Los que hemos padecido el covid, hemos experimentado no solo el aislamiento y la soledad, sino también la necesidad de mascarillas de oxígeno para evitar la asfixia.

Pero no solo existe la asfixia vital, física, pulmonar, sino que también hoy experimentamos situaciones de asfixia colectiva, social, económica, política, cultural, ambiental y religiosa.

Vivimos una asfixiante situación local y mundial: un cambio de época y de paradigma, el cambio climático, la pandemia, guerras, migrantes que mueren en el cementerio del Mediterráneo, creciente pobreza de grandes masas del Sur, corrupción, machismo, destrucción de la Amazonía y de la naturaleza y ahora, una erupción volcánica en la isla La Palma de las Islas Canarias…

Los jóvenes son los que más sufren las consecuencias de esta asfixiante situación, sin poder estudiar ni trabajar, sin futuro claro. Esto puede explicar los recientes arrebatos de miles de estudiantes y adolescentes en Madrid y en Barcelona en noches de botellones y música, sin medidas de seguridad, que finalizaron con destrozos y violencia, en una sensación como de desespero. No es el Mayo francés del 68, ni el 15M, que abrían caminos de esperanza. Ahora hay una sensación de fracaso, de nihilismo, de desánimo ante el mal, con sabor a ceniza. No es una cuestión solo de orden público o policial, el mal es más profundo.

Desde instancias responsables, cívicas y eclesiales, se exhorta a superar el individualismo, dialogar, tener esperanza, cuidar la casa común (Laudato si’), pues todos somos hermanos (Fratelli tutti). Se anima a mantener la Utopía, el Principio esperanza, a soñar un mundo diferente y mejor, porque otro mundo es posible y necesario.

Pero muchos jóvenes no tienen hoy ningún punto último de referencia, están en búsqueda; muchos jóvenes, también mayores, de cultura y tradición cristiana, abandonaron hace tiempo la Iglesia institucional, escandalizados por sus abusos económicos y sexuales, se sienten muy lejos de los dogmas, enseñanzas y de los ritos litúrgicos de la Iglesia.

El olvido del Espíritu

Para muchos de nuestros contemporáneos, tanto Dios como Cristo quedan muy lejos y el Espíritu ha desaparecido. Un conocido texto del Patriarca Oriental Ignacio IV de Antioquía en el Consejo Ecuménico de Upsala 1968, lo expresa con gran lucidez:

“Sin Espíritu, Dios está lejos, Cristo permanece en el pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un dominio, la misión una propaganda, el culto una evocación y el actuar cristiano una moral de esclavos.

Pero en el Espíritu, Cristo resucitado está aquí, el evangelio es fuerza de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el actuar humano queda divinizado”.

En el mundo cristiano latino, por diversos motivos culturales, históricos y políticos, hemos marginado y olvidado al Espíritu Santo, por más que recitemos el Credo o el Gloria. Muchos cristianos latinos respiramos solo con el pulmón cristológico, pero nos falta respirar también con el pulmón del Espíritu, hemos de respirar con los dos pulmones. Si queremos superar la asfixia actual que nos destruye por dentro, hemos de recuperar el hálito del Espíritu.

Rostros del Espíritu

A diferencia del Hijo que se encarna en Jesús de Nazaret, el Espíritu no se encarna en nadie, ni está en un solo lugar de la historia. Bíblicamente el Espíritu se expresa a través de símbolos: aire, viento, agua, fuego, paloma; su expresión hebrea es Ruaj, femenina; significa hálito vital, soplo de vida presente en el caos originario de la creación que engendra vida (Gn 1,2) e incuba las aguas primordiales. El soplo del Espíritu hace de la persona humana una imagen de Dios (Gn 1,27), el Espíritu habló por los profetas, hizo posible la encarnación de Jesús en el seno de María de Nazaret. El Espíritu descendió sobre Jesús en el bautismo, guio toda su vida, le dio fuerza en la pasión y la cruz, le resucitó de entre los muertos, como primicia de nuestra futura resurrección. Jesús resucitado sopla sobre los apóstoles para comunicarles su Espíritu (Jn 20) y en Pentecostés el Espíritu desciende sobre el pequeño grupo apostólico en forma de viento impetuoso y lenguas de fuego (Hch 2) y los transforma en evangelizadores y mártires. El Espíritu no tiene mensaje propio, no es palabra externa, es silencio y actúa desde dentro en personas y comunidades, su misión es conducirnos a Jesús (1 Cor 12,3).

Pero el Espíritu no es solo intraeclesial, sino que desborda los muros de la Iglesia y se derrama sobre toda la creación: suscita amor y bondad, siembra culturas y religiones, genera belleza, arte, sabiduría, carismas y santidad, promueve movimientos sociales y políticos en defensa de la justicia y los derechos humanos en favor de los pobres y descartados, libera a la creación, todavía en dolores de parto (Rm, 8 22-25), para que genere una tierra nueva y unos cielos nuevos, un mundo transfigurado, el Reino de Dios.

Necesitamos recuperar el soplo del Espíritu

¿Es extraño que este olvido teórico y vital del Espíritu engendre tanto en jóvenes como en mayores, la sensación de asfixia, agnosticismo, miedo, nihilismo, caos, muerte? Los que hemos experimentado en la pandemia del covid, que sin oxígeno nos asfixiábamos, también lo experimentamos a nivel humano y espiritual: sin Espíritu no podemos respirar, nos asfixiamos, nos falta hálito, nos falta vida, nos falta esperanza, nos falta alegría, no tenemos futuro. El Espíritu es vivificante, es Señor y dador de vida, es novedad, siempre desborda límites conocidos, rompe esquemas, sorprende, nunca nos abandona, nunca entra en huelga.

Este Espíritu nos lleva a Jesús y nos mueve por dentro para que sigamos el estilo de Jesús, basado en amor, perdón, entrega, respeto, predilección por los pobres, marginados y excluidos, por los niños y enfermos, por mujeres y extranjeros, nos da confianza en el Padre, nos inspira las bienaventuranzas, nos da esperanza en la resurrección y poder participar de la vida nueva de Jesús resucitado.

En estos momentos de asfixia universal, hemos de respirar el Espíritu, tanto tiempo olvidado, hemos de recuperar su hálito, pedir su soplo de vida. El Espíritu está presente precisamente en momentos de caos y muerte, cuando parecía que todo estaba perdido. El Espíritu del Señor nos acompaña siempre, no podemos ser profetas de calamidades. Respiremos hoy profundamente el Espíritu, recuperemos el soplo suave del Espíritu. Es nuestro auténtico oxígeno vital.

[Imagen de StockSnap en Pixabay]

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Jesuïta. Va estudiar filosofia i teologia a Sant Cugat, a Innsbruck i Roma. Doctor en Teologia per Roma (1965), professor de teologia a Sant Cugat mentre vivia a l'Hospitalet i Terrassa. Des de 1982 va residir a Bolívia on va treballar amb sectors populars i en la formació de laics a Oruro i Santa Cruz. Professor emèrit de la Universidad Católica Boliviana de Cochabamba, alternant amb treball de pastoral en barris populars. Ha escrit nombrosos llibres i articles. En 2018 va tornar a Barcelona on resideix actualment.
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