Los romanos solían decir “ay de los vencidos” (vae victis), pero quizás es que sabían vencer mejor que nosotros… El hecho es que, después de la Primera Guerra Mundial, los vencedores fueron tan crueles con la Alemania derrotada, en aquella paz de Versalles, que contribuyeron al nacimiento del nazismo. Los alemanes no son de por sí racistas, pero sí que se produjo entonces una generación humillada, que fomentó el racismo y aplaudió la victoria de Hitler.

Y la historia se repite: tras la caída del comunismo soviético, los vencedores se portaron de manera igual de cruel con Rusia, dejándola como a Alemania en 1918. Eso ha facilitado la aparición del Putin dictador con apoyo en el pueblo ruso. “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”.

El resultado podría ser que desde la Primera a la Segunda Guerra Mundial transcurrieron unos 20 años y ahora han transcurrido casi 80 desde la Segunda a la que podría ser Tercera Guerra Mundial: algo hemos progresado pero no suficiente. Y además tampoco parece que hayamos aprendido las lecciones del pasado: el invencible Napoleón fracasó en su intento de invadir Rusia. Y al “invencible” Hitler le pasó algo parecido…

Y, como siempre, actuamos con dos medidas distintas. Cuando la crisis de los misiles cubanos, Estados Unidos veía muy claro su derecho a no tener tan cerca aquella amenaza y se sintió autorizado para invadir Cuba en aquel episodio ridículo de la bahía de Cochinos. Pero no le reconocen a Rusia el mismo derecho a no tener una amenaza a solo 500 kilómetros de sus puertas.

Más de lo mismo: criticábamos antaño con razón el expansionismo soviético, pero olvidamos que la OTAN (Organización del ¡Atlántico Norte!) tampoco tenía ningún derecho de expandirse hacia el Este (Rumanía, Bulgaria y ahora Ucrania) porque además la OTAN pretende ser una organización “solo defensiva”.  Y dejemos ya de hablar como los niños cuando se pelean: “Ha sido él quien ha empezado”.

Damos además oídos a las informaciones de un mentiroso oficial (como es el sr. Boris Johnson) sobre el plan de Rusia para invadir inmediatamente a Ucrania. Y valga todo esto para no mentar el ridículo que hacemos cuando nuestro escándalo (legítimo, sin duda) por el caso Navalny, no nos lleva a abrir los ojos ante nuestro vergonzoso caso Assange, criticado incluso por Amnistía Internacional…

Ahora podrán decirme que soy comunista, que soy prosoviético, que soy antipatriota y todos esos adjetivos que tenemos tan a mano. Podría responder que no estoy alabando a Rusia (de la que aquí no hablo), sino criticando a Occidente. Pero prefiero contar un ejemplo que considero profundamente cristiano: en 1956, cuando la salvaje invasión de Hungría por parte de la URSS, hubo en todo el mundo occidental manifestaciones verbales y callejeras contra aquel crimen. Y llamó mucho la atención que Karl Barth (figura muy conocida en el mundo académico de entonces, y quizás el mayor teólogo del s. XX) se negó a participar en todas ellas. Pero Barth se limitó a responder: “No tenemos derecho a criticar a la URRS porque, aunque ha fracasado, ha sido en el intento de resolver un problema que nosotros occidentales ni siquiera hemos querido plantearnos: el problema social”. Barth no defendía a la URSS, pero pedía que examináramos nuestras conciencias.

Quien tenga oídos para oír que oiga, solía decir Jesús de Nazaret. Y añadía aquello de: quita primero la mancha que tienes en tu ojo, y entonces podrás decir a tu hermano que te deje quitarle la mancha que tiene en el suyo.

Por esas paradojas de la vida, una de las grandes ventajas de Occidente se convierte ahora en una desventaja: si hay una nueva guerra, ya no bastará con hacer luego un homenaje a los caídos (en Normandía por ejemplo), que a ellos no les devolverá la vida y a nosotros tampoco nos tranquilizará la conciencia. Habrá que pensar muy seriamente en ellos antes de que caigan: en el sufrimiento (afectivo y físico) de cada persona concreta, en las malas noches, en el dolor de las familias a las que comunican la pérdida de un hijo o que viven temiendo esa noticia, en el de los soldados que piensan en sus familias… Estados Unidos no debería olvidar la cantidad de ciudadanos que tiene psíquicamente enfermos como consecuencia de sus aventuras bélicas en Vietnam, en Irak, en Afganistán (de las que además, tampoco salió muy bien parado) y que provocarán multitud de “objeciones de conciencia” (o “objetores por experiencia”). Ese es el precio de la libertad que hemos conquistado.

Pero eso no pasará en Rusia porque no se conoce tanto la experiencia de la libertad. Y ante esa debilidad es cuando surge la tentación del armamento a distancia y del armamento atómico: no olvidemos que así es como se justificó el lanzamiento de la bomba atómica: “para evitar males mayores”. Tampoco bastará con iniciar una guerra de sanciones, porque eso implicaría que Alemania se quede sin el gas que recibe de Rusia, lo cual no es viable ni imaginable.

Recordemos pues unas palabras del Vaticano II:

“La humanidad que ya está en grave peligro, aun a pesar de su ciencia admirable, quizá sea arrastrada funestamente a aquella hora en la que no habrá otra paz que la paz horrenda de la muerte… Con las armas científicas, las acciones bélicas traspasan excesivamente los límites de la legítima defensa… Esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva” (GS 82.80).

Y proponía el Concilio dos soluciones que hemos dejado totalmente de aplicar: “el establecimiento de una autoridad pública universal” y “detener la carrera de armamentos (que) es la plaga más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de la tierra de manera intolerable” (82,81).

Esperemos pues que no llegue la sangre al río, que las negociaciones se intensifiquen, que se llegue a una situación aceptable para todos (lo que implicará renuncias por ambas partes): una solución aceptable sobre todo para Ucrania que es quien peor lo pasaría en caso de guerra. Y que todas estas líneas resulten de verdad perfectamente inútiles.

[Imagen de Chris U. en Pixabay]

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Jesuïta. Membre de l'Àrea Teològica de Cristianisme i Justícia. Entre les seves obres, cal esmentar  La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Els seus últims llibres són El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús i El amor en tiempos de cólera… económica. Escriu habitualment al diari La Vanguardia. Autor de nombrosos quaderns de Cristianisme i Justícia.
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