J. I. González Faus. Además de una crisis sanitaria y otra económica, la pandemia ha acabado trayéndonos una crisis política: una seria crisis de la democracia. Nos habíamos acostumbrado a justificarla diciendo que, aunque el sistema democrático es malo, es el menos malo de todos. Así tranquilizábamos nuestra conciencia y nos quedábamos en paz, olvidando la gran capacidad de degeneración que tiene todo lo humano, y más cuando no es del todo bueno.

De gentes conocidas he escuchado estos días dos reacciones opuestas que servirán de punto de partida para estas reflexiones, porque pese a su oposición, coinciden en ser ,cada una por un lado, amenazas a la democracia:

1. Unos por irresponsables.- Hay quienes, contaminados por el terrible individualismo de nuestra modernidad, confunden los derechos humanos con deseos propios y protestan violentamente contra toda medida confinatoria, como ataque a sus derechos más elementales. Se sienten como niños mimados, con derecho a desobedecer. Y esto no solo en países “bárbaros” como España, sino en países “civilizados” como Holanda. No se han enterado aún de que los derechos humanos son, sobre todo, derechos de los otros que yo debo respetar y que el fundamento de los derechos humanos son precisamente nuestros deberes. Como ya recordó Simone Weil, sin deberes no hay derechos sino solo egoísmos.

2. Otros por insensatos.- Otros echan de menos una autoridad firme y dura, invocando el ejemplo de Taiwán o China que están superando la pandemia mucho mejor que nosotros. He llegado a oír, de gentes que nunca hubiera esperado, que “con Franco ya no tendríamos pandemia”. Lo cual puede sugerir insensiblemente que “en el fondo Franco no era tan malo”.

Honestamente, debo reconocer mi extrañeza ante la actitud del gobierno en este último mes (después de aquel discurso prometedor de Pedro Sánchez en Navidad), mientras la tercera ola se descontrolaba y las comunidades autónomas reclamaban medidas muy razonables que el gobierno se negaba a autorizar. Comunidades autónomas (recordémoslo) que primero criticaron al gobierno reclamando más libertad, y ahora reclaman más autoridad.

¿A qué fue debido ese cambio de actitud comparado con la actuación del gobierno hace ahora un año? Llegué a preguntarme si el gobierno de Sánchez no estaría siendo rehén de algunos poderes fácticos económicos que habrían amenazado con cargárselo (y poder para ello lo tienen) si no cambiaba sus políticas de marzo del 2020. No lo sé. Pero ahí están aquellas extrañas palabras del señor Fernando Simón (tan sensato antes) explicando que, como en Navidades la gente iba a hacer lo que les diera la gana, pues mejor no prohibir nada.

Vale. Pero de ahí a decir que con el dictador no habría pandemia, hay años luz.

3. Ni mimo ni mito: misión.- Estas dos actitudes he podido además percibirlas con cierto parecido a aquellos tonos de Tejero, de que: “esto lo arreglaba yo enseguida”. Quisiera añadir que, en el fondo y aunque no lo parezca, son dos actitudes que brotan del miedo: sea el miedo a contagios o el miedo a perder unos modos de vida que me tienen drogado. Y lo claro es que el miedo es el peor enemigo del hombre.

La democracia no es un mimo (contra los primeros) pero tampoco es un mito (contra los segundos). Es simplemente una misión.

Dicho esto, hay que recordar que la crisis actual ya había avisado desde antes de la pandemia. Dejando a Trump, el Movimiento 5 estrellas en Italia o, con un cariz muy diferente, el 15M en España fueron síntomas serios a los que ni se les hizo “biopsia” ni han sabido gestionarlos bien sus mismos valedores, que han acabado matando las ilusiones o el descontento que habían recogido. Ojalá que en Podemos fueran capaces de abrir una reflexión seria y desinteresada, preguntándose cómo han podido evaporar todas las esperanzas que recogieron, en lugar de echar la culpa solo a los medios de comunicación (que, sin duda, tuvieron su parte en eso).

Deberíamos haber aprendido que democracia no es simplemente “Jauja”, sino algo muy difícil: que se justifica por su mayor dignidad ética, no por mayor comodidad. “La democracia sin justicia carece de fundamento” ha escrito Reyes Mate. “No estamos preparados para la democracia” decía el viejo dictador y nosotros nos hemos encargado de darle la razón. Aunque su gran pecado fue utilizar esa frase no como un imperativo para intentar prepararnos, sino como una excusa para no marcharse él.

Llegamos así a nuestra transición creyendo que cuando tuviéramos democracia todo saldría a mi gusto: olvidando que también en democracia hay una autoridad (un kratos), pero que no es individual sino comunitaria y a la que se puede criticar sin que por eso me multen o me metan en la cárcel. Y nos hemos encontrado con que nuestros políticos demócratas usan impúdicamente las grandes palabras éticas para enmascarar sus propios intereses, personales o partidistas. ¿Quién podrá creer en un sistema así? A quienes dijeron “el Estado soy yo” (Luis XIV) o “la tradición soy yo” (Pío IX) se añaden hoy quienes dicen “el pueblo soy yo”. Y, por tanto, democracia será gobernar yo y aniquilar a mis adversarios. Ya  vamos conociendo algunos de esos.

4 .Y “milagro”.- Si las cosas son así, es inevitable recordar aquella “Educación para la ciudadanía” que Zapatero quiso implantar y fue denostada por el PP que veía en ella una posible pérdida de votos. Si el proyecto de Zapatero pudo ser sectario (cosa que no tuvimos ocasión de comprobar) debería servir al menos para comprender que necesitamos una “educación para la democracia” fruto de un acuerdo entre todos los partidos (o la gran mayoría de ellos), como primera terapia para una sanación de nuestra democracia herida.

Ningún sistema (tampoco la democracia) hace mecánicamente buenos a los ciudadanos, aunque algo pueda ayudar. Porque, parafraseando a Simone de Beauvoir, podemos decir que los demócratas no nacen, se hacen. Y no se hacen solo con ceremonias, como la toma de posesión de Joe Biden, por solemnes que estas puedan ser. Solo la educación buena y universal, puede sacar lo mejor de cada uno. Y solo desde ahí podríamos ir construyendo sistemas mejores que nos fueran ayudando a mejorar poco a poco.

5.“Qué difícil es que un rico sea demócrata” (Cf Mt 19,23). Pero la educación no es el único problema de nuestras democracias. Hay que terminar repitiendo una vez más que sin democracia económica no puede haber buena democracia política: porque las instancias políticas tienen solo el gobierno, pero el poder lo tienen las económicas. El principio aquel, “vicios privados, virtudes públicas”, establecido por los teóricos de nuestra economía es un verdadero cáncer para toda democracia. Habrá que recordar una vez más la vieja advertencia de Bertrand Russell: “Las democracias políticas que no democratizan su sistema económico son intrínsecamente inestables”. Esa advertencia tiene más de 70 años. Más tarde, Hayek la corroboró sin querer, hablando de la necesidad del “sometimiento total y absoluto a las exigencias de la disciplina del mercado”. Y hoy estamos viviendo el escándalo de las vacunas, que me ha evocado un viejo Cuaderno de Cristianismo y Justicia (obra de Teresa Forcades) titulado: “Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas”.

Así estamos: nuestro progreso es tan asombroso que ¡ha logrado que los ascensores tengan memoria! Lástima que no consigamos que la tengan también los hombres… O con otras palabras: hay una película de Stanley Kubrick que no tiene nada que ver con esto pero de la que quisiera recuperar ahora el título: “Eyes wide shut” (Ojos profundamente cerrados). Luego siempre hay quien dice aquello de “se veía venir”… Pero, por lo visto, es que no queríamos verlo.

Imagen de Sandra Schön en Pixabay 

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