Congreso

A todos los parlamentarios

J. I. González Faus. Compañeros y hermanos en humanidad:

Quisiera ser suave en la forma porque creo que es muy serio de fondo lo que voy a deciros sobre las sesiones de nuestro parlamento en los días 4 y 5 de este enero del 2020. Por eso comenzaré con unos principios generales que todos podemos compartir, antes de exponer algunas críticas.

1. Libertad de expresión. Como gentes del mundo de la política todos conoceréis la frase falsamente atribuida a Voltaire, y que procede (¿significativamente?) de una mujer: “odio lo que usted está diciendo, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”. ¡Qué bien quedaría esa frase impresa en las paredes de nuestro parlamento! Y mucho más en los corazones de nuestros parlamentarios. ¡Cuánta vergüenza ajena nos habríamos ahorrado!

2. Ejemplaridad. Algunos quizá conozcáis también la frase del mahatma Gandhi: “me gusta Cristo, pero no me gustan los cristianos”. Y estaréis de acuerdo conmigo en que los cristianos hemos hecho más daño al cristianismo que todos sus perseguidores. Dejadme parodiar pues: “me gusta la democracia pero no me gustan nuestros demócratas”. Creo que muchos de nuestros actuales demócratas hacen más daño a la democracia del que pudo hacerle el dictador que la precedió. Porque aquel, persiguiendo a la democracia la hizo amable. Y nuestros parlamentarios, abusando de ella la hacen despreciable. (Y aquí un aplauso de excepción para la presidenta del congreso que supo salvar con serenidad cosas tan elementales en un parlamento como el respeto y la libertad de expresión).

3. Perder la razón que se tiene. El año 2013 publiqué en La Vanguardia un artículo titulado La sinrazón de la razón, donde intenté mostrar cuántas veces, teniendo la razón (o al menos buena parte de ella) la perdemos por el modo irracional y ciego con que la defendemos. Temo que aquellas reflexiones vuelven a hacerse muy actuales, vistas las sesiones citadas de nuestro parlamento y otras que las han precedido.

Quisiera pues comenzar mis críticas reconociendo la parte grande o pequeña de razón que puede tener cada uno de esos a cuya conducta me voy a referir ahora, para mostrar cómo la perdieron en aquellas sesiones parlamentarias de estos últimos días.

4. Ejemplos concretos. Es innegable que en Euskadi y Cataluña existe un problema que puede doler a muchos (por un lado o por el otro) y que hay que intentar afrontar. Pero es evidente también que eso no justifica el discurso de la representante de Bildu: porque tocaba hablar de la formación de nuestro gobierno y no del pasado discurso del rey (y que conste, y está escrito, que yo mismo no me mostré contento con aquel discurso). Y también porque no puede acusar a nadie de totalitario quien haya estado en connivencia (grande o pequeña) con la tiranía del asesinato y el terrorismo. El rey puede haber cometido sus errores pero, que yo sepa, no ha ordenado el asesinato de ningún Miguel Ángel Blanco.

Es comprensible también el dolor que ha de arrastrar en su vida alguien cuyo padre fue asesinado precisamente por ETA. Y lo primero que hay que hacer en este caso es una palmada solidaria y muy sincera en el hombro, que intente expresar una condolencia impotente y una cercanía lo más humana posible. Pero eso tampoco justifica (y tratándose de un político: ni siquiera vuelve comprensible) la falta de control del señor Abascal, ni sus insultos y sus gritos a destiempo. Conviene recordar aquí algo que se ha dado en otros casos, y que no ha tenido mucho relieve entre nuestros medios de comunicación, más amigos de los escándalos que de los buenos ejemplos (simplemente porque son aquellos y no estos los que dan dinero…): ha habido encuentros entre víctimas de ETA y sus asesinos, entre madres de asesinados y madres de etarras encarcelados, con resultados casi siempre impactantes y transformadores.

Algún intento de cercanía al sufrimiento del otro (y no solo al propio) es algo indispensable para ser un político honesto. Pero resultaba más fácil desautorizar ese esfuerzo tan humano con aquel calificativo denostado de la “equidistancia”. Y sin embargo, imparcialidad no es lo mismo que equidistancia: no es que dé igual tener el 80 o el 90% de la razón que tener solo el 20 o el 10; de lo que se trata es de no perder esa porción pequeña de verdad que siempre tiene la otra parte, porque puede ayudar mucho a matizar y asentar bien la parte de razón que yo tenga.

Luego oímos por dos o tres voces la voz bien timbrada de doña Inés: “ya se consumó la infamia”. La infamia era que Sánchez intente negociar con los que quieren “romper a España”, los malos en una palabra. Pero también debe ser infame el que quien tenía en sus manos impedir esa infamia, simplemente dando su apoyo a Sánchez (por una vez y sin que sirva de precedente) no lo hiciera. Creo que fue A. Suárez el que dijo que asesino no es solo el que mata sino también el que induce a matar. Parece pues que “la infamia” era no con quién negociaba Sánchez, sino simplemente el que Sánchez llegara a gobernar. No fue infamia que Aznar hablara literalmente del “movimiento vasco de liberación” y liberara presos cuando negociaba con ETA… (Y conste que ahora no estoy defendiendo a Sánchez sino solo criticando el juicio de la señora Arrimadas: por este mismo, blog andan flotando otros escritos míos con críticas a Sánchez).

5. ¿Patriolatría? Debajo de todas estas iras late una madre del cordero que cuesta mucho de tragar: ese territorio que llamamos España no es lo que a nadie le gustaría que fuese para que así no hiciera sombra a las propias pretensiones de absolutez que, de una forma u otra, buscan excluir lo distinto.

Pero la historia ha sido la que ha sido. Y de esa historia ha cuajado una España muy plural. El lenguaje de “las Españas” es mucho más antiguo que todos nosotros. Entonces, unos buscan eliminar esa pluralidad separándose y otros separando de su idea de España a todos los que no piensan y sienten como ellos. Hace tiempo que venimos notando que, para el PP, España son solo unos diez millones que les votan, y no los 40 millones que tienen el DNI español. Por eso ha podido decir hoy alguien que el nombramiento de Sánchez es un nombramiento contra España. Así España va bien cuando yo y los míos vamos bien; los demás somos como todos esos inmigrantes a los que Vox quiere echar fuera (aunque ahora con la mala pata de que llegamos antes de tiempo y tenemos papeles).

Esa falsificación de algo que luego revestimos con la sonora palabra “patria”, creo que (después del dinero), es una de las grandes idolatrías de nuestro mundo sin dioses: más tácitamente idólatra, por tanto, que verdaderamente laico. Otra vez quisiera proponer a consideración las palabras con que el filósofo francés Jean Nabert describe la corrupción de la patria en su Ensayo sobre el mal: “un nosotros que debía servir para liberarnos del ego, se convierte en un nosotros que sirve para afirmar al ego”. Y cuando la convivencia y la sociedad humanas se convierten en una solapada lucha de egos, ya no queda espacio ni para la razón, ni para el respeto ni siquiera para la educación. Y funciona aquello de que todos ven el ego en el ojo ajeno, pero no ven el YOOO en el propio. Mal servicio hacemos así a la pobre democracia, convirtiéndola en una tácita egocracia.

Luego vendrá el querido señor Torra (que parece confundir los derechos humanos con las cosas que se piden a los reyes magos), y nos dirá que su inhabilitación es un “golpe de estado”. Al menos aquí hay sentido del humor: porque tiene gracia que eso lo digan precisamente aquellos que estuvieron luchando (y creo que con razón) para que no se tachara de golpe de estado (“rebelión”) el delito cometido con la declaración unilateral de independencia. “Ves per on” que diría la Trinca.

6. Aclaración importante. Quede claro, para terminar, que nada de lo dicho supone ni un aplauso ni un cheque en blanco para las izquierdas, ausentes hasta ahora de este escrito que se ha ceñido a las dos sesiones citadas de nuestro congreso. Es cierto que, como cristiano, creo que la justicia social es una de las primeras consecuencias del evangelio y (para salir ahora de España y hablar más en general), comparto el juicio del gran teólogo alemán J. B. Metz recientemente fallecido: “si el carrusel de la política girase según la melodía del evangelio, se movería más bien hacia la izquierda”. Reconocido esto, soy consciente también de que las izquierdas hispanas son presas de un anticristianismo ciego y fundamentalista que (además de quitarles muchos votos que irían con ellas por razones cristianas), no se justifican ni siquiera por los innegables pecados de la Iglesia: porque pretenden acabar con el cristianismo en vez de reformar a la Iglesia. Y porque esa reacción de eliminar al adversario en lugar de dialogar con él, es exactamente la misma que tiene la derecha antes criticada con todos aquellos que ellos denuestan, no con argumentos sino con calificativos: separatistas, comunistas, venezolanos, ultras y demás. Comprendamos pues que “Maduros” pueden serlo tanto las derechas como las izquierdas por esa pecaminosidad que todos llevamos dentro.

Terminemos pues diciendo que, en España, y aun cuando difieran en sus ideales y en sus objetivos, derechas e izquierdas coinciden bastante en la falta de esa virtud de la tolerancia y el respeto al adversario.

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