjunto, el cuidado, la mano que acoge y anima a seguir adelante.

La santa Bakhita compartía los miedos y las esperanzas de las personas con las que se cruzaba en su labor diaria. Nada excepcional y nada más maravilloso que la cotidianidad para generar vida. Es ahí, en el espacio diario donde nos jugamos quiénes somos y qué esperamos. Es ahí donde se desenvuelve y se desarrolla la existencia. Y es ahí, precisamente, donde ella y con ella tantas y tantas mujeres nos lideran y nos dan vida desde la sonrisa, desde el acompañamiento, desde el ánimo, desde la fuerza que surge de su interior y su experiencia. Capaces desde la incapacidad otorgada, superando límites y enclaustramientos… Sin ellas la vida no sería posible. Sin ellas, la vida sería otra. Y sería peor.

Gracias a todas esas mujeres que nos siguen sosteniendo cada día en lo público y lo privado construyendo un auténtico mundo mejor. Reconocida su santidad en unas pocas, como Josephine Bakhita, significadas en muchas.

[Ilustración de Jen Norton]

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Llicenciat en teologia i psicopedagogia. Educador per vocació i convicció. Treballa fent classes en un centre de secundària. Col·labora amb diverses entitats del món social. Responsable de l'Àrea Teològica de Cristianisme i Justícia.
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