Celebración eucarística, pascual y liberadora (I)

Celebración eucarística, pascual y liberadora (I)

Karen Castillo Mayagoitia, Mª Teresa Ylizaliturri, Guadalupe Cruz, Renata Capdevielle y Griselda Martínez-Morales . Compartir el espacio de clases ha sido mucho más que compartir tareas, teología, textos y comentarios sobre las materias; se ha convertido en un camino hacia una nueva comunidad eclesial. Hemos comenzado este espacio como necesidad de encuentro entre mujeres, como posibilidad de diálogo desde nuestras convicciones y preguntas, como obligación de cuestionamiento a nuestras seguridades y a la homogeneidad de un mundo impuesto por occidente que, sin mucho problema hemos aceptado.

Así, en la búsqueda de un instante de desinstalarnos, nos congregamos como una comunidad que en la celebración de nuestra Eucaristía del Jueves Santo nos permitió entrar a nuestras experiencias, historias, lenguas y movimientos distintos, anhelando comunión y esperanzas que se convirtieron en sacramentos; signos de la gracia de nuestra Diosa Madre y su Ruah caminando con nosotras y acompañando nuestras inquietudes y vulnerabilidades.

Diferentes momentos que, releídos, nos permitieron descubrir lo que ha generado en nosotras; hemos leído esta experiencia a la luz de la Palabra Viva que toma forma desde diez manos (que decidieron hacer una tarea conjunta), diez voces, diez rostros, diez cuerpos dentro de la danza de la vida que no se da por vencida ante los movimientos y expresiones de cansancio y muerte.

Cuando comenzamos a planear nuestras celebraciones nos encontramos con la posibilidad de celebrar Eucaristía sin un sacerdote ordenado, sino a partir de nuestro sacerdocio común. Y así, tuvimos nuestro primer encuentro; ahí nuestro compartir nos hizo sentirnos “ateas” y no porque nuestra fe sea poca, sino porque en nuestras vidas, poco a poco nos hemos ido alejando de esta Iglesia institucional, de sus ritos y tradiciones. Sin embargo, esta separación, contrario a lo que uno puede pensar, nos ha ido acercando a ese Jesús que es paradigma de todo comportamiento.

Con distintos objetivos nos unimos por una misma inquietud que nos grita a todas desde adentro que algo falta. ¿En dónde? Cada una de nosotras tiene su respuesta: en la sociedad, en la religión, en nuestra fe o quizá en nosotras mismas. Esa falta es la causante de estar juntas ese Jueves Santo.

Si la Pascua es ese paso de la esclavitud a la liberación, somos paso de la una a la otra, de lo uno a lo múltiple, de la regla a la menopausia, de lo real a lo virtual, de lo normal a lo anormal, de lo singular a lo plural, de lo simple a lo complejo, de lo seguro a la incertidumbre. Somos movimientos, tránsitos, pasos, caminos en medio de una pandemia que pareciera un vacío, pero en donde sigue habiendo maná, hondura, sueños, recreación, imaginación, búsqueda de sentidos; nosotras somos una trascendencia real.

Al anhelo de nuestro encuentro se sumó un elemento que hizo posible nuestra reunión. El martes 10 de marzo nos despedimos al salir de clases, seguras de que nos encontraríamos la siguiente semana… pero la Universidad nos informó que por el incremento en el nivel de la alerta por la diseminación del coronavirus se suspendían las labores presenciales a partir del 17 de marzo; conforme se fueron registrando un sinnúmero de casos en el mundo y en nuestro país y fuimos experimentando el confinamiento preventivo, nuestra vida cambió. Cada Semana Santa acostumbrábamos reunirnos en familia, pero esta Semana Santa, en que todos estamos separados, fue completamente diferente. ¿Fue casualidad–deseo del destino siempre caprichoso? No, fue la causalidad y la heterogeneidad resultante del mundo homogéneo donde nos tocó vivir. Causalidad que hoy sabe reconfortante, pues significa saber que hay otras formas de celebrar nuestras creencias, nuestros ideales y nuestras esperanzas, fuera de lo establecido yo no sé por quién, ni cuándo.

La invitación a celebrar de manera diferente y poder después compartir cómo habíamos vivido nuestros días de Semana Santa, rápidamente nos hizo eco, nos metimos al chat (aún mientras escuchábamos la propuesta) para abrir la posibilidad de celebrar una vez más, un espacio eucarístico entre nosotras. Unas a otras nos invitamos-convocamos a vivir y celebrar nuestra fe y nuestro sacerdocio en un tiempo, a todos los niveles, muy convulsionado mundialmente. Hacía más de un mes que se había anunciado el primer caso confirmado de coronavirus en México y el día de nuestra cena sumaban 3.441 los casos confirmados y 194 las defunciones.

Tere, Renata, Karen, Lupita, Griselda, Edith, Marilú, Laura, Nilva y Ángela; unas conocidas, otras desconocidas, pero todas compañeras, colegas, amigas, cómplices, soñadoras, mujeres en procesos distintos, con búsquedas comunes.

La organización no requirió tantas palabras, y aunque continuando con la tradición/conmemoración hegemónica de la Pascua según la tradición romana, nos reunimos heterogéneamente 10 mujeres en una nueva familia (como la antigua tradición judía) “conectada” umbilicalmente (vía zoom). A través de una reunión virtual (que únicamente poco más de la mitad de los mexicanos podría hacerlo ) nos encontramos, realmente nos encontramos ese Jueves Santo para nuestra cena, varias hemos horneado pan –todos se veían muy sabrosos–, en algunas de nuestras mesas se abrió una botella de vino, hubo velas y flores, pero también el sabor de las hierbas amargas que además de ser parte de esta cena, son parte de una memoria, de un proceso y de una lucha que no dejaremos; porque nos hemos decidido a caminar juntas, a crear formas de hacer vida el Evangelio, a no soltar nuestro discipulado en manos de alguien más, sino compartirlo como iguales.

Las mesas eran nuestros altares, nosotras las celebrantes y nuestros panes, vino y alimento traían la entrega de nuestras vidas para ponerlas en común.

[Hasta aquí la primera parte de nuestro escrito, no de la experiencia, en la siguiente oportunidad compartiremos el resto de nuestra vivencia eucarística].

Imagen de Matthias Böckel en Pixabay 

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