Humanizar las fiestas

Humanizar las fiestas

J. I. González FausLa versión nuestra del tercer mandamiento del Decálogo (“santificar las fiestas”) podría reformularse hoy como dice este título, con solo que entendamos que la santidad no es el fruto de un voluntarismo moralista sino, simplemente, la plenitud y la máxima calidad de lo humano.

Descubriríamos entonces que algo de eso era su sentido primero de ese tercer mandamiento, como luego diré. Pero descubriríamos también hasta qué punto nuestra sociedad ha embrutecido las fiestas, en vez de ayudarnos a humanizarlas.

Una sociedad que es laica y cada vez más “sociedad de servicios” no podrá pedir que los domingos sean aquellos días de antaño, casi desnudos de toda actividad aparente. Pero eso importa menos porque la aportación fundamental del judaísmo es la seguridad de un día de descanso periódico y no si ese día ha de ser el sábado o el domingo u otro cualquiera. Ese corte sistemático continuo de nuestra actividad es un gran factor de salud, de bienestar interior y de humanidad. Pero precisamente de eso es de lo que, en buena parte, nos priva la forma actual de celebrar la fiesta.

El mero cambio de “geografía” (material o psicológica) ya es un factor muy relajante. Pero, para cambiar de geografía no hace falta recorrerse cientos de kilómetros (de Madrid a Málaga o a Gandía…), sometido a la tensión del volante, a las prisas por llegar pronto y a esos embotellamientos del tráfico que acabarían a veces con la paciencia de Job. Así ni descansaremos bien ni regresaremos algo más humanizados. Basta con que nuestro entorno, material y psíquico, sea distinto al del resto de la semana.

Por otro lado la sociedad de consumo (donde unos cuantos se enriquecen a costa de falsas necesidades de los demás) ha dictaminado que nosotros no sabemos descansar por nosotros mismos, y nos suministra unos programas de ruido y botellón que podrán alienarnos pero no llegan a serenar y pacificar lo más hondo de nosotros. El “pan y circo” (hoy consumo y fútbol) que inventaron los romanos, era una fórmula para mantener callado al pueblo, no precisamente para descansar bien. Sin embargo, nuestra sociedad ha dictaminado que el silencio aburre, que los árboles no descansan y que la música ha de ser ruidosa. Y nos hemos tragado esos dogmas con una “fe del carbonero” digna de mejor causa.

Curiosamente, para descansar bien no hace falta gastar mucho. Basta como he dicho con un cambio de ambiente y de actividades, con una actitud lúdica ante el día y con un esfuerzo tranquilo por bajar a lo más hondo de nosotros mismos, donde suele estar escondido lo mejor que somos.

Creo por eso que el descanso semanal es una de las grandes aportaciones del judaísmo a la humanidad. Y esto se refuerza si sabemos que, en su origen, el shabat (el sábado judío) no fue un precepto religioso sino social: se creó para el descanso del esclavo, de los animales y de la tierra… Más tarde, para dar fuerza a esa obligación, se escribió, en el primer capítulo del Génesis, que el Creador había descansado precisamente “el día séptimo” (y este fue uno de los motivos que inspiraron el relato de la creación en siete días), y se convirtió el sábado en un precepto religioso, más que social: imitar el descanso de Dios.

Pero Jesús ya se encargó de decir que su Padre “sigue trabajando” (y quizás habrá que pensar que “más que antes”, si tiene que trabajarnos a nosotros…). Y las redacciones bíblicas del Decálogo, aunque le dan esa impostación religiosa, no dejan de añadir que no trabajarás “ni tú, ni tu hijo ni tu hija, ni tu esclavo ni tu esclava, ni tu buey ni tu asno ni tu ganado ni el emigrante que viva en tus ciudades, para que descansen como tú el esclavo y la esclava”. Eso era “santificar el sábado como el Señor tu Dios te ha mandado”. Y por si no quedaba claro añade otra razón personal: “recuerda que tú también fuiste esclavo en Egipto” (Deut 5, 12-14).

Los judíos pervirtieron esa intención con una casuística absurda que obligó a Jesús a proclamar que “el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”. Y los católicos lo pervertimos con unos “días del Señor” que muchas veces eran en realidad días “del señor” (con minúscula). Porque los criados trabajaban en servicio de los señores, y estos santificaban la fiesta aguantando una misa ininteligible que, en lugar de alimentarles (que de eso se trataba) les aburría. No es pues de extrañar aquella mentalidad con que antaño se salía de misa y que se refleja en aquel dicho: “Ya hemos cumplido con Dios, ahora vamos a lo nuestro”.

¿Qué tal pues, si de una manera bien humana, intentáramos todos “santificar las fiestas” volviéndonos un poco menos tensos, más ricos por dentro (no por fuera), más pacificados y con más capacidad de sonreír sinceramente a todo el mundo?

Imagen de Free-Photos en Pixabay 

Per continuar fent possible la nostra tasca de reflexió, necessitem el teu recolzament.