Reparar el mundo: el camino del no al sí

Reparar el mundo: el camino del no al sí

Mónica Mínguez Franco. Tikkún Olam[1] o reparación del mundo fue el nombre dado al valor que reconoce unidad en el interior de la diversidad y la opción por el bien común sobre la opción del abuso a las otras personas. Es un concepto que, según se nos ha transmitido, comenzó a gestarse de la mano de un patriarca babilónico, de nombre Abraham.

Hace ya unos 4000 años, aquellas personas determinaron la bondad de construir relaciones correctas y positivas. Abraham es tenido por el padre de las tres grandes religiones – judaísmo, cristianismo e islam – y uno de los hechos más característicos es que él y su familia habrían atravesado un largo camino por el territorio que, actualmente, recibe el nombre de Oriente Medio. Sin embargo, lo más importante fue que él representó la unidad de la familia humana y, por esto, Abraham es considerado el padre de todos nosotros. Sin embargo, no se trata sólo de lo que representaba, sino de su mensaje: la unidad, la interconexión de todo y la unidad de todos. Su valor esencial era el respeto, la amabilidad hacia el desconocido y fue extensamente conocido y reconocido por su hospitalidad.

En estos primeros veinte años del siglo XXI tenemos aún muchas relaciones que reparar. En esta sociedad global, la humanidad ya no está circunscrita a las tierras del Tigris y Éufrates, sino que desborda por las fronteras de todo el mundo. La reparación verdadera y profunda ha de transformar a todas las personas, sean hombres, mujeres, niños o niñas, sin preferencia, sin discriminación.

Pero ¿cómo continuar la tarea emprendida por Abraham? Un primer paso sería reconocer que existimos en una estructura única e interdependiente de unas personas para con las otras y despertar la conciencia de la necesidad de unión en cada una para llegar al óptimo funcionamiento de dicha estructura. Si como cristianos creemos tener la corresponsabilidad del cuidado de la Creación que nos fue dada, esto significa también asumir el uso correcto de los dones dados por Dios para el bien del mundo y de las otras personas.

Por otra parte, el camino de Abraham también tiene una visión en cada persona, en cada una de nosotras, en nuestro comportamiento, en nuestro trato hacia las otras, nuestra hospitalidad y nuestra generosidad. Todas nosotras podemos recorrer este camino, prácticamente sin salir de la ciudad en la que vivimos. Podemos intentar ser más acogedoras con las personas que encontramos, con las personas que viven en la calle – los ‘sin techo’-, con los migrantes, incluso con el vecino de la escalera.

Para recorrer el camino de Abraham no hace falta irse a 5000 km de distancia de casa, sólo hace falta salir a la calle y comenzar a caminar. Este camino es un camino que va del “no” al “sí”, del no te conozco, al sí te conozco; del no te comprendo al sí te comprendo; del no te aprecio al sí te aprecio; del no te ayudo, al sí te ayudo. Éste es un camino al que todas estamos llamadas a transitar una y otra vez hasta que podamos decir que no hay ya más personas solas, agraviadas o desconsoladas; en definitiva, hasta que el mundo esté reparado.

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[1] La expresión Tikun Olam ya se utiliza en la Mishná en el siglo III. Indica que esta práctica promueve la armonía social. Gittin 4:02 Pesahim 88b

Imagen de Andreas Breitling extraída de Pixabay

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