Leo en la prensa valenciana de hoy (15 de abril de 2021) unas estadísticas que me producen un profundo impacto que quiero compartir. Las facilita la Policía Local de nuestra ciudad. En lo que llevamos de año 2021, la policía local valenciana ha atendido 451 intentos de suicidio, 56 en sólo los 12 primeros días del mes de abril. Añadidos al escalofriante dato de las cifras, matices significativos e interpelantes: el número de intentos de suicidio es este año un 20% superior al del año pasado; los intentos de suicidio se dan en personas cada vez más jóvenes (adolescentes y mujeres de 20 a 30 años). Y, como siempre, a más pobreza, más sufrimiento y más suicidios: la atención psicológica rápida ha de ser privada, ésta es cara y las personas con menos poder adquisitivo no se la pueden permitir.

Antes de cada intento de suicidio hay, normalmente, una larga historia de sufrimiento personal, sufrimiento que, en la casi totalidad de los casos (por no decir en todos) ha sido afrontado en una soledad que multiplica el sufrimiento. Y después de cada suicidio llevado a término se genera una estela de dolor y de culpa en muchas personas de la familia y del entorno relacional de la persona que se ha suicidado. Si toda muerte próxima cuesta ya de afrontar en sí misma, la muerte por suicidio se vuelve muchas veces insoportable e inasumible.

Es este un tema prácticamente olvidado y obviado en el discurso social y político, y para el que no hay respuestas adecuadas. Aún recuerdo, con pavor y vergüenza, lo que me enseñaron de pequeño en la catequesis: que toda persona que se suicidaba iba derecha al infierno y creo recordar (aunque igual en esto me equivoco…) que ni siquiera tenía derecho a un entierro eclesiástico. Es decir: misericordia cero. Ni con el suicida ni con sus familiares. Esto ha cambiado, pero el imaginario social respecto al suicida no sé si tanto…

Algo tendremos que pensar, algo tendremos que hacer… Como sociedad y como Iglesia. Porque no estamos hablando de un tema “menor”: ni en cantidad ni en dolor. Desde llamar la atención a los poderes públicos para que se movilicen ante este tema hasta promover formas de cercanía y acompañamiento a personas vulnerables por sus circunstancias personales o sociales; desde desburocratizar los servicios sociales (lo cual pasa, inevitablemente, por potenciarlos) hasta revisar las propuestas educativas en valores; desde no banalizar y frivolizar con los problemas de las relaciones humanas hasta cuidar la salud espiritual de las personas y su capacidad de respuesta a los problemas y frustraciones de la vida… Y como Iglesia ganar en denuncia de injusticias, en cercanía a las personas y en misericordia con los que sufren.

[Imagen de Layers en Pixabay]

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Jesuita, teólogo y especialista en espiritualidad ignaciana. Ha publicado en la colección EIDES: "Encontrar a Dios en la vida" (n º 9, marzo 1993), "Cristianos en la intemperie" (n º 47, octubre 2006), "Acompañar la tentación" (n º 50, noviembre 2007), "Horizontes de vida (Vivir a la ignaciana)" (n º 54, marzo 2009), “La espiritualidad ignaciana como ayuda ante la dificultad” (nº 67 septiembre 2012), “El ‘más’ ignaciano: tópicos, sospechas, deformaciones y verdad” (nº78, diciembre 2015) y “Pedro Arrupe, carisma de Ignacio: preguntas y respuestas” (nº 82, mayo 2017).
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