Derechovirus

Derechovirus

J. I. González Faus. Mucho más intenso que ese coronavirus que va “coronando” vidas humanas en el campo de la salud física, es otro virus que no parece tener un ciclo limitado de actividad y que está destrozando la vida espiritual del género humano, sin que nos preocupemos demasiado: el virus de los derechos.

Algo huele a podrido, a muy corrupto, en ese mundo de la Declaración de los derechos humanos, que parecía ser la atmósfera ideal para que el género humano pudiera respirar como comunidad. Intentaré acercarme a algunas causas de esta maldita epidemia.

1. La primera viene ya de lejos. Simone Weil se cansó de gritar que sin una Declaración universal de los deberes humanos, el mundo de los derechos acabaría convirtiéndose en una farsa. Lo repitió por activa y por pasiva pero no le hicimos caso: porque todos creemos que los deberes son algo que yo impongo a los demás pero que nadie me impone a mí. El lenguaje del señor Torra resulta paradigmático en este punto.

2. De esa carencia se sigue otro rasgo típico de nuestra hora y que resulta ya ridículo por infantil: llamamos derechos a muchos de nuestros deseos o incluso caprichos. Y además con un tono inapelable.

Olvidamos que un derecho solo es ejercible cuando es reconocido de manera prácticamente universal. Cosas que la mitad de los juristas no reconocen como derechos legales las utilizamos para amparar conductas ilegales propias sin querer saber ni oír nada que pueda matizar la propia postura.

Como dije otra vez, no se trata de que seamos peores ni más malvados, sino de que esa es nuestra pasta humana que conocemos poco. Sirve aquí el ejemplo que cuenta Piketty de un supuesto derecho a decidir: ya en pleno siglo XX, en EEUU, en Carolina del Sur, se estuvo proclamando y defendiendo el “states’ right”: el derecho de los estados del sur a seguir practicando la segregación y, globalmente, a no aplicar los mandatos del gobierno federal en lo referente a las políticas sociales que consideraban demasiado favorables a los negros y a las minorías.

Hoy nos parce ridícula esa proclamación. Entonces les parecía evidente. ¿Escarmentaremos alguna vez en cabeza ajena?

3. Un detalle elemental es que, si vivimos en sociedad, muchos derechos verdaderos no podrán ser absolutos porque han de compaginarse con los derechos de los demás. Mi libertad acaba donde comienza la libertad del otro. Un bello refrán que supimos acuñar pero aún no sabemos aplicar.

Para no andar por las nubes, permítase una aplicación a algo muy del momento: la protesta de las escuelas concertadas ante las propuestas del Sindic de greuges en Cataluña, para evitar la concentración de alumnos inmigrantes y con pocos derechos cada vez en más escuelas.

Porque es alguien neutral, vuelvo a citar a Piketty: “La participación política, la educación o la renta no pueden proporcionarse de forma más amplia a determinados grupos, privando a otros del derecho al voto o de acceso a la participación política, a la educación o a la salud”.

Pues bien: ocurre en nuestro país que las familias acomodadas quieren un derecho pleno a elegir para sus hijos la educación que quieran, con mil matices, mientras que las familias de la mitad más pobre o de inmigrantes no tienen más derecho que el de elegir el centro que tengan más próximo. Parece lógico y justo que si unos tienen derechos como de cien y otros como de cero, rebajen los primeros las cotas de su derecho para que puedan subir las de los otros.

Y sé que esto afectará y herirá a familias amigas y a órdenes religiosas venerables. Sé también que muchas instituciones se encuentran en esa situación no por elección propia sino por una historia previa de la que no son responsables. No se trata pues de herir a nadie sino de pedir que reflexionemos todos y busquemos la justicia para todos, y más si somos cristianos: porque una justicia solo para mí y los míos deja de ser justicia y se convierte en privilegio.

4. Para acabarlo de arreglar, entra aquí en juego la frase del gran A.C. Sandino, tan repetida en la Nicaragua de los ochenta y tan desconocida hoy: “los derechos de los pobres son más sagrados que los derechos de los poderosos”. Puede que humanamente no se acepte eso. Pero cristianamente es obligatorio aceptarlo. El seguimiento de Jesús tiene a veces estos pelendengues…

Sin estas cuatro columnas, el templo tan sagrado de los derechos humanos se convierte en pura egolatría camuflada. Porque los derechos humanos son algo a respetar tanto o más que algo a exigir (que también lo son).

5. Y de rebote, al pervertir el lenguaje de los derechos se pervierte también el sagrado lenguaje del diálogo. Y pasa a tener aquella versión que últimamente nos han dado tanto el sr. Rajoy como el señor Torra: diálogo es que Usted haga lo que yo quiero. Porque como lo que yo quiero son “mis derechos”, no le queda a usted más remedio que respetarlos.

[Postdata en letra pequeña: espero que desde aquí se comprenda mejor (y con esto respondo a una pregunta que se me hizo) por qué me he sumado por dos veces a las críticas contra la pareja Iglesias-Montero, por irse a vivir a una mansión, como algo antisocialista. No hay aquí ninguna crítica moral: nada más comprensible que el derecho de unos padres expectantes de buscar lo mejor para sus hijos. Pero, además de lo que ya dije (que a los hijos, aún más importante que dares comodidades es darles valores), está la otra consideración de que otros muchos padres que desearían algo parecido para sus niños, apenas podrán darles más que una habitación (quizás con amenaza de desahucio).

Y así regresamos otra vez a una de las tesis fundamentales del libro de Piketty (Capital e ideología): que en todo nuestro mundo no solo están creciendo desaforadamente las desigualdades materiales, sino que crecen igualmente las desigualdades de acceso a los derechos humanos (y eso que todas las Declaraciones comienzan con un sonoro: todos los humanos tienen derecho…).

Con lo cual estos quedan infectado de un virus que amenaza con acabar con ellos.

Imatge de Meli1670 extreta de Pixabay

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