No son dos dedicaciones que se excluyan y ni siquiera se alternen. Una extasiada admiración ante la belleza de Icono y la vista fija en los rostros sufrientes forman la única trama de la vida, más que singular, de esta mujer.

Y decir “singular” es rozar apenas el velo que quiso vestir y ensayar un monacato distinto del tradicional en las calles de París. Porque María Skobtsov siguió bordando iconos en sus años de activismo en la Rusia anterior a la Revolución y cuando se convirtió en una verdadera madre para millares de rusos que encontraron acogida en la Francia de entreguerras.

En 1945 murió en las cámaras de gas del campo de Ravensbrück, después de haber sido privada de sus hijos. Aunque su nombre conoció cierto olvido en la inmediata postguerra, por la disolución de su comunidad y la dispersión forzada de quienes la conocieron, años después se publicaron algunos artículos sobre ella. Y desde 1994 figura en el calendario de los santos de la iglesia ortodoxa, a pesar de que algunos aspectos de su vida no resultan fáciles de encajar en el rigor de los cánones morales al uso. Además, el Estado de Israel la ha incluido entre los santos de las naciones por salvar la vida de cuatro niños retenidos en el tristemente conocido Velódromo de Invierno y prestar ayuda a otros judíos en la Francia ocupada.

Del activismo a la Ortodoxia

Elizabeth Pilenko (su nombre de origen) nació en 1891, en Riga (Letonia), entonces perteneciente al Imperio ruso. De una familia bien situada, inteligente y audaz, parecía destinada a la poesía, con el peso que este término tiene en la literatura rusa porque representa para el pueblo la voz que clama verdad y justicia. En San Petersburgo participa en círculos intelectuales, publica algunos poemas y asiste a cursos de teología a los que no asistían las mujeres. En 1910 se casa y, aunque divorciada muy pronto, nunca rompió la amistad con su exmarido. Tuvo un hijo, Yuri, que siguió de cerca la andadura de su madre.

En 1917 se inscribe en el Partido Socialista Revolucionario, pero la revolución y el acoso bolchevique le obligan a dejar Crimea, donde sus padres tenían propiedades y donde había llegado a ser alcaldesa de Anapa. Debió afrontar un juicio ante el Ejército blanco por la acusación de bolchevique y, una vez absuelta, contrajo matrimonio con el juez, Daniel Skobtsov, que  anteriormente había sido su profesor y del que tomó el apellido.

Durante la estancia en el sur de Rusia comienza a interesarse por el cristianismo. Obligada a salir del país, después de pasar por Georgia y Yugoslavia, llega a París en 1923. Aquí, lejos de su marido, desgarrada por la muerte de su hija Anastasia en 1926 y con su otra hija, Gaiana, en Bélgica, dedica tiempo a estudiar teología y, sobre todo, al trabajo social con los más necesitados.

En esa difícil situación solicita ser aceptada como monja, pero a condición de vivir el monacato ortodoxo en medio del a ciudad, donde vivían en condiciones muy precarias muchos de sus conciudadanos rusos. En 1932 hizo los votos monásticos y tomó el nombre de María (en memoria de Santa María Egipcíaca).

En París conoce y trata al padre Serge Bulgakov, una figura eminente de la ortodoxia, y hermana su búsqueda de Dios con una dedicación sin descanso a los que necesitan su ayuda. Lleva hasta extremos heroicos el “amaos los unos a los otros”, versículo que contiene –a su juicio– toda la sabiduría. En 1934, de un edificio en ruinas situado en la rue Lourmel hizo una casa de acogida donde prestó atención a un número considerable de exiliados rusos y a cualquiera que la solicitara. En esta tarea de curación de “cuerpos y almas” le ayudó otro admirable ortodoxo, el Padre Dimitri Klepinin, que también siguió su suerte en el campo de la muerte.

Había leído Mein Kampf y pronto vio cumplidos sus temores ante aquel ideario. Bajo la ocupación de los nazis en 1940, algunos judíos solicitaron  certificados de bautismo que sirvieran de salvaconducto. Así  ayudó a muchos a huir del país. Pero la casa-refugio fue clausurada, y María, con  su hijo Yuri Skobtsov y el Padre Dimitri fueron arrestados por la Gestapo. Estos dos murieron en el campo de concentración de Dora mientras que  ella fue llevada al de Ravensbrück. Se puede decir que hasta el final pretendió con todo su arrojo, “vencer la desmesura del mal con el amor y el bien sin mesura”.

Apasionada y compasiva

Quienes coincidieron con ella en aquel infierno afirman que, con una bondad sin límites, anima, escucha, consuela y apoya a sus compañeras. En 1945, cuando la guerra parecía llegar a su fin, según un testigo que pudo contarlo, se sumó a los seleccionados para ir a la cámara de gas con el fin de sostener a otra detenida aterrorizada. Murió la víspera de Pascua y un día antes de que el campo fuera liberado.

Con una personalidad “apasionada y compasiva” (así la cescribe O. Clément), de su vida y su obra ha dicho Berdiaev que parecen reflejar el destino de una época y que tenía los rasgos que seducen en las santas rusas. Abierta al mundo, deseaba calmar el sufrimiento humano y se entregaba a todos con intrepidez y espíritu de sacrificio. Se ha dicho también que llevó al extremo el “segundo mandamiento”, al que alude varias veces en sus notas escritas como un programa de vida.

Rescató así, en circunstancias casi extremas, una veta profunda de la tradición ortodoxa: la que encontró en los textos de los Padres antiguos y en la lectura de escritores que representaban el “alma rusa”: una espiritualidad en la que la contemplación del rostro del Salvador incluye, y hasta se confunde, con la mirada a los rostros desvalidos.

En los pocos escritos de su mano que nos han llegado, el asombro ante la belleza del Icono no sólo no esquiva sino que sostiene una mirada atenta y una compasión extrema con el sufrimiento de todos los que sufren. Dejó un poema, Sobre la vida, que expresa inmejorablemente cómo entendía este sentir:

“Arrojo mi alma a sus pies:
el dolor del otro quema.
Mojan en agua la miga de pan, amarga es la miel de su trabajo.
Sala común de hospital donde a cada momento alguien muere;
barra de un bar donde otro bebe el pesado olvido de los años.

Penosa angustia sin camino,
trabaja y calla en el esfuerzo;
nadie en el mundo te enseñará el largo camino que conduce a lo alto.
Tribu insensata ¿adónde vas? De fábrica en fábrica ¿y después?….”

El sacramento del hermano[1]

Este es el título con el que aparecen sus escritos y responde a una convicción que dura en lo profundo de la teología y la espiritualidad ortodoxas. Una convicción que sostiene también un modo de entender la vida monástica. Un monacato en el que el servicio al prójimo es algo consustancial y el amor a los otros salta los muros de ermitas y cenobios para ser vivido y sufrido hasta la locura, en los arrabales. Una forma de vida monástica en medio de la ciudad que contrastaba, y también en el caso de Madre María, creó tensiones, con la comprensión “tradicional” dentro de su propia iglesia: “Inmensa, tormentosa y apasionada –escribe Olivier Clément en el prólogo al libro–, la vitalidad de esta mujer nunca dejó de ser un estremecimiento de amor, un amor no progresivamente apaciguado, sino crucificado, dilatado hasta el infinito y transformado en maternidad espiritual”. “Mi sentimiento hacia todos es maternal”, declaró en alguna ocasión. Su lema en la casa de acogida había sido: “Dar de corazón ya que cada persona es el icono mismo de Dios encarnado”.

En esas páginas subraya con trazo firme el “segundo mandamiento” y entiende que Mateo 25 ofrece “un signo de igualdad entre él (Jesús) y los necesitados (…). Siempre lo supe, pero ahora, de alguna manera, ha penetrado hasta mis tendones. Me llena de asombro”. Y también: “A cada uno me gustaría entregarle mi alma para que coman los hambrientos, se vistan los desnudos, beban los sedientos y oigan la buena nueva los sordos. Del tronar del cielo al murmullo de la brisa, todo me ordena: ‘Entrega hasta la última moneda’. De la plenitud solemne de una experiencia sagrada mi alma, pletórica, se desborda”.

Iconos del Icono

Nada menos son para ella los rostros marcados por el sufrimiento o la miseria. Al escribir sobre los santos no oculta su predilección por San Nicolás, que no dudó en salir en ayuda de un arriero a riesgo de faltar a la oración, o por el monje que llegó a vender el único ejemplar del Evangelio para liberar a un preso. Porque la contemplación del rostro del Salvador se difracta en mirada compasiva hacia otros rostros. Cuando el metropolita Eulogio aceptó su profesión como monja le habló de morar “en el desierto de los corazones humanos”.

Y de su pluma llega este breve poema autobiográfico:

“Se me ha dado un poder que sobrepasa mis fuerzas […].
has abierto el cerrojo de mi corazón a fuerza de desgracias
y a mis pies está el camino, como un manto abierto
en todas las direcciones. Para ser madre
como para permanecer en el atrio de la iglesia…
¿Qué más me forzarás a hacer?”

Desde su juventud había leído a grandes autores de la espiritualidad rusa e hizo suya aquella manera de considerar a las personas como imágenes de Dios y dignas de un amor incondicional. En las páginas de El sacramento del hermano anota: “La persona que se vuelve hacia el mundo espiritual del otro con su propio mundo espiritual, encuentra el misterio terrible y fecundo del auténtico conocimiento de Dios. Encuentra, en efecto, no carne y sangre, no sentimientos y humores, sino la verdadera imagen de Dios en el hombre, el icono de Dios esbozado en el mundo, el reflejo del misterio de la Encarnación y de la divino-humanidad. Y el hombre debe aceptar sin reserva ni condición esta terrible revelación e inclinarse ante la imagen de Dios en el hermano”.

La compasión  

Elizabeth Skobstov había sufrido lo indecible por las separaciones, el despojo, el exilio, la pérdida de su hija… y en la tradición ortodoxa encontró el modelo de amor sacrificado de la Madre de Dios, que contempla en el Crucificado a su hijo y a su Dios: “Del mismo modo –decía– nosotros debemos descubrir en todo hombre y al mismo tiempo la imagen de Dios y del hijo que se nos entrega en la ‘compasión’”.

Se sabe que dibujó esa escena de la compasión en el último icono, el que bordó en Ravensbrück. Antes había escrito: “La Madre de Dios nos invita –exigencia suprema– a dejar que las cruces de nuestros hermanos nos traspasen el corazón. De este modo, el mandamiento del Hijo de Dios –repetido muchas veces en el Evangelio y sellado por la hazaña de toda su vida terrestre– coincide con el camino de la Madre de Dios, que se nos revela desde la anunciación hasta su trágica estancia al pie de la cruz, a través de todos los siglos de la vida y el caminar de la Iglesia”.

Con ese modelo a la vista desplegó una actividad increíble en favor de los rusos exiliados y de gentes pobres de otras confesiones (hemos recordado que su ayuda a los judíos le ha merecido el mayor reconocimiento). Su intento de Madre María en las calles de París fue  revivir, dentro de la unidad de la ortodoxia, aquel  onaquismo volcado en el amor sacrificial al prójimo.

La comunión (sobornost)

Fiel a la Ortodoxia, entendió siempre su actuar como parte de una comunidad de fe y orientado a hacer de la comunión (sobornost) el sueño de una vida: ”Hay siempre un nosotros en el creer. El hombre no es solitario –son sus palabras,– no sigue individualmente el camino de la salvación; como miembro del Cuerpo del Salvador, comparte el destino de sus hermanos en Cristo, es justificado por los justos y es responsable de los pecadores”. Una afirmación en la que se puede reconocer cierto eco de Dostoievski pues, como lectora, había percibido que el “segundo mandamiento“  había sido el tema mayor de los “filósofos religiosos” en la Rusia del  XIX. Pero la inspiración más profunda le llega de los antiguos Padres que subrayaron el amor que no descansa y la comunión. Así, en sus escritos encontramos citados textos de Macario el Grande, Efrén e Isaac el Sirio.

El último trance

En la Madre del Señor había encontrado el símbolo por excelencia de una comunión que se hace más profunda en el mayor sufrimiento. Y entre sus poemas hay uno en el que parece asomarse, con una sinceridad que estremece, a su propio final:

“…entre millones de heridas resistir más no es posible,
he leído hasta el final el largo libro;
más allá están las lejanías azules,
el ejército de los mensajeros alados.
Aquí está mi red agujereada, gastada por tantos ríos…

¿Qué portaré de mi pesca
al umbral de esta otra existencia?
¿Con qué palabra ardiente podré incendiar
la nieve de la eternidad?”

Amor al prójimo y comunión habían sido las pasiones de su vida. También las que le llevaron a la cámara de gas.

***

[1] Cf El sacramento del hermano, Salamanca, Sígueme 2004. En castellano puede leerse también, Bea Pérez. Emilia, María Skobtsov. Madre espiritual y víctima del Holocausto, Madrid, Narcea 2007.

[Imagen de María Skobtsov en 1909 extraída de Flickr]

T'AGRADA EL QUE HAS LLEGIT?
Per continuar fent possible la nostra tasca de reflexió, necessitem el teu suport.
Amb només 1,5 € al mes fas possible aquest espai.
Llicenciada en Filosofia i Lletres (Clàssiques) per la Universitat de Barcelona i Doctora en Teologia per la Universitat de Sant Tomàs (Roma). Ha ensenyat Antropologia teològica a l'Institut Superior de Pastoral (campus de Madrid) de la Universidad Pontificia de Salamanca i en la de San Dámaso (Madrid). Col·labora en diverses revistes i publicacions.
Article anteriorG10 Favelas, la fuerza de la economía más débil
Article següentLa reforma laboral

DEIXA UN COMENTARI

Introdueix el teu comentari.
Please enter your name here