Suenan tambores de guerra, las grandes potencias mundiales se acusan mutuamente, el culpable siempre es “el otro”, todos se arman y están dispuestos al combate, Europa está perpleja y dividida. Se envían fragatas y armas. Cunde el pánico ante el peligro de una nueva guerra mundial de consecuencias imprevisibles y trágicas. Bajan las bolsas. Sube la OTAN.

No importa la pandemia que todavía causa muertos. No importan los gastos militares que podrían ayudar a países pobres. Se han olvidado los horrores y los millones de muertos de la última guerra mundial, Auschwitz, el archipiélago Gulag soviético, las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Solo importa el honor, el interés nacional, la prepotencia, el poder económico y la expansión.

¿Dónde quedan las raíces y tradiciones cristianas que están en los orígenes de estos pueblos ahora enfrentados? ¿Qué se ha hecho del sueño bíblico de convertir las lanzas en podaderas?

En este contexto bélico, recordemos algunas afirmaciones que Francisco en la encíclica Fratelli tutti, ha dirigido no solo a los cristianos, sino a toda la humanidad.

La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al medio ambiente; hay que asegurar el imperio del derecho y el infatigable recurso a la negociación, al arbitraje como propone la Carta de las Naciones unidas (FT 257). No podemos pensar en la guerra como solución: “¡Nunca más la guerra!” (FT 258).

Toda guerra deja al mundo peor que lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad. Preguntemos a las víctimas, miremos la realidad desde sus ojos, escuchemos sus relatos con el corazón abierto, así podremos reconocer el abismo del mal en el corazón de la guerra, aunque nos traten de ingenuos por elegir la paz (FT 261).

Las religiones están al servicio de la fraternidad universal (FT 271-276) y la identidad cristiana nos abre al Padre de todos y a la fraternidad universal; la música del evangelio ha de resonar en nuestras casas y plazas, en la política y la economía para luchar por la dignidad de las personas (FT 277).

En nombre de Dios que ha creado a todos los seres humanos iguales en dignidad y ha prohibido matar; en nombre de los pobres, de los huérfanos, de los pueblos que han perdido la seguridad y la paz; en nombre de la fraternidad humana, de la libertad, de la justicia y de la misericordia; en nombre de todas las personas de buena voluntad, anunciemos la cultura del diálogo y la colaboración (FT 285).

Francisco de Asís, Luther King, Desmond Tutu, Mahatma Gandhi, el hermano Carlos de Foucauld, entre otros muchos, nos pueden inspirar en esta búsqueda de la fraternidad universal y de la no violencia bélica (FT 286-287). Hemos de replantear nuestros estilos de vidas, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia (FT 33).

¿Es Francisco un ingenuo utópico, o una voz llena de sabiduría y humanidad que clama proféticamente y pide oraciones por la paz, en un mundo insensato, enloquecido por la violencia?

[Imagen de Richard Mcall en Pixabay]

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Jesuïta. Va estudiar filosofia i teologia a Sant Cugat, a Innsbruck i Roma. Doctor en Teologia per Roma (1965), professor de teologia a Sant Cugat mentre vivia a l'Hospitalet i Terrassa. Des de 1982 va residir a Bolívia on va treballar amb sectors populars i en la formació de laics a Oruro i Santa Cruz. Professor emèrit de la Universidad Católica Boliviana de Cochabamba, alternant amb treball de pastoral en barris populars. Ha escrit nombrosos llibres i articles. En 2018 va tornar a Barcelona on resideix actualment.
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