El desierto que vivimos (I)

El desierto que vivimos (I)

Emmanuel SicreEl desierto habla y mucho. Es más, sorprende todo lo que esconde y, por eso, no solo es la superficie más extensa de nuestro planeta, sino también de nuestras propias regiones interiores.

Desierto remite a soledad, a despoblado, a silencio, a despojo. Sí, es la metáfora perfecta para algunos tramos de la existencia personal. Intentemos adentrarnos con esta reflexión, especialmente en estos días tan difíciles, en el desierto que vivimos cada quien y el mundo entero.

Penetrar el desierto

Quizá lo primero sea emprender un camino al desierto. Y al desierto no se va desprevenido, sin preparación, porque lo cierto es que muy difícilmente nos quedemos a habitarlo. Hay un poema de Jorge Luis Borges “El desierto” que puede sugerirnos algo interesante:

Antes de entrar en el desierto
los soldados bebieron largamente el agua de la cisterna.
Hierocles derramó en la tierra
el agua de su cántaro y dijo:
Si hemos de entrar en el desierto,
ya estoy en el desierto.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.
Ésta es una parábola.
Antes de hundirme en el infierno
los lictores del dios me permitieron que mirara una rosa.
Esa rosa es ahora mi tormento
en el oscuro reino.
A un hombre lo dejó una mujer.
Resolvieron mentir un último encuentro.
El hombre dijo:
Si debo entrar en la soledad
ya estoy solo.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.
Ésta es otra parábola.
Nadie en la tierra
tiene el valor de ser aquel hombre.

Lo que Borges está insinuando es que, anticiparse a los horrores de algún tormento es una manera de “aclimatarse” a una condición de adversidad. Pero ¿quién se atreve a semejante osadía? “Nadie en la tierra”. ¿Nos arriesgaremos nosotros al menos con las palabras? Intentémoslo.

El desierto es lo inhóspito, lo que no puede recibir huéspedes, lo que está deshabitado. No es un lugar de acogida. Etimológicamente es lo abandonado, lo que ha quedado solo, de ahí que comparta su raíz con la acción de desertar. Quien deserta es quien resigna alguna acción, quien olvida o renuncia dejando en el desamparo.

El desierto, podríamos decir entonces, es una región para atravesar, para pasar, para ir más allá. En este sentido, si bien representa un desafío, en la misma proporción contiene una promesa, una esperanza. Por largo que pueda ser el camino que lo surca, por compleja que se pueda convertir la orientación mientras andamos, no es posible quedarse ahí para siempre. Tarde o temprano hay que salir del desierto.

Sin embargo, es verdad que existen solo algunas criaturas que pueden habitarlo. Son aquellas que han recibido el don de ser desierto con el desierto, de ser soledad, de vivir despojadas a tal punto que no viven de sí, sino del desierto. Pero no todos estamos preparados, por eso hay que, o recibir el don de ser desierto o alistarse a fin de pasarlo en medio de los peligros que encierra.

Elegir el desierto

El problema es que el tiempo que nos toca vivir nos puso en un tipo de desierto sin mucho aprestamiento ni disposición interior ni social. ¡A guardarse todo el mundo… YA! Ni las plazas ni calles de nuestras ciudades fueron avisadas de su nostalgia. No hubo profecía que hiciera presentir nada, solo decreto. Y lo peor es que no hay culpables con quienes descargarse. Los chivos expiatorios terminamos siendo nosotros mismos.

Algo invisible nos confina, nos encierra, actúa como verdugo de nuestras ilusiones y nos hace desertar nuestras rutinas más sencillas. Desamparadas como están la gran cantidad de cosas que solíamos hacer, hemos tenido que despojarnos y caminar al desierto.

¿Qué haremos con esta imposición de la realidad? ¿Qué destino tomará nuestro camino en este desierto que vivimos sin quererlo? Al principio, hay que confesarlo también, algunos más afortunados vimos en este desierto que nos tocaba un remanso a nuestros mundos agitados, una oportunidad nueva de vivir algo totalmente distinto como comunidad global. Es como si hubiésemos caminado unos cientos de metros por la arena con un morral interno, quizá sin saberlo, bastante bien abastecido y, al poco tiempo, nos encontramos en el oasis de estar en casa. La casa es cada quien y aquellas personas con las que convivo -si es el caso. Aceptamos la dinámica del desierto incipientes (como novatos) e insipientes (ignorantes) como estábamos.

Mientras vamos transitando nuestra estadía en el desierto la experiencia marca en la sensibilidad de cada quien, según su ritmo, un paso a otra etapa. Al parecer este desierto que estamos universalmente obligados a atravesar es más largo y más ancho que nuestras expectativas. Una cosa es un paseo, una excusión; otra, un viaje; y otra, más compleja, una mudanza incierta. ¡Si lo sabrán los refugiados! Empezamos a enterarnos de lo arrasador del caso y cómo su vehemencia corta el hilo social por lo más fino: empobrecidos, quienes están en guerra -incluso dentro de casa-, la población de riesgo, migrantes, sin techo, y la lista se prolonga tanto como este médano desdibujado por el que caminamos.

Me pregunto. ¿Qué estrategias nos servirán de apoyo cuando al tener que continuar caminando en el desierto no veamos el próximo oasis como resguardo? ¿O cuando se agote el agua del oasis que encontremos y tengamos que salir a buscar otro? La imprecisión del camino se adueña de nuestros días y las emociones se conjugan con miles de pensamientos que van y vienen.

El desierto de todos

Quienes saben de dolor advierten una consigna que lleva luz: “No tratar de no sufrir ni de sufrir menos, sino de no alterarse por el sufrimiento” (WEIL, La gravedad y la gracia, 120). La primera convicción es que esta desgracia repartida en grados de intensidad muy diversos e injustos hará que siempre haya alguien peor que yo. Y la segunda es que el sufrimiento es inevitable en el alma humana en cualquier momento de su existencia. Quizá este sea uno de esos momentos.

Pareciera que la forma más clara de “no alterarse” podría llevar el nombre de compasión. Sin embargo, ser consciente de que otros sufren más que yo me altera, pero en el sentido profundo y positivo de esta palabra: me muda, me mueve, me cambia, me transfigura, me hace otro. “No alterarse por el sufrimiento” implica hacerle comprender a nuestro ego la verdad de que no está solo en el desierto.

Hoy estamos todos confinados, todos desterrados de nuestros hábitos más queridos, como el abrazo. Y esto, contra el dicho popular “mal de todos, consuelo de tontos”, es también un alivio. Israel caminó como pueblo en el desierto y alcanzó la Tierra Prometida. ¿Qué pueblo humano somos hoy y hacia dónde caminamos? ¿Cuál es la promesa que está después de este desierto impreciso?

La convicción de que no estamos solos atravesando esta realidad debería aumentar en nosotros una virtud que, al decir de santa Teresa, “todo lo alcanza”: la paciencia. Muchas veces he pensado si esta virtud solo depende del cultivo de cierta mesura, abnegación, templanza o del simple hecho de soportar lo que me molesta. Está relacionada con la perseverancia y la constancia, sí. Pero es algo más. Practicar la paciencia no es un acto voluntario primero y menos impuesto como cuando nos dicen “paciencia” en el sentido de “aguanta”. No viene de fuera, sino como donada desde dentro.

Es necesario descubrir su raíz más profunda para saber de dónde viene la savia que nos la permite. La paciencia no se da por generación espontánea en nosotros, no resulta de un simple darse cuenta de que tengo que ser paciente y “tragar saliva” o tolerar como haciendo lo políticamente correcto.

A ser pacientes se llega por una pasividad. La paciencia es algo que se recibe primero, algo que nos llega de visita como una amistad hermosa. Algo que, al hacerle espacio, nos da gusto acoger, saberla con nosotros. La oración de la santa dice: “la paciencia todo lo alcanza”. Y nosotros nos experimentamos con tantos límites y sin poder alcanzarlo todo. La extensión de esa paciencia tiene que venir de una fuente infinita.

Caminar este desierto pacientemente implica saber que hemos aprendido a caminar porque nos han tenido paciencia. No se puede gatear en el desierto. Nuestra posibilidad de ser pacientes nace de la memoria agradecida de quienes nos enseñaron, sosteniendo nuestras manitos hacia arriba, a dar los primeros pasos, a levantarnos cuando nos caíamos, a celebrar con un abrazo el caminito que inauguró nuestra existencia de caminantes.

Aquí está la fuente infinita: el amor de quienes nos sostienen. ¡Impacientes, no olvidemos el amor que se nos tiene, incluso secreta y anónimamente!

Aquí está nuestro apoyo y la certeza de que la paciencia sí se cultiva –o, mejor, emerge- con pequeños actos cotidianos, pero cuando parece agotarse, deberemos recurrir a esa fuente inagotable para que nos señale dónde está el “agua viva” (Cf. Jn 4).

Para quien cree, esa fuente es Dios.

Imagen de Free-Photos en Pixabay 

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