Una reflexión tras el asesinato de Samuel Paty

Una reflexión tras el asesinato de Samuel Paty

Carlos Maza SerneguetEmpezamos la semana acusando todavía el golpe de lo ocurrido en Francia el viernes pasado. No hay tiempo suficiente para procesar una reacción tan brutal a una lección sobre libertad de expresión. El asesinato como respuesta a una clase no es digerible. Pero si queremos que no se convierta en otra muerte absurda, en un caso más de la lista, se impone atravesarla y ver qué emerge al hollar esa tierra que ahora parece yerma y seca.

La decapitación de Samuel Paty tiene contexto. No solo el de su historia personal, enfrentada a un ambiente de persecución desde que utilizó las famosas caricaturas de Mahoma para ilustrar una clase sobre libertad de expresión. Hay otros elementos en el cuadro. Señalo dos muy conocidos: el juicio por los asesinatos de Charlie Hebdo y la lucha contra lo que Macron ha dado en llamar el “separatismo” islamista. Me fijaré sobre todo en esto último.

La cuestión del llamado separatismo islamista pide ser clarificada. En la cultura política española el concepto de separatismo va ligado a la cuestión territorial y nacional, y efectivamente consiste en la voluntad por parte de un territorio/nación de segregarse del estado para formar uno nuevo. Sin embargo, lo que en Francia se ha bautizado como separatismo poco o nada tiene que ver con esto. De lo que se trata allí es de la separación ─afectiva, y afectante a creencias fundamentales─ de una parte de la población respecto a los valores propios de la República. Pero he aquí algo que conviene, creo, tener en cuenta: esa separación interna no se traduce en un proyecto de separación externo a nivel político. Precisamente, lo que un crimen como el de Conflans-Sainte-Honorine pone de manifiesto es, a mi modo de ver, que lo que el islamismo radical desea ─y lo desea hasta el punto de hacerse homicidio pasional─ no es la creación de una república islámica separada, sino la fagocitación, la sustitución de una República francesa laica por una república islámica en territorio francés. A mi modo de ver, lo que quiere el islamismo en Francia no es separarse del estado, sino transformarlo, sustituirlo, hacer que su derecho prohíba, castigue y proteja lo que según las creencias de este islamismo debe ser protegido, castigado y prohibido. Lo que está en disputa es esta República, no otra.

Desde las ruinas de la cristiandad, algunos contemplamos esto con una mezcla de confusión y sobrecogimiento. Creo que es una impresión bastante compartida que las llamadas sociedades europeas y las religiones están todavía elaborando el modo en que estas han de participar en el espacio público. Me atrevo a decir que asesinatos como el ocurrido en Francia revelan que el cuasi-dogma moderno de la privatización de la religión, del confinamiento de lo religioso al templo y a la casa propias, es un modelo fallido y agotado. La religión necesita salir al espacio público, no solo por su propia naturaleza ─la fe siempre tiene un cariz comunitario, y el amor que en el fondo las inspira aspira a lo universal─, sino por la necesidad que tiene la religión de ser educada por y para el espacio público actual. Las religiones, es decir, las personas religiosas, necesitamos de la pedagogía que proporciona el tener que dar razón de nuestras creencias y el trabajar para que estas influyan en la sociedad ─influir no es lo mismo que tutelar, claro─, de la misma manera que cualquier otra propuesta política que se tiene por benéfica para el mundo. Una vez más: la privatización no es la solución. Querer prohibir o inhibir al creyente de llevar su fe al espacio público parece tan iluso como pedirle al político que deje apartadas sus ideas cuando acude al debate (aunque fe e ideología no muevan las mismas teclas dentro de las personas).

Estos meses de cuarentena, confinamiento y reducción de los espacios de convivencia a causa de la Covid-19 arrojan algo de luz sobre las consecuencias que puede tener también la excesiva privatización de lo religioso. Para algunos, este último tiempo ha supuesto el reencuentro con lo más esencial y bello de la vida. Otros, por contra, han tenido que sufrir la agresividad y la violencia de quienes no soportaban el encierro. El aislamiento en la vivencia de la fe puede producir, de la misma manera, santos y terroristas. Los efectos del confinamiento de lo religioso al ámbito privado son imprevisibles. Pueden llegar hasta el extremo de que la vivencia religiosa de un joven consista en ver ─recluido en su habitación privada─ vídeos de adoctrinamiento privado por Internet, hacer sus comentarios privados en las redes sociales, confrontado solo a una pantalla privada, para después coger un cuchillo privado y tener ─perdón por la banalización─ un encuentro mortal privado con un profesor de secundaria que ha hecho algo que considera ─y considerarlo es posible y legítimo─ ofensivo subjetivamente. La religión necesita una pedagogía que solo da el salir al espacio público. Las llamadas sociedades europeas, que en su ADN más moderno conservan aún el recelo hacia la propuesta política religiosa (quizá no haya pasado tiempo suficiente como para pedir que no exista esa mirada sospechosa), han de entender que las religiones pueden ser un actor político más.

Salir al espacio público tiene sus costes. El lugar del debate, de la política, del derecho, es autónomo respecto a la esfera religiosa (nota: que la Iglesia Católica promulgue un Código de Derecho Canónico en 1917 deja ver ya, entre otras motivaciones, que se ha resignado de algún modo a que el Derecho estatal no refleje todas sus pretensiones). Por otro lado, no es cierto ─esa es, al menos, mi impresión─ que Dios y las personas religiosas reciban en el espacio público más palos y más burlas que las que puede recibir un político, escritor, cineasta, o personaje cualquiera.  No hay más que asomarse a Twitter o a cualquier otra red social para ver hasta qué punto hoy se expone al desgaste ─incluso al martirio─ quien se atreve a salir presentando sus ideas, gustos o creencias. Si las religiones quieren participar (y está en su naturaleza el hacerlo) en el espacio público, tienen que hacerlo al mismo precio que cualquier otro actor (¡ojo!, también con las mismas opciones de defensa y de protección).

Jesús sabía esto que venimos diciendo, y lo experimentó finalmente de la manera más amarga y cruel. Contar con un relato sagrado en el que Dios mismo se expone a ser golpeado, escupido, insultado y, finalmente, matado, nos debería vacunar contra cualquier reacción violenta ante la burla o el insulto, incluso ante la muerte. Dios no mandó un ejército de ángeles y Jesús no respondió pegando. Su vida pública y el proceso final contra él revelan que Dios acepta y es capaz de jugar sus cartas en un mundo no creyente. Lo que pasó el pasado viernes en Francia no es justificable desde el punto de vista religioso. Pero es también signo de que nuestras sociedades han de seguir pensando en una propuesta mejor para la religión que la del confinamiento al ámbito privado. Las tragedias y los cuentos nos enseñan lo que puede llegar a ocurrir cuando creemos tener guardado el problema bajo siete llaves.

Imagen de Kai Reschke en Pixabay 

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