Plan de recuperación europeo: hitos tras las cifras

Plan de recuperación europeo: hitos tras las cifras

Manfred Nolte. El imponente rescate acordado por el Consejo de la Unión Europea para los países más afectados por la pandemia vírica, a cuya cabeza figuran Italia y España, da pie a algunas reflexiones, eclipsadas en este momento por lo descomunal del importe (750.000 millones de euros, el 5,4% del PIB de la UE, de los cuales España podría llegar a recibir 140.000 millones, 72.000 de ellos a fondo perdido) y por lo trascendental del heroico acuerdo alcanzado, tras cuatro interminables días de debate encendido, un auténtico hito en la historia de la Europa comunitaria. Cuando aún resuena en el ambiente el fragor de las enmiendas en el Parlamento Europeo de esta última semana para la preceptiva ratificación del paquete del Consejo, y cuando aun están lejos las preceptivas aprobaciones de los respectivos Parlamentos nacionales, estas reflexiones pueden pecar de prematuras o inoportunas. Ahí están, en cualquier caso.

Comenzaremos por convenir que lo acaecido con España y, en análoga medida con Italia y Francia, es un rescate en toda regla, aunque revista un cierto grado de generalidad que lo atenúa y diluye. La acepción ‘rescate’ suscita muy variadas resonancias, todas ellas negativas y humillantes. Pero la cruda realidad es que, sobre todo en el caso de los dos países latinos, las necesidades de fondos para combatir los estragos económicos de la pandemia malamente pudieran haberse obtenido apelando a los mercados internacionales mediante sucesivas emisiones de deuda pública. El ya exorbitado grado de endeudamiento de las referidas economías elevaba drásticamente el riesgo de que los inversores internacionales pusiesen un techo a sus sucesivas ofertas de deuda, llegando en un momento al cierre de las compras y la incursión en un auténtico escenario de suspensión de pagos internacional. Los repetidos países carecían y siguen careciendo del llamado ‘espacio fiscal’ y precisaban una ayuda exterior que no estaba en su mano suplir por otros medios de naturaleza doméstica y autónoma.

En consecuencia, las ayudas europeas convenidas constituyen una insustituible plataforma de salvación para las naciones afectadas. ‘Next Generation EU’, el plan de recuperación de 750.000 millones, pactado por el Consejo europeo, al que se unen más de 540.000 millones de euros en préstamos acordados por el Eurogrupo en abril, forma el más notable acuerdo de rescate de regiones europeas alcanzado por el máximo órgano de decisión europeo, desde sus orígenes hasta nuestros días. En particular el capítulo que más alude y refuerza el concepto de rescate reside en los 390.000 millones de euros de transferencias a fondo perdido a los Estados miembros.

El plan global no está exento de alguna complejidad, ya que el total de los 750.000 millones del programa discurrirá por el presupuesto europeo mediante una serie de fondos, algunos ya existentes y otros nuevos como el Fondo para la Recuperación y Resiliencia, que volcará 312.500 millones a fondo perdido sin devolución y otros 360.000 en préstamos para apoyar las inversiones y reformas necesarias para la recuperación de las economías y apoyar las imprescindibles reformas subyacentes al refuerzo sanitario o a la transición verde y digital, el mantenimiento del mercado único o el fomento de la cohesión social entre muchas otras. Otros Fondos como ‘ReactEU’ (47.500 millones en transferencias), ‘HorizonEU’ (5.000 millones), ‘InvestEU’ (5.600 millones), ‘Desarrollo agrario’ (7.500 millones), ‘FairTransition’ (10.000 millones),y ‘RescEU’ (1.900 millones) completan la asignación de la Iniciativa ‘Next Generation EU’.

Otro segundo ingrediente crítico del Plan de Recuperación Europeo (PRE) lo constituye el gigantesco paso de integración comunitaria indirectamente asumido, al haberse finalmente aprobado la mutualización -si acaso parcial- de la deuda en el área europea, que, si no lo es, se parece asintóticamente a la figura de los llamados ‘coronabonos’, una versión actualizada de los eurobonos emitidos con cargo a un hipotético tesoro europeo común.

El PRE se financiará mediante deuda solidaria de la Unión Europea emitida sucesivamente en los mercados con vencimiento entre 2028 y 2058 mientras que el producto del 70% aplicable a las ayudas directas se desembolsará entre 2021 y 2022, y el resto en 2023. Para respaldar el rating de las emisiones la Unión Europea introducirá nuevas figuras tributarias, como un impuesto digital o impuestos verdes.

Para concluir, el cariz de la solidaridad condicionada. Nadie con criterio repara en si en el PRE ha habido ganadores y perdedores -también los llamados ‘países frugales’ han aumentado sus cheques de descuento-, ni se ignora que el clima de la cumbre haya estado muy lejos de ser cordial, llevadero y coincidente. La desconfianza ha sido uno de los ingredientes del pleno más largo del Consejo Europea en su ya dilatada historia. Finalmente, una crisis ‘exógena’ ha hallado en Europa una respuesta más que aceptable. En muchos aspectos histórica. No se hubiera conseguido sin la determinación de Merkel y Macron. Tampoco sin la visión del resto de líderes de la Unión y el buen hacer de Charles Michel y Úrsula von der Leyen.

Pero tampoco debe finalmente olvidarse que la condicionalidad está ahí y los fondos se dispondrán en función de la credibilidad de los planes de reforma presentados por los Estados miembros en línea con las recomendaciones del llamado ‘Semestre Europeo’ y los recientes objetivos comunitarios, arriba citados. Dichos planes se aprobarán primero por la Comisión Europea y después por el Consejo en régimen de mayoría cualificada. No será suficiente. Bastará que un único Estado miembro ponga reparos a la realización de las reformas de otro, para que se aplique un veto temporal de tres meses al desembolso de fondos, hasta que los Jefes de Estado y de Gobierno se formen nuevamente criterio de la situación.

La carrera acaba de comenzar.

Imagen de Julien Tromeur en Pixabay 

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