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2019: año del desencanto. ¿Habremos de comer las “uvas de la ira”?

J. I. González Faus. 2019 pasará a la historia como el año del desencanto y la indignación. Desde Hong-Kong a Chile, hemos asistido a otra globalización que no esperaban las multinacionales aprovechadas: la globalización de la protesta.

Esa corriente ha ido pasando por Irak, Ucrania, Líbano, las huelgas de Francia, la tragicomedia del Brexit, Sudán, Argelia, los apuros de la señora Merkel, la aparición de Vox en España…, hasta llegar a Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela o Nicaragua, y al intento de destitución del presidente Trump…

Es un balance demasiado universal para que podamos pensar que se trata solo de dolores locales, que no afectan a todo el organismo mundial. Estamos en la situación del enfermo que dice que no le duele solo la cabeza o solo el estómago o las piernas sino: “me duele todo el cuerpo”. Y además, los gritos y la decepción ecológica de última hora, están siendo también globales.

Sería un error grave buscar las causas de tamaña catástrofe en el mismo 2019. La historia no se cansa de enseñarnos que estos grandes males van gestándose poco a poco y echan sus raíces mucho antes de que exploten: el cáncer de pulmón del fumador no se produce por el último cigarro que haya fumado, sino que va gestándose desde los primeros. El pueblo suele aguantar, aguantar, aguantar…, hasta que llega un momento en que el “aguantoformo” se convierte en un cloroformo de dosis ya letal. Y entonces es cuando se produce el estallido, que podrá ser irracional o discutible, pero que nos obliga a reflexionar en vez de contentarnos criticándolo.

Unas algaradas como las de Chile con tantos muertos, heridos y detenidos, no se producen por una simple subida del metro, ni aunque el legislador tenga la desvergüenza de limitar esa subida a las horas-punta, recomendando luego al trabajador que si quiere tener el metro más barato, que madrugue más. Lo que ha explotado en Chile es la injusta Constitución de Pinochet, de hace más de veinte años. Como lo que ha estallado en Hong-Kong es aquel apacible engaño de “un país, dos sistemas”.

La gota que desborda el vaso no es la causa del derrame sino el último chispazo de una “luz roja” largo tiempo encendida. Hace también muchos años que Bertrand Rusell dijo: “las democracias políticas que no democratizan sus sistema económico son intrínsecamente inestables”.

1. A nivel global. En mi opinión, una de los diagnósticos mayores de esa fiebre mundial es el que certifica el desenmascaramiento final de nuestro sistema económico, calificado por Francisco como un sistema “que mata” y “de descarte”.

Con las mentiras de Milton Friedman, orquestadas por las contrarrevoluciones de la señora Thatcher y el actor Reagan (que aprovecharon la caída del Este para decirnos que no había otra salida), se inició un desmonte de nuestro sistema social, “sin pausas pero sin prisas”. Aquellas mentiras ya fueron muy criticadas en su momento, pero esas críticas fueron menospreciadas con una sonrisa indulgente, como si fueran la voz de aquel niño que decía que el rey está desnudo. Al final todos hemos tenido que reconocer que, efectivamente, ese rey iba desnudo. Pregúntenlo si no, a quienes creyeron en el “milagro económico” de Chile.

Esa raíz última común, germinará de formas muy diversas según en qué tierras arraigue; y seguirá siendo negada por todos los poderes económicos y mediáticos del sistema. A pesar de todo, son cada vez más las gentes que empiezan a decir que “nuestras democracias están enfermas” o son poco democráticas. Que necesitan (con la lúcida frase de Pepa Torres) “situar el cuidado y no el mercado en el centro de la vida”. Que van repitiendo la advertencia citada de Bertrand Russell, y que con Karl Polanyi, Theodor Adorno, Ernst Schumacher y otros recuerdan que “sin democracia económica no puede haber democracia política”. O que “el fascismo pertenece a lo lógica de nuestro sistema y no es una excepción a él”. A las que se podemos añadir el eslogan citado en el último número de Le Monde Diplmatique: “malo para la sociedad, bueno para los beneficios”…

“Tarde te amé”, cabría repetir parodiando al viejo Agustín.

2. A nivel local. Dado que escribo desde donde escribo, puede que valga la pena mirar cómo cuaja el desencanto en España. Dije antes que la aparición de Vox podría ser la forma que ha tomado aquí el descontento universal. He dicho en otro lugar que lo importante en el caso de Vox es saber cómo y por qué ha nacido, más que intentar ahogarlo o negarle el pan y la palabra. No soy partidario de cordones sanitarios contra nadie y, con permiso del señor Thusk, estoy dispuesto a hablar con Vox y con todas las voces que sean. Si tienen cien gramos de verdad, estoy dispuesto a reconocérselos y agradecérselos. Aunque también les recordaré que un kilo no son cien gramos.

Dicho esto, un rasgo significativo de Vox, en el cual ha cooptado al PP, es que cuando hablan de Podemos suelen decir (entre otras lindezas y sin más matiz): “los comunistas”. Una de esas palabras mágicas, que solo sirven para tranquilizar la conciencia, como cuando dices a algunos en Cataluña que los independentistas han actuado mal y te tachan por eso de fascista. Pero el caso es que Pablo Iglesias, últimamente, ha justificado sus reivindicaciones sociales citando (con plena razón) artículos concretos de nuestra Constitución: 27, 28, 35, 37, 40-45, 47-50, 53… Por tanto, cuando Vox y el PP les tachan de comunistas y los desautorizan así, no se dan cuenta de que están desautorizando a nuestra Constitución y que ellos, los presuntos constitucionalistas, resultan ser tan hostiles a la Constitución como los “indepes” que no acuden al Congreso los 6 de diciembre.

Y es que, con la Constitución pasa como con Dios: unos no creen en Él, pero muchos que dicen creer en Dios lo usan solo para tener razón ellos, y no para cumplir la voluntad de Dios. Porque voluntad de Dios es que el trabajo no sea una mercancía, que el salario sea justo, que nadie pase hambre o que, cuando el rico tiene suficientemente cubiertas sus necesidades, se desprenda de todo lo que le sobra porque ya no es suyo, y está robando si se lo queda… Quien descuida eso, en lugar de servir a Dios se sirve de Dios. Y eso no es verdadera fe, sino superstición o idolatría.

Siguiendo en España, pensemos en el Parkinson progresivo que va afectando a nuestro sistema de salud pública, antaño “joya de la corona”. Además, hemos asistido últimamente a unas faltas de educación entre los políticos que hasta los medios procuraban transmitirlas en voz baja. No sé si eso debe llamarnos tanto la atención, o si puede explicarse por algo de lo que dicen los informes PISA: pues si en España estamos tan mal en educación no es de extrañar que nuestros políticos no estén bien educados. Ojalá que, si caen en la cuenta de esto, lo aprovechen para, de una puñetera vez, darnos una ley de educación con carácter estatal, pactada por todos, firme y no barrida en una u otra dirección por cada viento que sopla.

3. Para no amargarnos. Cuando las cosas parecen tan tristes, queda el recurso al humor para ayudar a soportarlas. Los buenos chistes suelen aparecer en épocas de dictadura. Una buena sonrisa distiende muchas rigideces nerviosas. Y a mí me brota cuando veo, contrastes como estos:

– Partidos que quieren acabar con el independentismo catalán se convierten en un venero de votos para los independentistas.

– Los independentistas catalanes que tienen tanto miedo a Vox, han conseguido que Vox sacara en Cataluña unos resultados imprevistos (100.000 votos más, duplicar escaños, adelantar a C’s y solo 1700 votos menos que la CUP). A menos que sea verdad lo que dicen otros más maquiavélicos: que los indepes buscan que gobierne la derecha y no Sánchez: porque entonces habría otro 155 y nuevos presos; y eso sería una buena fuente de votos para un movimiento que, hoy por hoy, se sabe minoritario aunque no quiera reconocerlo, y solo gana votos cuando consigue victimizarse.

– También brota una sonrisa fácil cuando un señor pasa de “no poder dormir” a estar contento e ilusionado, precisamente cuando se le han puesto las cosas más difíciles… O hablando con unos dice que él no puede intervenir en el poder judicial y, hablando con otros, dice que mañana va a pedir a la justicia que traiga a España a Puigdemont. Habrá que agradecerle que pidiera perdón por eso; pero no me negarán que la cosa tiene gracia.

– O cuando uno ve desesperarse a las derechas porque dicen que no quieren de ninguna manera que Sánchez gobierne con los que rompen a España ni con los contrarios a la Constitución… ¡Y resulta que tienen en sus manos el medio más fácil para evitar eso!: una de esas abstenciones técnicas que no significan nada.

La sonrisa puede ayudarnos a comprender que es mejor no tomar las cosas demasiado en serio. Porque entonces las hinchamos y nos parece que no tienen solución y eso nos paraliza. No vendrá mal gritar con mayúsculas que SE PUEDE SALIR DE TODOS LOS ATOLLADEROS. Y recordar, por ejemplo, que mucho peor estábamos en los años cuarenta, cuando existían los Auschwitz y los Dachau y se lanzaban bombas atómicas. Y a aquellos años les siguieron dos décadas que se cuentan entre las mejores de Europa.

La gota que desborda el vaso no es la causa del derrame sino el último chispazo de una “luz roja” largo tiempo encendida.

Otra cosa es que, aunque haya salida, esa salida tiene un precio. Y no parece que hoy estemos muy dispuestos a pagarlo.

4. Para acabar. Concluiré con un sueño que yo ya no veré. Pero por si cuela.

Sería bonita tarea si, para el 2028 (bodas de oro de nuestra Constitución) se nombra ya hoy una comisión bien plural y proporcionada, que tendrá nueve años para estudiar, dialogar y formular jurídicamente todos los cambios que nuestra Constitución necesita: primero poniéndose de acuerdo en cuáles son, y luego buscándoles formulación consensuada. Y el 2028 celebrar, con los cincuenta años, un referéndum que apruebe esa Constitución nueva o reformada.

Teóricamente no es imposible. Lo que sí me parece imposible es que hoy existan en España hombres y mujeres capaces de semejante empresa.

Hole

Imatge de TeroVesalainen extreta de Pixabay

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