¡Qué harta estoy de escuchar que las mujeres tienen que hacer estudios científicos o técnicos! ¡Que no! Que eso refuerza el androcentrismo: estamos cayendo en la trampa de reforzar la idea de que lo importante, lo que es realmente importante, es lo que tradicionalmente han hecho los hombres, o sea, la ciencia y la técnica, y que las mujeres tenemos que aspirar a tener un espacio en esos ámbitos… Y no, lo que es realmente transformador, es que los chicos quieran ser maestros, bailar gimnasia rítmica, cuidadores de guardería, bailarines clásicos, trabajadores y educadores sociales, etc., profesiones tradicionalmente reservadas a las mujeres. Lo que es realmente transformador es darle valor a lo que hacemos las mujeres, los cuidados, y potenciar que los hombres quieran estar presentes en esas profesiones. Porque entonces significará que hemos sido capaces de poner en valor y revalorizar los cuidados. (Eh, que no digo que no haya que hacerlo, lo de estimular a las chicas para que estudien ciencias, pero ha de ir paralelo a estimular a los chicos a que se dediquen a los cuidados, sino reforzamos una visión androcentrista de lo productivo y lo reproductivo…).

Harta estoy también del empoderamiento de las mujeres. Nosotras ya estamos empoderadas. Lo que necesitamos es que dejen de pegarnos, de gritarnos, de humillarnos y de violarnos… La violencia de género, es un problema de los hombresD, no de las mujeres. Son ellos los que pegan, por si alguien no se ha dado cuenta… No es que seamos tontas, flojas o memas, es que hay todo un sistema social, económico, cultural y religioso que justifica y legitima esta violencia. ¿Y si en lugar de empoderarnos nosotras, empezamos a desempoderar a los maltratadores? ¿Y si practicamos la tolerancia cero ante la violencia hacia las mujeres? ¿Y si desnormalizamos la violencia? No es normal que se maltrate a las mujeres, ni que nos toquen el culo en el metro; no es normal que nos grite un compañero de trabajo, no es normal que nos insulten cuando conducimos, no es normal que nos interrumpan cuando hablamos…

Desde mi punto de vista, la palabra central del feminismo no es desigualdad, sino la palabra privilegio. El feminismo cuestiona los privilegios del género masculino que ha construido el patriarcado, por eso asusta. ¿Están los hombres dispuestos a repensar sus privilegios en la sociedad patriarcal? ¿Están dispuestos a perderlos, a empatizar, a descentrarse, para ganar en igualdad y libertad -también ellos-?

Todo esto, en realidad, es cuestión de poner el foco en el lugar adecuado… Generalmente ponemos el foco en las mujeres; quizás es ya momento de empezar a poner el foco en los hombres, ¿no? Es un ejercicio interesante de ver la realidad desde otro punto de vista para cuestionar, cambiar, para identificar las causas reales. Parece que con ellos no va todo esto, son «cosas de mujeres», ellos pasaban por allí, ellos se callan y nos dejan a nosotras debatiendo sobre nosotras, para que así no cambie nada, gastando energías en la dirección equivocada. Empecemos a hablar sobre ellos (y con ellos, si puede ser). Chicos, hombres, ¿por qué no queréis estudiar pedagogía? ¿Por qué pegáis a las mujeres? ¿Por qué consumís prostitución? ¿Estáis dispuestos a perder privilegios y deconstruir vuestra masculinidad? ¿A no tener la ropa lavada, a no ser el centro de atención, a escucharnos, a limpiar el WC, a reducir jornada laboral para cuidar, a no mirarnos como ganado, a aceptar y reconocer que tu jefa sea una mujer, a llevar la agenda del pediatra, a no dar por supuesto que todas se van a acostar contigo…?

El heteropatriarcado tiene rostro: es el que envía las fotos de tetas en el grupo de WhatsApp, el que va a un burdel para celebrar una despedida de soltero, es el niño de 10 años que busca pornografía en internet, es el padre que le guiña un ojo al niño que le dice a una chica que está buena…

En los temas de género, el 50% de la responsabilidad es nuestra, de las mujeres, y el otro 50% es responsabilidad de los hombres. ¿Os atrevéis a asumirla?

[Imagen de www_slon_pics en Pixabay]

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Diplomada en Trabajo Social, licenciada en Ciencias Políticas y diplomada en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Fundación Mambré que atiende a personas sin hogar, en el programa de Vivienda. Miembro de Cristianismo y Justicia. Ha publicado en CJ el cuaderno «Nuevas militancias para tiempos nuevos» (nº 110).
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