Angelo Berselli/Giordano Cavallari. [Settimana/Traducción de Jesús Martínez Gordo] Don Angelo Berselli es párroco del barrio napolitano de Forcella, uno de los más problemáticos. Desde hace unos días, los comerciantes del barrio se manifiestan debido a las medidas impuestas por las instituciones para combatir la pandemia. Don Angelo expone las dificultades y aspiraciones de su barrio.

Don Angelo, ¿qué pasó en Nápoles, en la noche entre el 23 y el 24 de octubre, después del anuncio de las nuevas medidas regionales para combatir el contagio?

Los telediarios han hablado y mostrado imágenes de personas corriendo y de enfrentamientos violentos con la policía. Entre las personas presentes en las manifestaciones se encontraban los miembros de la asociación de comerciantes de Forcella, mi parroquia. Por tanto, puedo decir que aquello de lo que se ha informado en los telediarios es solo una parte de la realidad.

Tengo, con algunos de estos feligreses, una estrecha comunicación: trato de dar consejos y me escuchan, así que estoy seguro de que, por parte de ellos, no había ninguna intención de comportarse violentamente. Como prueba tengo en mi teléfono móvil los mensajes intercambiados antes de esa noche, con las recomendaciones de no olvidar las mascarillas y observar las reglas de distanciamiento. La suya pretendía ser una manifestación para dar a conocer de manera cívica toda su frustración. Por supuesto, he hablado con ellos después de los hechos.

Me han testificado con toda claridad lo que sucedió: en la noche entre el viernes y el sábado, confluyeron tres manifestaciones diferentes, entre ellas autónomas. La primera, arrancó de mi zona. La segunda, fue organizada por los jóvenes de los centros sociales, adelantándose a todos en la llegada al barrio de Santa Lucía, el lugar en el que se encuentra la sede del gobierno de la Región.

Pero ha sido la tercera, procedente presumiblemente de los barrios españoles (Quartieri Spagnoli), y formada por pseudo ultras de Nápoles, la que ha provocado la violencia, porque ese era, precisamente, su propósito: algunas personas, como es evidente, se ganan la vida provocando el caos.

Mis feligreses comerciantes están dispuestos a manifestarse, de nuevo, pacíficamente, en la Piazza Vanvitelli, en la “zona bien” de la ciudad, para diferenciarse de los alborotadores, porque no pueden renunciar a publicitar sus sensatos argumentos.

Nos encontramos en una situación muy difícil en la que no se han cumplido las promesas hechas por las instituciones. Puedo testificar, en primera persona, por ejemplo, que el sacristán de mi parroquia, contratado, se encuentra en su casa desde junio, y que, desde entonces, no ha recibido del paro ni un euro: si yo no le hubiera ayudado con dinero, ¿cómo habría podido y podría mantener la familia? Le doy dinero porque todavía puedo hacerlo, pero los pequeños comerciantes que conozco y que ya no tienen dinero, ¿qué pueden hacer por sus empleados y por sí mismos?

Las instituciones han pedido a estas personas que hagan sacrificios constantes: desde la tarde hasta la mañana han impuesto el cierre total o el cierre en determinadas franjas horarias. Se les han prometido ayudas, pero no ha llegado nada en meses. ¿Dónde está la reciprocidad? Aquí la gente está enfadada. Era fácil predecir que esto terminaría así. La gente creía, esperaba… pero ahora ya no se fía más.

¿Contra quién protestan?

La gente constata el juego que es habitual en la política: la responsabilidad es de otra persona, nadie quiere asumirla. El presidente de la Región se la pasa al gobierno, el alcalde al presidente de la Región y el gobierno a todo el mundo. He puesto este ejemplo y he hablado de ello estos últimos días en la parroquia, para explicar las consecuencias del pecado original, porque el pecado más grave no es el de la desobediencia, sino el de la deshonestidad con la propia conciencia en la relación con el Señor y, por lo tanto, con los hermanos y hermanas.

A la pregunta de Dios a Adán, “¿Qué has hecho, tú?”, la respuesta del hombre comienza de una manera desconcertante: “la mujer que has puesto a mi lado, etc., etc.”; es como decir: “La responsabilidad es tuya, no mía”. Por lo tanto, la gente se pregunta por qué hay que respetar las leyes cuando quienes las hacen, de esta manera tan confusa, ni siquiera quieren asumir la responsabilidad que tienen al dictarlas.

¿Qué piden los manifestantes?

Los comerciantes de mi parroquia son, obviamente, los que gestionan las pizzerías, los bares, restaurantes y otras tiendas que ahora están obligados a cerrar a las 6 de la tarde. Estamos en Nápoles: a las 6 de la tarde ni siquiera se come en los hospitales. A partir de las 9 de la noche ya no se puede comprar una pizza para llevar (sólo se puede esperar a que te la traigan a casa). Todas las emisiones de televisión sobre Nápoles denuncian, durante años, ironizando, que no hay ni recibos ni facturas de las entregas que se realizan.

En ciertas zonas de la ciudad el 80% de la gente está trabajando en negro. Traigo a colación estos datos, muy conocidos, para dejar claro la manera en la que dictan las normas sin tener en cuenta nuestra concreta realidad. ¿Es posible que nadie haya pensado que el fondo para el paro no ha llegado nunca aquí y que nunca llegarán otras subvenciones? La gente pide que la escuchen primero.

Además de las protestas, ¿cuáles son las consecuencias de esta situación?

Por supuesto, los problemas de Nápoles son muy viejos. La crisis del virus está provocando que se vuelvan a acelerar.  Estos días he hablado con un joven que a los 20 años no sabe leer ni escribir: ¿qué trabajo puede hacer este chico?

La pregunta es dramática, pero aún más dramática es la respuesta. Mientras tanto, como ya he dicho antes en “SettimanaNews”, en los últimos días -cuando fue asesinado Luigi, un niño, al intentar robarle- alrededor de mi parroquia y en el vecindario han aumentado los hurtos y el pillaje. Pero la gente, al menos, con la de la parroquia, y me gustaría subrayarlo, está tratando de reaccionar de manera civilizada. Pero si se reacciona de manera civilizada es algo que no se tiene en cuenta y si se reacciona violentamente nos insultan: ¡lugar de apestosos! ¿Qué tiene que hacer la gente para vivir?

¿Qué opinas de que los niños no vayan a la escuela?

Ha habido un gran debate sobre la escuela hasta que se ha cerrado. En mi opinión, no son realmente las escuelas los principales focos de contagio: ¡son los medios de transporte insuficientes e inadecuados! Ayer me dijo una chica que en el metro se necesitaba un calzador para entrar. Si tuviéramos más autobuses y más vagones de metro, esto sería otra cosa. Ha habido unos cuantos meses para tomar decisiones e intervenir. Sin embargo, lo que se ha cerrado es la escuela, que es, precisamente, lo que más necesitamos en Nápoles. Por esto, he estado luchando durante años. Por esto, y por los jóvenes.

¿Cómo funciona la atención médica?

Se decidió habilitar más lugares para los pacientes de la COVID-19. Se compraron camas y respiradores. Sin embargo, al lado de las camas no se encuentran los médicos y enfermeras que son necesarios y, además, no los hay… Las camas solas, obviamente, no sirven para nada. Incluso, se está pensando en contratar médicos y enfermeras con un contrato parcial, siempre y cuando haya necesidad: pero ¿estamos bromeando?, ¿a quién crees que vas a contratar de esta manera?

¿Cómo está la parroquia?

Una de las actividades parroquiales más demandadas por las familias es el catecismo. El ritmo del catecismo es, por desgracia, todavía muy similar al de la escuela. Porque aquí, de alguna manera, el catecismo se articula y complementa, en parte, el papel educativo de la propia escuela. Pero, si ni siquiera hay escuela, ¿cómo puede reanudarse el catecismo, con todas las normas de salud que hay que cumplir ahora?

Me están pidiendo pruebas serológicas para los catequistas. En todo Nápoles sólo hay un centro de salud para estas pruebas. Las personas que lo necesitan van allí a las 2 de la noche para poder tener una cita a las 4 de la tarde. Es una situación muy complicada la que estamos viviendo. No hemos pasado por algo semejante.

Si aquí, en Nápoles, no tuviéramos -digo yo- la esperanza, por “constitución ontológica” como cristianos, tendríamos que habernos apuntado al suicidio en masa. Por eso, siempre celebramos en nuestra parroquia, con gran solemnidad, la fiesta de Cristo Rey, porque nos confirma que, al final de todo esto, nosotros ganamos; algo así como si conociéramos el resultado de antemano: por tanto, no importa que vayamos perdiendo por 3-0. Si estamos en el equipo de Cristo, al final, ganaremos 4-3.

¡Esta es la situación!

Imagen extraída de: Settimana

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