El desierto representa una figura clave al momento de comprender cuál es la relación del creyente (individual como colectivamente) con Dios. En este tiempo de Cuaresma, viene bien volver a pensar qué dimensiones humanas, creyentes, espirituales o místicas posee la vivencia de lo desértico. Quisiera proponer algunas pistas para pensar lo que he denominado mística desértica. La lectura que quisiera proponer, a partir de textos bíblicos y de la recuperación de intuiciones provenientes de diversas áreas de la teología y la filosofía, busca responder a la pregunta sobre cómo podemos vivir el desierto hoy. Josep María Esquirol indica que el desierto puede estar en un lugar y en cualquier lugar[1]. No es solo lo vasto de un lugar arenoso o rocoso (como imagen prototípica del desierto), sino que también podemos experimentar el propio desierto. Este desierto puede ser llamado: pandemia, cuarentena, lo extenuante de este tiempo, lo incierto, el fracaso, la conversión, la reconciliación, la búsqueda de Dios. Como dice Henri Nouwen, el desierto es lugar tanto de soledad (lucha con los demonios) como lugar para experimentar la salvación o el encuentro con Dios[2]. Entonces ¿Qué significa pensar el desierto hoy?, ¿por qué volver a un tema tan trabajado en el tiempo de cuaresma?, ¿qué hacer con nuestro propio desierto?

La crisis del desierto o el desierto como crisis 

El desierto es el lugar más importante para comprender a Israel y su carácter de pueblo de la Alianza, la cual es firmada justamente en el desierto. Luego de la salida de Egipto, el pueblo enfrenta una doble crisis: la falta de agua y la carencia de alimentos. En el caso de la ausencia de agua (Ex 15,22-24), el texto bíblico nos narra que Israel caminó tres días sin encontrar agua. En el caso de la falta de alimentos (Ex 16,1-3), vemos un doble movimiento: se añora el pasado esclavo y en el desierto la gente se muere de hambre. En la opresión hay agua y comida, en la libertad no hay comida. Es una paradoja interesante: Israel mantiene –en cierta medida– la mentalidad de esclavo. Como dice Jean Louis Ska, Israel en el desierto es aún más pobre que en Egipto ya que no tiene nada[3].

La pobre situación del pueblo liberado me lleva a pensar en la siguiente cuestión: el lugar del fracaso en los proyectos que emprendemos. ¿Estamos en presencia de una mística fracasada?, ¿es una mística de nuestro fracaso, de nuestra imposibilidad?, ¿la mística como fracaso?, ¿o el fracaso de la mística? Podríamos pensar incluso en algo así como un triple fracaso: a) el fracaso del líder: Moisés fracasa en cuanto no puede asegurar la presencia de agua o comida, elementos que en el desierto son fundamentales; b) el fracaso del pueblo: la esperanza de Israel fracasa en el desierto. Anhelan Egipto (la opresión) en cuanto les da comida, pero no les asegura lo básico para vivir bien; c) y el fracaso de una imagen de Dios: en el desierto se contraponen dos imágenes o comprensiones de quién es Dios. Por un lado, el dios que asegura que todo ocurra bajo el deseo del ser humano (un dios a la medida del hombre) o el Dios que no deja ser capturado en una imagen triunfalista. De aquí podríamos entender el por qué Israel se construyó un becerro como dios, muy en la línea de los dioses de Egipto (Ex 32,4). El desierto es el espacio de crisis por excelencia, de un fracaso ante lo incierto, ante la falta y lo imposible.

El filósofo judío francés André Neher en su estudio “El fracaso en la perspectiva judía” propone que en el judaísmo, el fracaso constituye un punto fundamental para comprender la historia y el vínculo vivido con Dios en ella. Neher utiliza dos expresiones que son llamativas: “la incertidumbre radical”[4] y la “inseguridad radical”[5]. Ambas expresiones utilizadas por Neher tienen que ver con lo que él denomina una historia abierta, no condicionada por el ser humano, un futuro con carácter de sorpresa y aventura. Antonio Bentué en La opción creyente utiliza los mismos conceptos para expresar el sentido y significado de la fe en el Antiguo Testamento: aventura, sorpresa, riesgo[6]. Israel debe aprender a ser el pueblo de Dios en medio de lo incierto del desierto. El pueblo debe aprender a comprender que la mística del desierto está expuesta al fracaso de los proyectos.

André Neher da un paso más e indica que una forma sugerente de comprender dicha dimensión incierta del desierto es colocar acentos en el quizás, como figura de lo no previsible. Extrapolemos ese quizás a nuestro propio desierto: la pandemia es el gran quizás de nuestro tiempo, las vacunas, lo extenuante de no saber cómo volveremos a trabajar, a los estudios, a la vida “normal”. La pandemia es el desierto por excelencia. Nuestra vida toda se mueve bajo el signo del quizás. Incluso Neher llega a indicar que hay dos motivos teológicos que reflejan dicha inseguridad, dicho quizás: el Génesis y el Éxodo. En ambos motivos hay un eje central: la tierra prometida por Dios. Y, en medio de dicha promesa, Neher indica que para que haya auténtica promesa es necesario comprender que la posibilidad del fracaso existe. Dice Neher que “el fracaso es inherente a la promesa y al Éxodo”[7], fracaso vivido en lo “informe y vacío”[8] del desierto. Jean Louis Ska habla del desierto como “la nada”[9], como el “lugar de la pobreza completa”[10]. La dimensión desértica de la vida humana y creyente, pienso, debería establecerse como esa forma que tenemos de enfrentarnos arduamente a ser amigos de la incertidumbre. Nos cuesta. Me cuesta. Nos gusta(ría) tener todo bajo un cierto control. Las agendas son nuestras aliadas, pero en años como estos son, en realidad, una realidad que entra en crisis. Todos hemos cambiado en el desierto de este tiempo, y el desierto también nos ha hecho cambiar. Es interesante esa doble-faz del desierto-persona; desierto-pueblo; desierto-conversión humana; desierto-conversión creyente. Con ello, el quizás del desierto es el quizás de la pandemia y de toda vida.

André Neher dice que “la esperanza está en las lágrimas y en el riesgo”[11] y, en otro momento, dice bellamente que la esperanza es el “fracaso del fracaso”[12] y que esto es la forma más elevada de la esperanza judía. Así como Israel vivió el Éxodo original, esperamos el Éxodo mesiánico y definitivo, en el cual el fracaso fracasará en vistas a la presencia total de Dios. Esa es la esperanza del pueblo de la Biblia y es nuestra propia esperanza, la cual está puesta en el Mesías Jesús.

En definitiva, ¿qué dimensiones posee el quizás que nos pueden ser útiles hoy día? Pienso que el quizás pone en tela de juicio la imagen de un progreso asegurado, de los exitismos, de un dios a la medida del ser humano, del dios-becerro de oro. Y, también, es el espacio para pensar una mística desértica.

Entonces, ¿qué es la mística desértica?

Con ello volvemos al origen de nuestra propuesta. Tenemos a Israel en el desierto, sin agua ni comida, con un líder que no asegura lo básico para la manutención del pueblo, con un pueblo que anhela Egipto, con una imagen de Dios que fracasa. Tenemos a André Neher con el quizás y la inseguridad radical, con el fracaso en la perspectiva judía. Hemos pensando el quizás de toda vida, de la pandemia, del fracaso de la agenda. Pero todo esto (y otros aspectos que pueden surgir) ¿tienen alguna relación con la mística?, ¿cómo entender la mística en medio de estos aspectos? Personalmente y desde hace un tiempo he venido leyendo y buscando elementos para pensar la mística en cuanto nota característica del ser humano. Como dice Raimon Panikkar, hay que aprender a definir al ser humano como un animal místico. Con ello, surge también la invitación a no pensar la mística solo como un elemento propio de ciertos iniciados, sino que tiene que ver con una cuestión fundamental en toda vida humana y creyente. La mística no es solo de los “místicos” dice Vladimir Lossky. El mismo Lossky recuerda que en la tradición ortodoxa hablar de mística significa pensar la “experiencia personal de los misterios divinos”[13], la experiencia que tenemos con Dios. Ahí ya encontramos la mística. Y, en otro momento Lossky afirma: “la experiencia mística es la fructificación personal del contenido de la fe común”[14], es decir, lo que creemos es algo que debemos vivirlo en cuanto proceso de crecimiento, maduración e interiorización. La mística es, por tanto, la capacidad de ir hacia un “más allá” desde nuestro propio “más acá”. Es la capacidad de leer lo concreto y cotidiano desde una perspectiva trascendente.

La mística desértica es la aventura de vivir el itinerario entre el Génesis y el Éxodo, el itinerario con sus partidas y llegadas, que incluso pueden ser también comienzos, es la historia abierta hecha en camino con Dios. Como dice Jean Louis Ska: “la experiencia del desierto es el momento decisivo y más difícil para Israel, es el lugar donde Israel se entrena para la libertad”[15]. La mística desértica es el nuevo parto, la creación de un nuevo tipo de ser humano que debe comenzar a dejar la mentalidad de esclavo y aprender a vivir una nueva forma de ser. Incluso podríamos pensar cómo la mística desértica tiene que ver con el “vivir simplemente”[16] (Ska) de Israel en el desierto, con el aprender a vivir (Pannikar) en medio de nuestros propios desiertos. Así como aprendieron a vivir los padres y madres del desierto.

Los padres y madres del desierto: experiencia mística para un tiempo pandémico

La mística desértica podría entonces formularse como la capacidad de aprender a vivir con las herramientas que tenemos a nuestro alcance, con las posibilidades que se nos brinda en medio de estas imposibilidades. En esto, quisiera recuperar, como figura y propuesta actual de mística desértica, a los Padres y Madres del desierto. En ellos la Iglesia reconoce un modelo de vida auténticamente ascético, consciente de los límites y atento a las posibilidades de renovación que el desierto regala. Los Padres y Madres del desierto,

“fueron hombres y mujeres que huyeron de las convulsiones y manipulaciones de su sociedad, hambrienta de poder, a fin de luchar contra los demonios y encontrar al Dios del amor en el desierto. Fueron personas que sabían muy bien que, después del periodo de persecuciones y de la aceptación del cristianismo como “parte normal” de la sociedad, la llamada radical de Cristo a dejar padre, madre, hermano, hermana, a tomar la cruz y seguirle se había rebajado a una aceptable y confortable religiosidad y había perdido su poder de conversión”[17].

Los Padres y Madres asumen que el camino para el encuentro con Dios es vivir un profundo ascetismo, una lucha contra las pasiones y deseos de dominación que la época asumía como “normales”. Creían profundamente en la posibilidad de una nueva forma de relaciones que se desprendían del modelo radical de Jesucristo. Por ello son un modelo de conversión, de una profunda mística desértica en cuanto ellos encontraron a Dios justamente en los desiertos de Egipto y Siria durante los siglos III al VI d.C.

¿Y hoy?, ¿es posible vivir un renovado ascetismo? Autores como Román Guridi recuerdan la importancia de, por ejemplo, vivir una ascética ecológica. Para este autor, “una vida ascética nos ayuda a discernir y reorientar todos nuestros deseos, como el deseo de dominar, de subyugar, de consumir y poseer, así como también, los buenos anhelos e instintos como el amar, de justicia, empatía, altruismo, el interés por el bien común”[18]. Guridi asume la ascética ecológica en sintonía a la urgencia medioambiental actual. Si el modelo sociopolítico y económico de nuestro tiempo es la acumulación, la ascética propone que el sentido auténtico de lo eco-humano pasa por un respeto y un intercambio armónico entre el todo. Por ello, Guridi define el ascetismo como “las prácticas dentro de un entorno social dominante destinadas a inaugurar una nueva subjetividad, diferentes relaciones sociales y un universo simbólico alternativo”[19].

En el desierto, Israel, por ejemplo, experimentó la necesidad de organizarse socialmente de manera distinta. Esto lo podemos ver en el acontecimiento del maná. En Éxodo 16,16-18 leemos que los hijos de Israel sólo podían tomar lo necesario para el grupo familiar. El maná exige la supresión de una mentalidad de enriquecimiento a costa del otro, de dominar en base a la posesión. En el desierto debemos crear un nuevo universo de relaciones porque necesitamos sobrevivir, no a costa de los otros sino con los otros. Como recuerda Ska, en el desierto todos viven la misma experiencia, no hay diferencias sociales. Todos sienten hambre, sed y cansancio. Por ello es necesario re-imaginar el cómo de la vida, el sentido de una mística desértico-vital, de un nuevo estatuto de humanidad que se oponga al modelo de acumulación. Los Padres y Madres del desierto inauguran una suerte de contracultura ante el modelo que comenzaba a surgir con la legitimación del cristianismo en el Imperio. Al Dios de Jesús comenzaba a oponerse el dios vinculado a lo político, a la legitimación de ciertos modelos, al dios que mantenía el estatuto de poder. Ante ello, y ante los numerosos dioses del poder que hoy encontramos, es necesario (diríamos urgente) volver a recuperar el sentido de lo desértico como espacio de conversión humana y creyente. Pienso que, de algún modo, en ello reside la mística de la propia cuaresma, y de una cuaresma extensible a toda la vida, a esa cuaresma que ansía la Pascua de Jesús, el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la esclavitud a la auténtica libertad.

***

[1] Cf. Josep María Esquirol, La resistencia íntima: ensayo de una filosofía de la proximidad (Acantilado, Barcelona 2015), 9.

[2] Cf. Henri Nouwen, “Historias que dan vida”, en Yushi Nomura, Sabiduría del desierto (Paulinas, Madrid 1992), 15.

[3] Cf. Jean-Louis Ska, Compendio de Antiguo Testamento: introducción, temas y lecturas (Verbo Divino, Navarra 2017), 300.

[4] André Neher, “El fracaso en la perspectiva judía”, en Jean Lacroix, Los hombres ante el fracaso (Herder, Barcelona 1970), 171-193, 172

[5] André Neher, “El fracaso en la perspectiva judía”, 172.

[6] Cf. Antonio Bentue, La opción creyente: introducción a la Teología Fundamental (Ediciones Sígueme, Salamanca 1986), 182.

[7] André Neher, “El fracaso en la perspectiva judía”, 176.

[8] André Neher, “El fracaso en la perspectiva judía”, 176.

[9] Jean-Louis Ska, Compendio de Antiguo Testamento, 300.

[10] Jean-Louis Ska, Compendio de Antiguo Testamento, 300.

[11] André Neher, “El fracaso en la perspectiva judía”, 191.

[12] André Neher, “El fracaso en la perspectiva judía”, 193.

[13] Vladimir Lossky, Teología mística de la Iglesia de oriente (Herder, Barcelona 2009), 7.

[14] Vladimir Lossky, Teología mística de la Iglesia de oriente, 8.

[15] Jean-Louis Ska, Compendio de Antiguo Testamento, 300.

[16] Jean-Louis Ska, Compendio de Antiguo Testamento, 300.

[17] Henri Nouwen, “Historias que dan vida”, 13-14.

[18] Román Guridi, Ecoteología: hacia un nuevo estilo de vida (Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile 2018), 283.

[19] Román Guridi, Ecoteología, 285.

[Artículo Ppublicado originalmente en TeoCotidiana (marzo de 2021)/Imagen de _Marion en Pixabay]

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Chileno. Laico. Profesor de Religión y Filosofía. Magíster en Teología Fundamental. Diplomado en Docencia Universitaria. Académico Instructor Adjunto en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Académico de la Universidad Alberto Hurtado (perteneciente a la Compañía de Jesús). Imparte cátedras de Teología Fundamental, Antropología Teológica e Introducción a la lectura de la Biblia. Sus áreas de interés y trabajo investigativo y divulgativo son: la Antropología Teológica, el lugar de la mística en la vida humana y la teología de la Resurrección.
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