Me reconozco como un católico cultural que ha elegido ser un “deísta”, racionalmente consistente, y, a la vez, “teísta jesu-cristiano”.

Soy lo primero, “un católico cultural”, sabiendo que hay quien me puede objetar que, si hubiera nacido en China, habría habido muy pocas probabilidades de que lo hubiera sido.

Quien me formule esta objeción ha de saber que ya no está hablando de mí, sino de otra persona: sencillamente, porque yo no puedo escoger, ni mis antepasados, ni tampoco la cultura o la religión, en este caso, católica, en la que he sido educado.

Está fuera de toda duda que en mis orígenes creyentes me encuentro -si miro la situación desde fuera de mí mismo- con la siguiente constatación: he nacido y he crecido en la fe cristiana de tradición católica.

Pero también está fuera de toda duda que he asumido esta herencia convirtiéndola “en destino por una elección continuada”, que entiendo razonada y argumentada.

Es de esta “elección continuada” de la que estoy obligado a rendir cuentas, mediante argumentos, en una discusión con protagonistas de buena fe, que se encuentran en la misma situación que yo, en la medida en que se saben igualmente incapaces de formular de manera razonable las raíces de sus convicciones, sean del tipo que sean.

Por ejemplo, ¿cuántos de los muchos -y apasionados- hinchas con los que cuenta la Real Sociedad o el Athletic de Bilbao, lo serían si hubieran nacido en Barcelona, en Madrid, en Múnich o en Buenos Aires? La suya es una elección que, fruto de haber nacido donde se ha nacido (normalmente, en Gipuzkoa o Bizkaia o, incluso, en otros lugares del País Vasco y hasta fuera), se ha ido convirtiendo en un destino gracias a una elección continuada. Y lo que digo de los hinchas de la Real Sociedad o del Athletic de Bilbao vale para la inmensa mayoría de los seguidores de casi todos los clubs del mundo.

¿Qué quiero decir cuando sostengo que es un hecho convertido en un “destino por una elección continuada”?

Pues que no tiene nada que ver con una coacción, una carga insoportable o una desgracia, sino con la situación que presenta una convicción a la que me adhiero y en la que me mantengo: en el cristianismo percibo y experimento la relación con una “incomparable” persona (Jesús de Nazaret) en la que el Infinito, el Altísimo se transparenta y se entrega como amor.

No tengo ningún problema en que se catalogue tal relación, a la vez, como relativa y absoluta.

Relativa desde el punto de vista de la sociología de las religiones. La modalidad del cristianismo a la que yo me adhiero se distingue como una religión entre otras, dentro de la pluralidad característica de todos los fenómenos humanos, en este caso, religiosos. Pero también relativa desde el punto de vista del diálogo con la increencia en sus diferentes modalidades ya que lo que digo cuando digo “Dios” es propuesto de manera argumentada y, por ello, consistente; nunca se impone. Como tampoco la increyente.

Quien las escucha, queda invitado a evaluar dicha consistencia, pudiendo decidir aceptarla o rechazarla por las razones y motivos que estime más oportunos y convincentes. Por ejemplo, yo puedo exponer argumentadamente las bondades del yogur griego o del vino de la rioja alavesa, pero sé que mi convicción, por muy fundada que esté, no es ni la primera ni la definitiva palabra. Esta la tiene mi interlocutor libremente y, si le parece, sopesando las razones que aporto u otras: puede suceder que mis argumentos sean muy sólidos, pero mucho más definitiva es su alergia a la leche o su rechazo del tanino o, simplemente, que le guste otra clase de yogur o el vino de la ribera del Arlanza… Pero no, por eso, dejará de ser “razonable” o carecerá de consistencia argumentativa la bondad del yogur griego o la excelencia del vino de la rioja alavesa.

Éste es el sentido de la relatividad en el diálogo interconviccional entre creyentes e increyentes.

Y, además, vivo la existencia de este destino creyente como “absoluto”, es decir, como “incomparable”, sin dejar de estar marcado, a la vez, por su origen cultural, pero también por la percepción de sus transparencias en el cosmos, en la vida y en la historia y, por supuesto, en Jesús de Nazaret.

Me quedo corto y ya no tengo espacio para hablar de estas dos últimas referencias, es decir, de mi “deísmo”, racionalmente consistente, sobre lo que digo cuando digo “Dios”, a partir de las transparencias científico-positivas que se vienen alcanzando en la cosmología, en la protobiología y en la antropología. Ni tampoco de la consistencia de mi “teísmo jesu-cristiano”.

Con estas líneas, solo quiero expresar mi afecto y cercanía con Araceli, la primera vacunada contra la COVID-19 en España, cuando, santiguándose, dio “gracias a Dios”.

Supongo que no le importarán mucho las reacciones de quienes salieron a su paso diciéndole que se olvidara de “Dios” y diera gracias, más bien, a los científicos; como si éstos no fueran notarios que registran (y no es poco) esa conjunción de regularidad y aleatoriedad que se transparenta en el cosmos, en la vida, en el ser humano y en la historia.

Por cierto, una conjunción a la que los deístas nos referimos cuando decimos “Dios”.

[Artículo publicado originalmente en El Diario Vasco/Imagen de Richard Revel en Pixabay]

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