Jorge Picó“Todo poder político requiere para existir y darse a creer no sólo una mecánica, sino sobre todo una poética, una retórica capaz de hacer conmovedora la desigualdad en que se funda y de convertir a su vez lo obligatorio en deseable” Clifford Geertz, Negara, El Estado-teatro en el Bali del siglo XIX [1].

En pleno montaje de luces de un espectáculo teatral que iba a dar función en el teatro Julio Castillo de Ciudad de México, Alex, nuestro regidor general, me dijo: “Así empecé yo, a los diecisiete años, encintando bien los cables a la barra de luces”. Alex ha cumplido ya los sesenta y algo y es uno de los mejores profesionales que conozco. Como regidor general e iluminador se ha ocupado de grandes teatros públicos en Francia, desde su elaborada gestión diaria, hasta la organización de giras mundiales de algunas compañías. Lo que básicamente me estaba diciendo Alex es que su currículo eran sus manos.

Explico esta anécdota porque ando examinando estos días los requisitos de varios concursos públicos para acceder a cargos de personal laboral en cultura: plazas de dirección en organismos y equipamientos, o convocatorias de profesorado en conservatorios, y es agotador la cantidad de títulos, certificados, másteres y exámenes que se exigen para poder presentarse y puntuar. A veces la titulitis suma tantos puntos como el proyecto de ideas a defender en la entrevista para dirigir el equipamiento público.

Apunta Fernando Broncano en su libro Cultura es nombre de derrota que el currículo, que comenzó siendo una práctica de las disciplinas académicas, es un “ejercicio de autoanálisis”. Quien no llega a llenar una página, y esto lo veo cada vez que doy una clase para inmigrantes en Cáritas sobre cómo redactar tu currículo, notas la toma de conciencia y el desánimo del que no ha hecho o recibido lo bastante para aspirar a algo más. El reverso de la moneda es quien se indigna al no ser reconocido para el puesto a pesar de que su capital cultural le permite llenar la página en blanco de méritos y más méritos. Para Broncano, en ambos extremos, el currículo “se impone como un regulador de las pasiones sociales” y es una “ordenación propia de la vida orientada a la sumisión al mercado de trabajo”.

Me cuenta un profesor amigo de la facultad de Filología de Valencia que para la administración es más meritorio publicar artículos en revistas que traducir un poema o una obra de teatro, y eso que lo propio de la filología es traducir, verter palabras de una lengua a otra, reavivándolas, en ese acto de amor que es la traducción. También para cubrir puestos de menor rango (que no menos imprescindibles), como ordenanzas y bedeles, se están pidiendo méritos y exámenes que requieren un conocimiento de la administración pública nada sencillo. Puestos laborales, cómo no, donde se suelen presentar más las mujeres de una cierta franja de edad, rondando ya los cincuenta. Mujeres que, en muchas ocasiones, han soportado separaciones y criado a los hijos solas mientras trabajaban en puestos peor remunerados que los hombres y que ahora, al intentar encontrar un trabajo estable y cuando la edad  dificulta más el estudio, se les piden exámenes y “méritos”.

Vivimos bajo la tiranía de la meritocracia, tal y como explica Michael Sandel en el libro que lleva ese mismo título.  La palabra la acuñó en 1958 Michael Young al escribir una novela, de corte futurista y distópico, El ascenso de la meritocracia, donde la palabra adquiría un sentido peyorativo. En la novela se muestra un sistema educativo que selecciona a los ganadores y descarta a los perdedores. En la actualidad, la palabra meritocracia, al contrario que en el libro, goza de buena reputación. Exigencias de la economía de mercado donde la lucha por el éxito y el fracaso, la competencia y el deseo por sobresalir se convierten en asuntos de mérito y demérito. Algunos políticos como Tony Blair ayudaron bastante al pregonar una sociedad organizada alrededor de los privilegios del logro frente a una sociedad más tradicional basada en valores más adscriptivos y de lealtad. El propio Young le respondió a Blair con un artículo instándole a que dejara de usar la palabra en su particular diccionario político. Sin ir tan lejos, en Cataluña y otras partes de España se sigue utilizando la palabra vista positivamente. Obviamente todos queremos que nos opere el mejor cirujano y nadie está lo bastante loco como para descartar competencias y capacidades en las profesiones más técnicas (dicho fríamente y olvidando la importancia de que a uno le sostengan la mano antes de entrar al quirófano… esos “otros saberes”). No va por ahí la cosa y sí se trata de lo que es bueno para algunas cosas no lo es para todo. Por ejemplo para el ejercicio de la política.

Explica Sandel que los parlamentos occidentales están dominados por licenciados. En España nos hemos sonrojado viendo cómo los políticos inflaban sus currículos, y que esto va en detrimento de la mezcla de clases tan necesaria y rica para el debate. Vale la pena recordar que uno de los políticos que mejor sentó las bases del famoso estado de bienestar inglés fue el laborista Clement Attlee quien, a pesar de venir de familia rica, no dudó en incluir en su gabinete a políticos cuya trayectoria personal venía del trabajo puro y duro, la mina de carbón incluida. Basta señalar que en Estados Unidos dos tercios de la población no tiene una licenciatura o que en una escuela de élite como el ENA francés solamente un 6% de sus estudiantes provienen de clase obrera y en la Politécnica un 1,1% tienen padres obreros y el 93% son hijos de padres ejecutivos o de profesión intelectual superior para darnos cuenta de qué pasta están hechas las élites[2]. Con estos datos lo que ocurre es que los más prósperos perciben cada vez más los dividendos de su capital educativo. De forma que podemos considerar a los intelectuales como una clase social que posee un saber, que vende a los propietarios que delegan en ellos la organización del trabajo y su productividad.  Mérito y herencia acaban confundiéndose en una democracia de titulados. 

El economista francés Piketty sitúa 1990 como la fecha en que socialistas, demócratas y verdes empiezan a formar “partidos de titulados” que las clases populares abandonan en gran medida[3]. Los de abajo se perciben como un grupo menos educado frente a una élite formada escolarmente, con el resentimiento que esto conlleva y que se traduce en votos contra esos partidos de titulados, aunque se digan de izquierdas . Y lo peor es que los ricos subestiman la importancia de la suerte en su éxito y el mérito ya no es algo coyuntural, sino una fortaleza de privilegios que facilita una forma de organización social. El mantra es “lo tengo porque me lo merezco” (frase que alguna vez he escuchado en publicidad para justificar algún lujo, “porque tú te lo mereces”, “te lo has ganado…”). Esto a la aristocracia no le ocurría pues sabían que sus privilegios provenían de la cuna. La antigua nobleza de sangre es sustituida por la nobleza del talento. La meritocracia crea el falso espejismo de pensar que uno se ha ganado a pulso los privilegios que disfruta, sin tener en cuenta la suerte, la familia donde uno nace, el lugar…, transmitiendo una idea de desigualdad legítima.

Para terminar, vuelvo a las instituciones culturales y luego regresamos a México. Además de la excelencia técnica que puntúan ciertos concursos públicos se requieren virtudes cívicas, se necesita saber identificarse con los ciudadanos de a pie de toda clase y, sobre todo, mucho juicio político, pues cultura y poder van de la mano a la hora de tomar decisiones para dirigir un organismo cultural público.

En México caminaban juntos dos directores muy famosos en distendido diálogo. Uno era Julio Castillo, de origen medio indio, nacido en la capital, en el barrio trabajador de la Lagunilla (“barrio bravo” dicen los mexicanos) y sin mucha formación académica, pero genial en sus puestas en escena y que supo captar el espíritu asambleario que todo buen teatro posee. Y el otro era Luis de Tavira, exseminarista jesuita, culto y brillante director de teatro que ha ocupado importantes cargos públicos. Julio, con esa bondad que cuentan le caracterizaba, le preguntó a Luis si sabía tanto de teatro como decían. Obviamente Tavira, autor de numerosos libros, contestó que sí. A lo que Julio Castillo simplemente añadió: “Pues yo no mucho, solamente sé hacerlo”. 

***

[1] La cita encabeza el trabajo de Jesús García Cívico, La tensión entre mérito e igualdad: el mérito como factor de exclusión. Universitat de València, servei de publicacions 2006.

[2] La burguesía intelectual, una elite hereditaria por Pierre Rimbert Le Monde Diplomatique, agosto 2020.

[3] Ibídem, pág. 23 LMD.

Imagen de Peggy und Marco Lachmann-Anke en Pixabay 

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