El número de octubre de Le Monde Diplomatique (un periódico que no me cansaré de recomendar) nos cuenta que el salario neto de Messi en el PSG son 40 millones de euros al año (110.000 € diarios). Se trata de salario neto, que en bruto puede elevarse a más de los 60. A esos ingresos hay que añadir todos los que proceden de la publicidad; de modo que “la revista Forbes eleva a 126 millones los ingresos de este jugador en 2020”.

Ese periódico comenta además que el Grupo Internacional de Expertos sobre el Cambio Climático, tiene un presupuesto anual de unos 6 millones; y que la Agencia Nacional para la investigación gastó en más de doscientos proyectos sobre la covid-19 una suma total de 36 millones.

Messi no es un caso aislado: los sueldos de Neymar, Mbappé y demás compañeros no llegan a tanto pero por ahí se andarán. En España, entre tanto, según el informe de FOESSA, hay 11 millones de personas en exclusión social y, de ellas, 6 millones en pobreza severa. Mientras un 49’3% vive en el límite de sus posibilidades. Pero si lo de Messi es “normal”, tampoco extrañará que el presidente de Iberdrola (que cobró 12 millones en el 2020) considere extremistas unos presupuestos que tratan de suavizar un poco esa situación y declare que así no se puede gobernar.

Tal atrocidad merece que por lo menos alguien levante una voz indignada, no contra las personas (que siempre serán respetables por malas que sean), pero sí contra el sistema que las corrompe.

1.- La propiedad es sagrada

Ese principio podemos firmarlo todos con tal que definamos qué se entiende por propiedad. La Doctrina Social de la Iglesia se ha cansado de repetir que el principio más sagrado en lo referente al derecho de propiedad es que los bienes de la tierra han de ser accesibles a todos los seres humanos. Ese es un derecho sagrado, y la propiedad privada es un medio de realizar ese acceso. Según un texto de hace ya 55 años que me he cansado de citar: “los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, según esa regla de justicia inseparable de la caridad. Todos los demás derechos, sean los que sean, comprendidos en ellos los de propiedad y comercio libre, están subordinados a ese deber. No deben estorbarlo sino, al contrario, facilitar su realización. Y es un deber grave y urgente hacerlos volver a su finalidad primitiva” (Pablo VI, Encíclica Populorum Progressio. 22).

De ahí se deduce que solo es propiedad privada aquello que una persona necesita para cubrir todas sus necesidades de una manera suficiente, digna y sobria. Lo que supere ese criterio ya no es propiedad sino apropiación: no es propiedad privada sino “privatizadora”. Tener una avioneta particular, como Cristiano Ronaldo, no es una propiedad privada. El dominico Lacordaire ya decía en 1851: “nada hay en el mundo que Dios haya maldecido más que el lujo”. Y da sus razones: el lujo es lo inútil, es la ruina de las familias y de las sociedades[1].

De todo lo cual parece deducirse que si uno se apropia de algo de esos “sobrantes” no roba: porque no se ha apropiado de ninguna propiedad privada. A lo más habrá robado según leyes civiles injustas pero no según el séptimo precepto del Decálogo.

2.- De sacralidad a sacrilegio

Lo anterior importará muy poco a la mayoría de los afectados porque no se deben considerar cristianos. Pero resulta que a Messi lo hemos visto muchas veces santiguarse tras marcar un gol. Querido Leonel: yo te pediría que evites ese gesto, porque además de ser supersticioso (Dios no tiene nada que ver en ese gol o golazo que tú has metido), da a entender que tus relaciones con el Dios cristiano son absolutamente correctas. Y no es así: Dios no justifica, sino que condena radicalmente tu fortuna, como la de todos tus compañeros. Y pretender dar a entender lo contrario resulta simplemente blasfemo.

Desde aquí me atrevo a lanzar una pregunta urgente a todos los especialistas en teología moral: antaño se negaba la comunión a todos los considerados como pecadores públicos. Ese principio degeneró hasta dar a entender que solo era pecador público el que tenía una querida. Franco y Pinochet comulgaban públicamente (y es muy probable que tuvieran interés en hacerlo así, para dar a entender que sus relaciones con la moral y con el Altísimo eran del todo correctas).

Pues bien: retomando aquel viejo principio, pregunto a los moralistas si no habría que proclamar que a quienes tengan unos sueldos de ese tipo y se profesen católicos, habría que negarles la comunión: digamos que por vivir en una especie de concubinato económico. Sería algo parecido a lo que Simone Weil escribía a G. Bernanos en una famosa carta, explicando por qué, aun compartiendo toda la fe de la Iglesia, no se decidía a entrar en ella, pero cree que “lo haría solo con que a la puerta de cada iglesia hubiese un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a quien tenga un sueldo superior a determinada cantidad”.

3.- ¿Una respuesta cristiana?

Y como hay tantas cosas que, a la larga, es el pueblo quien acaba poniéndolas en marcha más que las autoridades, sueño a veces preguntándome qué pasaría si, en una situación tan prostituida como la de fútbol, todos aquellos que quieran actuar con coherencia cristiana o con una ética profundamente humana, decidieran hacer una huelga de espectadores: romper carnets de socio y dejar de asistir a todos los partidos jugados por equipos que alineen estas figuras ladronas. ¿Sería un gran sacrificio? Lo supongo; y en todo caso podríamos contentarnos con partidos entre el Getafe y el Español o equipos así (donde habrá menos técnica pero quizá también menos cuento y más emoción). Abocar a los grandes clubs a una crisis económica que bajara al dios-fútbol de su altar y lo devolviera a nuestra laicidad cotidiana.

Es un sueño. Bien lo sé. Pero no me negarán que es bonito soñarlo. Y que tendría consecuencias bien sanadoras. Porque no me negarán que es bien deprimente el que cuando falta tanto dinero para investigar, para la covid, para los migrantes, para los miles de muertos diarios de hambre… aparezca un realmadrid cualquiera ofreciendo 220 millones por un jugador francés. ¡Y luego hablamos de globalización! Autismo puro.

Y conste que el futbol es bien bonito. Pero ese es el peligro de todo lo bello: la facilidad con que lo prostituimos.

***

[1] Puede verse el texto en Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas. Ed. Cristianismo y Justicia, Barcelona 2018, pgs. 333-334.

[Imagen de Pexels en Pixabay]

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Jesuïta. Membre de l'Àrea Teològica de Cristianisme i Justícia. Entre les seves obres, cal esmentar  La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Els seus últims llibres són El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús i El amor en tiempos de cólera… económica. Escriu habitualment al diari La Vanguardia. Autor de nombrosos quaderns de Cristianisme i Justícia.
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