No me cabe la menor duda de que el enemigo de la Iglesia está dentro, no tanto fuera, donde lo suelen buscar algunos patológicamente, aunque los hay que lo ven dentro en forma de “humo de satanás” que se filtra desde el Vaticano. El enemigo interno se llama clericalismo y lo ha dicho un papa, el actual. El clericalismo es el cáncer que corroe el cuerpo eclesial y lo va destruyendo poco a poco, de manera lenta, pero efectiva. La raíz del clericalismo, mal que afecta a sacerdotes y fieles por igual, aunque los primeros tienen más responsabilidad, como es obvio, hay que buscarla en un proceso que a muchos les parece natural, pero que visto desde el origen no es más que una mera traición al proyecto de Jesús: la sacerdotalización del servicio. Lo que Jesús instituyó con su propia vida, sin ningún acto jurídico, no fue el sacerdocio sino el servicio: “Yo estoy en medio de vosotros como el sirviente (doulos=esclavo)”.

En la Iglesia solo existe un ministerio instituido por Cristo: el del servicio de unos a otros como el del mismo Jesús. Cristo no fue sacerdote, criticó a los sacerdotes y fue ejecutado con su complicidad. En la Iglesia no deben existir ‘sacerdotes’, pues es una manera de relación con Dios y con el mundo perversa: los sacerdotes (en el judaísmo y paganismo de la época) ejecutan un sacrificio agradable al dios para aplacarlo y hacerlo propicio a los hombres. La imagen que se desprende de ese dios es la de un ser sádico, violento y cargado de ira contra el mundo, del que se desentiende; solo un sacrificio cruento aplaca su ira. Ni Jesús ni las primeras comunidades cristianas entendieron a Dios así, sino como don generoso, amor puro, misericordia suprema y entrega gratuita. El Dios de Jesús no necesita sacrificios ni, por tanto, sacerdotes; no necesita templos ni, por tanto, rituales; no necesita preceptos ni, por tanto, cumplimientos. El Dios de Jesús es ágape y solo puede experimentarse con otros y para otros, dándose a los demás y recibiendo cada día el amor y la misericordia.

Las comunidades cristianas primitivas en suelo judío reflexionaron sobre Cristo y su relación con Dios y llegaron a la conclusión de que el sacerdocio llegó a su fin con Cristo porque en su entrega ante el poder del Imperio abrogó todos los sacrificios; el único y verdadero sacrificio es la vida entregada como servicio a los demás. Cristo es el único Sacerdote porque su entrega es verdadera y los cristianos, por el bautismo, somos sacerdotes, todos y todas, conformando así una comunidad sacerdotal en virtud de la entrega mutua y del servicio como constructo de la comunidad, no conformamos, por tanto, una comunidad de sacerdotes. En esta línea, lo que debemos hacer es desacerdotalizar la Iglesia (como acertadamente propone Rafael Aguirre en De Jerusalén a Roma, Ed. Verbo Divino) y volver a los orígenes donde la estructura de servicio se configuró con diáconos y diáconas, presbíteros y presbíteras y, más adelante, ‘supervisores’. Es decir, una comunidad que encarga a servidores y servidoras cumplir las funciones que necesita: gobierno, caridad, predicación o lo que la comunidad estime oportuno. Estos encargos se instituyen, pero no constituyen un orden sagrado, pues el único ‘orden sagrado’ se establece por el bautismo.

[Imagen de Quidec Pacheco en Pixabay]

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Doctor en filosofia (Universidad de Murcia) i Teologia (Facultat de Teologia Sant Vicent Ferrer de València). Professor Ordinari de Teologia a l'Institut Teològic de Múrcia OFM. Des de 2010 coordina el Màster Universitari en Teologia (On line) a la Universidad de Murcia i dirigeix la Línia d'Investigació en Teologia en el Programa de Doctorat en Arts i Humanitats de dita Universitat. Treballa en dues línies d'investigació: una sobre la relació del cristianisme amb la societat postmoderna i l'altra sobre el Jesús històric i el cristianisme primitiu. Dirigeix la revista de l'Institut Teològic de Múrcia, Carthaginensia. El seu últim llibre: La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios (PPC, Madrid, 2018).
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1 COMENTARI

  1. El clericalismo es un tumor canceroso que ha hecho metástasis en la Iglesia, pues ha tenido muchos siglos para desarrollarse. Es el telón de fondo de las grandes lacras eclesiales: La pederastia y los manejos turbios del Banco VAticano. Porque, cuando se sacraliza el poder, que, no olvidemos, tiene un origen satánico, pues es lo opuesto a la misión de Jesús, no se sirve a Dios. Es la tercera tentación de Jesús, que el Evangelio señala al comienzo de la vida pública: pervertir la misión de Jesús, que es anunciar a un Dios perdedor y crucificado, que invierte los valores. De ahí, a fundar una institución que defiende los intereses de la clases privilegiadas. Como ha sucedido a lo largo de la historia, a pesar que el Espíritu se ha encargado de suscitar a cristianos que han hecho de su vida servicio, como Jesús.
    Francisco ha visto muy bien el enemigo dentro, y, parodiando a sus acusadores, el “humo de Satanás”, dentro de la IGlesia. El maldito poder.
    No es de extrañar que no le puedan ver los que siempre han sido papistas a ultranza. Totalmente de acuerdo, Bernardo. Luchemos por la iglesia que el Vaticano II había querido rescatar de la costra histórica. Sigue escribiendo. Sigue creando mentalidad.

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