El hecho de haber sufrido una grave covid me impulsa a reflexionar y compartir lo experimentado estos días. Comenzaré con una breve crónica con las diversas fases de lo vivido.

Estando en mi comunidad de jesuitas de Barcelona, el 12 de agosto del 21, recibo una llamada telefónica de la hermana de un sacerdote amigo, DSB, de 90 años, que está en un socio-sanitario curando una infección. Ella lo ve muy mal de salud, aunque él no se da cuenta.

Me llevo la comunión en un píxide y la unción de los enfermos con el ritual. Le visito con todas las medidas de seguridad, mascarilla, bata especial, distancia, etc. Él prefiere esperar a estar de regreso a su casa para recibir los sacramentos…

El 13 de agosto su hermana me llama para decirme que su hermano está con covid. Me confino en casa, pero luego de un test de antigénicos, que sale negativo, vuelvo a la vida normal.

El 15 de agosto su hermana me llama de nuevo para decirme que su hermano ha muerto esa madrugada de coronavirus.

El 16 de agosto no me encuentro muy bien y el 17 me detectan coronavirus positivo. Me confino en casa; al comienzo es como una gripe, pero luego comienza una fiebre fuerte nocturna. El domingo 22 voy urgencias al centro de salud de calle Manso, pensando luego regresar a casa. Me detectan una doble neumonía en los pulmones y me envían directamente en ambulancia al Hospital Clínic.

Conectan con mi superior responsable EP, quien me avisa de la gravedad y al día siguiente me visita, sumamente protegido, para traerme mi testamento vital, rezar conmigo y darme todas las absoluciones e indulgencias posibles. Mucha gente comienza campañas de oración por mí, por mediación de Pedro Arrupe.

Un TAC posterior muestra mejoría, el Hospital Clínic es una maravilla de profesionalidad médica, todo tipo de asistencia y cuidados: oxígeno, corticoides, control de constantes vitales, sueros, etc. Comida líquida, sin moverme ni para ir al baño… Voy mejorando, disminuye el oxígeno y el 3 de septiembre me dan el alta, sin oxígeno ni covid. En ambulancia me llevan a la enfermería de los jesuitas en el Centre Borja de Sant Cugat, donde soy muy bien atendido y voy mejorando lentamente. El 17 de septiembre regreso a mi comunidad de Barcelona, pero todavía me desplazo con un caminador. Un mes bajo la covid.

Una experiencia fundante

Todos sabemos que somos seres mortales, que la vida un día se acabará, aunque ordinariamente no pensamos en ello. La filosofía nos habla de que somos seres contingentes, no necesarios, dependientes, tema que la pandemia ha actualizado. Somos seres vulnerables, frágiles. Pero una cosa es saberlo y otra experimentarlo. Varias veces había estado en cierto peligro de muerte, me he escapado de algunos accidentes, he tenido operaciones quirúrgicas numerosas veces, pero nunca había visto la muerte de forma tan cercana e inmediata.

De repente, desaparecen el pasado y el presente y te sientes abocado a un futuro desconocido, como quien tiene que pasar por un túnel oscuro, sin saber qué hay más allá: ¿un enigma?, ¿el vacío?, ¿la nada?

Aquí entra en juego la fe cristiana y el enigma oscuro se convierte en un Misterio, pero un Misterio personal y amoroso, entrañable, benigno, creador y perdonador al que podemos llamar Padre, Abba, Padre de Jesús y nuestro. Jesús es nuestro hermano, nuestro camino y la puerta al Padre, no estamos solos y nos acompaña la presencia íntima, amorosa y vivificante del Espíritu. El Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos y nos resucitará a nosotros también.

La muerte y resurrección de Jesús, se convierten en esperanza pascual para nosotros, la muerte es para los cristianos nuestra Pascua, la culminación del bautismo, la participación de la mesa del Reino, el cielo, lo definitivo y último, la escatología, en último término, es el encuentro con Jesús.

Entonces el Padre nuestro, el Credo, el Ave María, el Gloria, el Anima Christi… cambian, no son fórmulas vacías, sino expresión de algo profundo y vivificante, consolador. Todo es lo mismo, pero todo es diferente, no es conocimiento racional ni teológico, sino experiencia vital, cercanía. Es como estar como Moisés ante la zarza ardiente, en silencio, descalzarse ante un Misterio de Trascendencia, Amor, Luz, Perdón, Alegría y Gozo.

Seguramente en este momento desarrollo y explicito algo que inmóvil sobre la cama del hospital he vivido de forma nuclear, intuitiva, sintética, cercana. Ha sido una experiencia fundante.

Esta experiencia abarca también toda la vida pasada, todo se ha acabado, nos abrimos al futuro de Dios. No renegamos de nuestro pasado, pido perdón de lo negativo y pecaminoso, pero agradezco la inmensa bondad del Señor para conmigo.

En los muchos ratos libres del hospital voy recorriendo mi vida, mi familia, desde la infancia hasta el presente, diferentes lugares, trabajos, relaciones, estudios, vocación a la Compañía de Jesús, toda la larga formación, mi trabajo como profesor de teología, como encargado de jóvenes, el haber organizado pisos para los estudiantes en barrios, mi recorrido por pisos de Barcelona, L’Hospitalet y Terrassa, la ida a Bolivia para visitar a mi hermano Gabriel sj y, después del asesinato de Luis Espinal, mi misión a Bolivia durante 36 años: Cochabamba, Oruro, Santa Cruz…, hasta mi regreso a Barcelona en 2018 por motivos familiares.

Gratitud por tanto bien recibido por Dios, a través de tantas personas y a lo largo de mi vida en la Compañía de Jesús.

Y en torno a esta experiencia nuclear, fundante, surgen espontáneamente algunas reflexiones adyacentes.

¿Por qué este tabú generalizado sobre la muerte en la sociedad moderna y secularizada de hoy, que vive no solo como si Dios no existiera, sino como si la muerte no existiera? ¿Por qué vivimos tan “distraídos”, centrados en la cotidianidad, en el hoy, en el presente inmediato, en la superficialidad, en el aprovechar el instante (carpe diem)? ¿Por qué no orientamos la vida a ayudar y servir a los que son excluidos y marginados, a cuidar a los que sufren, a seguir el camino de Jesús, pasar por la vida haciendo el bien y liberando del mal? ¿Por qué no acabamos de creer que el Espíritu del Señor llena el universo y desde abajo, desde el caos, anima, vivifica y transforma toda la realidad? ¿Por qué no acabamos de integrar el presente de la historia con el futuro de la escatología y vivimos divididos, sin darnos cuenta de que el futuro ya comienza ahora, ya estamos caminando hacia el Reino, hacia la vida eterna?

Todo esto que ahora explicito está como germinalmente presente en la experiencia fundante de la cercanía de la muerte.

Mientras, vivo en apertura e indiferencia, sin saber cuándo llegará “mi hora”. Y voy rezando “En tus manos encomiendo mi espíritu”, “Tomad Señor y recibid,.. dadme vuestro amor y vuestra gracia que esta me basta”.

Para expresarlo brevemente de forma gráfica, medio en broma, medio en serio, casi he visto las barbas de San Pedro…

Un cambio de rumbo

De repente se detecta mejoría, disminuye mi dosis de oxígeno, guardan mi testamento vital. Se me aleja el peligro de muerte inminente, el Reino, se retrasa el encuentro con el Señor, mi Pascua, mi participación en el banquete celestial.

Mi experiencia es la del Salmo 116:

“Yo amo al Señor porque escucha mi voz,
porque inclina su oído hacia mí,
cuando clamaba haca él.
Me envolvían los lazos de la muerte,
preso en las redes fatales,
me ahogaban la angustia y el pesar,
pero invoqué el nombre del Señor:
‘Ay, Señor, salva mi vida’.
El Señor es muy bueno y justo,
nuestro Dios es un Dios compasivo;
el Señor cuida de los pequeños,
estaba postrado y me salvó.
Ha librado mi vida de la muerte,
de lágrimas mis ojos y mis pies de dar un paso en falso.
Caminaré en presencial del Señor,
en la tierra de los vivos”.

Sin duda la mejoría es fruto de la profesionalidad científica y médica del Hospital Clínic, de una constante supervisión y medicación, con gran calidad y atención humana. También del trabajo constante de sanitarios, enfermeras, cooperadores de todo tipo, sumamente humanos y atentos, con grandes medidas de seguridad, cambio continuo de ropa, etc.

Importa poco saber cuál era la situación religiosa o creyente de tantos colaboradores. Cuando me preguntaban con quién vivía y les decía que soy jesuita y vivo con mi comunidad, algunos no acaban de entender lo que esto significa. Hay algún personal latinoamericano creyente que me habla de ángeles y demonios, otro me pregunta si mis padres también son jesuitas, un marroquí islámico me pregunta si nosotros los cristianos podemos pedir perdón de nuestros pecados a Dios o tenemos que ir al cura, otra persona al sospechar que soy cura me dice que ella ha hecho la primera comunión… Pero todas estas personas me tratan con cariño, cuidado, respeto, eficiencia y profesionalidad; lo que vale, en último término, más allá de cual sea nuestro complejo mundo secular o pluri-religioso, es el amor. De esto seremos examinados el último día.

Pero mi mejoría ha tenido otro componente. En muchos lugares de aquí, en América latina, en Roma, se ha iniciado una campaña de oración por mi salud, por intercesión del P. Pedro Arrupe, el santo jesuita misionero del Japón que vivió la explosión de la bomba atómica en Hiroshima y luego, como Superior General de la Compañía de Jesús, renovó profundamente la Compañía después del Vaticano II y sufrió una noche oscura muy dura al final de su vida. Se espera su beatificación. Al final de su vida decía que siempre había buscado la voluntad de Dios, pero ahora era el Señor el que le guiaba directamente.

Estoy de acuerdo con mi compañero Andrés Torres Queiruga en que la oración de petición se ha de purificar y ha de pasar por el filtro de la modernidad, Dios no es un tapa-agujeros, Dios actúa a través nuestro, de muchas mediaciones, etc.

Pero la oración de petición no puede ser eliminada, pues forma parte de la tradición bíblica, desde los Salmos a los Evangelios, donde Jesús ora al Padre para que pase el cáliz de su pasión, enseña a los discípulos el Padre nuestro, compendio de oraciones de petición: sea santificado su nombre, venga a nosotros su reino, cumplimiento de su voluntad, el pan de cada día, el perdón de los pecados y la liberación de toda tentación. Estamos ante un Misterio que nos desborda, pero la oración de tantos fieles por mi salud, la oración del mismo papa Francisco, tanto cariño, fe y esperanza, no caen en el vacío aunque no sepamos cómo esto sucede.

¿Qué quiere ahora el Señor de mí?

No lo sé, intuyo que si me hace esperar, por algo será. En primer lugar, para que yo profundice en mi vida personal y espiritual a la luz de esta experiencia fundante y me pueda preparar mejor para el encuentro definitivo con el Señor, que no puede tardar mucho.

Pero dada mi vocación apostólica y misionera en la Compañía de Jesús, al servicio de la Iglesia y de la humanidad, he de ayudar a compartir con otros lo vivido. Como dice Ximo García Roca que también ha pasado por el covid y ha reflexionado sobre ello, se trataría de humanizar a Dios y divinizar la humanidad, es decir, acercar Dios a nuestro mundo tan agnóstico e indiferente y hacer que la humanidad se abra a un más allá trascendente.

Por otra parte, después de haber reflexionado durante mucho tiempo sobre el Espíritu Santo y sus símbolos (aire, viento, fuego, agua, paloma…) ahora desde la neumonía y la falta de oxígeno, redescubro al Espíritu como aliento, aire fresco, vida y energía. Y ejercitando la respiración, inspirar y espirar, redescubro el sentido rítmico de los salmos y la riqueza de métodos de oración acompasados a la respiración, como la oración de Jesús de los orientales (Diario de un campesino ruso) y la oración al ritmo de la respiración que se propone en los Ejercicios de San Ignacio, la oración por anhélitos. La asfixia es falta de aire, el aliento simboliza la presencia de la vida del Espíritu en nosotros, en una integración plena.

Pero no quiero acabar sin recordar que en medio de tanto lujo de ayudas médicas y humanas que he vivido, no me puedo olvidar de tantos lugares de Asia, África y América Latina, donde no hay vacunas suficientes, donde los hospitales están colapsados, donde falta oxígeno, donde además sufren sida, ébola, malaria, etc.

La pandemia ha de marcar un antes y un después, cambiar nuestra lógica, cuidarnos, respetar el cuerpo, solidarizarnos, no volver a la “normalidad” de antes, “o nos salvamos todos o no se salva nadie”, estamos todos en la misma barca, todos somos hermanos, Fratelli tutti.

Acabo con las palabras finales del Salmo 126 antes citado:

“Caminaré en la presencia del Señor,
en la tierra de los vivos”.

O en la sencilla y esperanzadora formulación del pueblo boliviano, la convicción de que “Diosito nos acompaña siempre”.

[Imagen de João Braun en Pixabay]

T'AGRADA EL QUE HAS LLEGIT?
Per continuar fent possible la nostra tasca de reflexió, necessitem el teu suport.
Amb només 1,5 € al mes fas possible aquest espai.
Jesuïta. Va estudiar filosofia i teologia a Sant Cugat, a Innsbruck i Roma. Doctor en Teologia per Roma (1965), professor de teologia a Sant Cugat mentre vivia a l'Hospitalet i Terrassa. Des de 1982 va residir a Bolívia on va treballar amb sectors populars i en la formació de laics a Oruro i Santa Cruz. Professor emèrit de la Universidad Católica Boliviana de Cochabamba, alternant amb treball de pastoral en barris populars. Ha escrit nombrosos llibres i articles. En 2018 va tornar a Barcelona on resideix actualment.
Article anteriorDispersos
Article següentLa fe cega no hi veu clar

DEIXA UN COMENTARI

Introdueix el teu comentari.
Please enter your name here