Paso

Decálogo eutanásico

J. I. González Faus(Algunos principios, no para resolver sino para plantear bien el problema).

1. Sociedad laica. En primer lugar hay que tener en cuenta que lo que ahora va a discutirse en el Congreso es una ley de ética civil, no de una ética, por así decir “religiosa”. Un cristiano para quien el cuerpo humano es templo de Dios y está destinado a una vida trasformada y divina, no puede tener de la muerte el mismo concepto que un no creyente.

Y las leyes civiles no legislan para los cristianos sino para todos los ciudadanos. Por lo que el cristiano debe saber que muchas conductas que las leyes civiles permiten (por ejemplo pagar un salario injusto) no le están permitidas a él por muy legales que sean.

2. El nombre de las cosas. En segundo lugar, este tema se ha enredado innecesariamente, como tantos otros problemas, por errores de lenguaje. No cabe hablar de muerte digna o indigna: la dignidad está en la persona humana (por necesitada o dependiente que pueda llegar a ser), no en cómo se muere. La muerte de Jesús, o la de msr. Romero o la de los mártires echados a las fieras, no fueron muertes indignas: en todo caso la indignidad estaba en los actores de esas muertes y no en sus pacientes.

Creo, pues, que más que hablar de derecho “a morir dignamente” debemos hablar de obligación de “ayudar-dignamente” a morir, cuando esto sea necesario. La venta de armas, que tan tranquilamente practicamos, contradice todas nuestras apelaciones a esa muerte “digna”.

3. Dis-tanasia. Ni siquiera me gusta la palabra eu-tanasia (“buena muerte”). Es cierto que esa expresión se usó en la piedad cristiana; pero era para aludir a una muerte “en gracia y no en pecado”. Fuera de eso, ninguna muerte es buena y prefiero el verso del cantante Raimon: “per a la vida s’ha fet l’home i no per a la mort s’ha fet” (“para la vida se ha hecho el hombre y no para la muerte”).

Claro está que somos limitados y que la muere es expresión de nuestro límite y parece contradecir a Raimon. Pero el problema está en que, en nuestra vida limitada, late como una pretensión de ilimitación que no se da en la vida animal (o, al menos, no se da, ni de lejos, al mismo nivel). Dionisio Ridruejo, al ver morir a un gran amigo suyo en la locura aquella de la división azul, escribe un poema al que pertenece este verso: “siento la vida en mí sin transferencia, sin entrega posible”. Y esa pretensión se refleja también en la obsesión por dar una sepultura “digna” a aquel cadáver donde, en realidad, no queda ya absolutamente nada del vivo. Obsesión bien presente en toda la historia humana desde sus orígenes: tanto que (según cuenta la Ilíada) fue la única que pudo cambiar la ira rencorosa de Aquiles y permitió a los griegos ganar la guerra de Troya.

4. Dolor y desesperación. Desde estos presupuestos, creo que el problema debe formularse más bien en estos términos: derecho “a morir sin dolor insoportable” (y ya sabemos hasta qué punto puede ser a veces insoportable el dolor). Y además: “morir para evitar un vivir instalado en la desesperación perpetua”.

5. Doble efecto. Para el primero de los casos, puede ser ayuda un principio que la moral cristiana tradicional calificaba como “principio de doble efecto”. Hace varios siglos Tomás de Aquino escribió: “nada impide que de un mismo acto se sigan dos efectos, aunque solo uno esté en la intención del agente y el otro no sea pretendido. Pero la moralidad de los actos viene de aquello que se pretende con ellos, no de lo que se puede seguir sin quererlo y per accidens” (2ª 2ae, LXIV, 7, c). Dicho claramente para aplicarlo a nuestro tema: en la vida hay situaciones límite en las que ya no se debe luchar contra la muerte sino contra el dolor; si la lucha contra el dolor acarrea la muerte, pues ¿qué le vamos a hacer?

Esto resulta un aviso para muchos encarnizamientos terapéuticos en los que se objetiva al enfermo dolorido, bien sea por empeño médico de triunfar en aquel caso, o por hacer avanzar la ciencia, o por encarnizamiento de parientes que no quieren perder a aquella persona, o por cualquier otro motivo. Estos casos eran antaño más frecuentes y hoy creo que hemos ganado conciencia frente a ellos. Pero queda aún el dato de que hoy, muchas veces, la medicina no te alarga la vida, sino que te retarda la muerte. Y no es lo mismo.

Debo aclarar que ese principio de doble efecto lo enuncia el Aquinate para acciones individuales. Lo que hoy se llama hipócritamente “daños colaterales” (como lanzar una bomba atómica para terminar antes una guerra, o causar miles de muertes para liberar a Irak de un presunto tirano o de unas presuntas armas, dejando además al país mucho peor de lo que estaba), no puede apelar a ese principio en política.

6. El verdadero problema. Pero lo dicho hasta ahora solo afecta a lo que sería una muerte “sobrevenida”. Quedan otros casos de muerte “infligida” indirecta o directamente, es decir: ya sea ayudando al enfermo a hacerlo (“suicidio asistido”), o matándolo cuando él ya no puede matarse él mismo. Dicho brutalmente: ayudar a matarse, o matar. Y, por supuesto, siempre y solo a petición del enfermo.

Creo que así se ha situado dónde está lo que debe discutirse en la ley. No voy a dar yo respuesta a esas preguntas. Solo limitarme a una advertencia para cada una de las posturas.

7. Peligro de las derechas. Permítaseme un recuerdo que viví de cerca. Hará unos diez años, el Instituto Borja de bioética (dirigido entonces por el jesuita médico Francesc Abel) publicó una breve nota en la cual sostenía que en los casos de una muerte próxima y de un dolor insoportable era legítimo despenalizar (no decía legalizar) la acción occisiva directa. Prescindía de los casos en que no se veía una muerte próxima y también de aquellos en que no se trataba de matar directamente sino de suministrar al enfermo (que todavía podía valerse algo) los medios para un suicidio (fármacos o lo que fuera). Este paso tan mínimo le valió al autor una serie de acusaciones y rechazos increíbles, como destituirlo de capellán de unas monjas de vida contemplativa a las que presidía la eucaristía cada día. Creo que semejantes reacciones fueron mucho menos cristianas que lo que con ellas se quería desautorizar. Y esto debería ponernos alerta.

Nuestras derechas suelen tener una tendencia irrefrenable a afrontar algunos problemas con grandes palabras morales, sin ningún matiz, sin ninguna casuística, sin ninguna atención a casos-límite: hasta el extremo de dar la sensación de que lo que buscan no es practicar la moral sino aprovecharse de ella para derribar al gobierno… Ya cuando el tema del aborto oímos decir que a algunas asociaciones “pro vida” parecía importarles solamente la vida intrauterina. Que luego de nacidas se abortase el crecimiento humano de tantas personas, parecía no importarles nada. Y estos días estamos oyendo decir que quien gobierna en España es el señor O. Junqueras… ¡Por favor!

8. Peligro de las izquierdas. La izquierda habría de tener muy en cuenta que este es un tema muy resbaladizo. No solo por ese refrán tan bilingüe de que “hecha la ley hecha la trampa”, sino porque eso que llamamos pecado original, puede definirse como una fuerte tendencia que todo ser humano posee de aprovecharse de la necesidad y del dolor del otro en beneficio propio. Y ese principio es constitutivo del sistema capitalista: por eso oímos proclamar que “lo privado funciona mejor que lo público”. No porque sea siempre así (que además, cuando lo sea, valdrá solo para un diez por cien de la población), sino porque la salud, la educación, la vivienda, la necesidad de cariño y la comida de los demás, pueden ser fuente de grandes ingresos propios. Ya hemos oído hablar, en estos días corona-víricos, del “negocio” de las mascarillas. Cuidado pues, no sea que la ley se convierta en una astuta manera de “heredar pronto al viejo ese que nunca se muere”, o liberarnos del cansancio de tantos cuidados o cosas parecidas. De ahí la importancia de asegurar la decisión plenamente libre del enfermo. Si un gobierno que se dice “de progreso”, se cuidara más de universalizar los cuidados paliativos y de subvencionar la ley de dependencia, es muy probable que las situaciones-límite a que apunta este escrito serían mucho más raras.

9. Ayudar a lo humano y no disponer de lo humano. Cuando, en el libro del Génesis, Yahvé dice a Adán que puede disponer de todo menos del árbol del conocimiento del bien y del mal, le está diciendo que es dueño de todo menos de lo humano (pues el conocimiento de lo que es bueno y lo que es malo es lo que distingue al hombre del animal). Solo después de esta aclaración viene la creación de algo humano como es Eva. Creerse dueño de lo humano es querer ser como Dios y esto supone la muerte del hombre.

Dicho todo lo cual yo no tomo postura, como ya dije, sino que dejo estas notas al lector para que él la tome, y complete este decálogo tras una reflexión lo más limpia y desinteresada posible.

10. Apéndice inesperado. Tenía ya acabado este escrito cuando me tropiezo con un artículo del gran Marciano Vidal donde cita estas palabras de la Utopía de santo Tomás Moro que, según él, suscitan perplejidad. En aquella Utopía pasaba que: “si la enfermedad no es solo incurable sino un tormento y un martirio contínuo, entonces los sacerdotes y las autoridades le dicen a aquel hombre que es una carga para los demás e insoportable para sí mismo… y que no debe titubear en ir a la muerte pues la vida para él es un tormento”. (Marciano dice tomar la cita de un artículo del año 2002 de la revista Razón y Fe. No he tenido tiempo de comprobarlo).

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