Codina

Este año Jesús nace en la Amazonía

Víctor Codina. El Papa Francisco ha escrito una breve, sencilla pero profunda Carta apostólica (Admirabile signum) sobre el belén y la ha firmado en Greccio donde Francisco de Asís organizó el primer pesebre.

Así como se arman pesebres en las familias, en los templos y en algunos lugares de la ciudad, también podemos construir un pesebre a nivel mundial: ¿dónde nace realmente hoy Jesús?

Las familias, con sus niños, hacen el pesebre, con montañas de corcho, musgo, la cueva con la Sagrada Familia y la estrella de Belén. Luego se reúnen, comparten comida o cena, brindan, se abrazan, olvidan las heridas del pasado, se abuenan.

Las ciudades modernas encienden las luces y en los comercios se escuchan villancicos para fomentar el consumo navideño. Por todas partes se ven árboles adornados, Papa Noel toca la campana y trineos avanzan por la nieve. En los templos resuenan el Fum, fum, fum, Campana sobre campana, Niño Mauelito, Heilige Nacht, La nuit de Noël est venue, Adeste fideles, Singing bells…

Pero es en la Amazonía, donde este año podemos ver un pesebre diferente. No hay cueva, ni árboles, ni luces, ni Papa Noel en trineo. La selva amazónica ha ardido en incendios durante semanas largas, las compañías madereras han talado los bosques, las empresas petroleras y hidroeléctricas no alumbran las comunidades amazónicas. Todo está devastado, herido, desertificado, el territorio está en riesgo, con las venas abiertas, sus líderes amenazados de muerte.

Y en medio de esta bella y convulsa Amazonía, este año nace Jesús: María con su cara adornada con trazos de pintura roja, José con un gorro de plumas, el Niño, con rostro amazónico, abre sus brazos, sonriente. No hay pastores ni rebaños, aunque algunos indígenas a lo mejor le llevan al Niño monitos recién cazados y algunos pescaditos del río contaminado. Tampoco llegan los Reyes magos, perdidos en medio de la selva, sin canoas para atravesar los ríos con sus camellos.

María y José  están preocupados por el futuro de su hijo. ¿Tendrá Jesús mercurio en la sangre, como otros niños de lugares mineros? ¿Tendrá que emigrar la familia para sobrevivir, para “vivir bien”, en armonía con la comunidad, con la naturaleza y con Dios?

Lo que brillan son las estrellas, la noche se vuelve misteriosamente luminosa, hay ángeles que cantan y anuncian que este Niño nacido en la Amazonía es el Salvador del mundo, fuente de vida, de amor y de ternura, fuente de alegría y de sentido para la humanidad, para la tierra y para toda la creación. Dios se ha encarnado para hacernos participar de su vida; es el Dios con nosotros, no estamos solos ni abandonados en medio del mundo.

Y toda la bondad que existe en el mundo, lo que da el sentido último a las celebraciones navideñas del mundo moderno, lo que explica esta especie de misteriosa ternura que nos nace del corazón por estas fechas, brota de este Niño con rostro amazónico, nacido en medio de los indígenas, de los descartados, de la periferia de la humanidad. Sin este Niño, el mundo no tendría consistencia, ni la vida sentido pleno.

Más aún, la violencia, el odio, la codicia, el consumismo materialista del actual sistema asesino, ni la indiferencia agnóstica de nuestro mundo occidental, pueden extinguir esta pequeña luz que brota esta Navidad de la Amazonía.

Contemplemos agradecidos y en silencio la belleza de este pesebre amazónico y preguntémonos si seremos capaces de defender la Amazonía y toda nuestra casa común para las nuevas generaciones.

Codina

Imatge de ramison extreta de Pixabay

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