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La Teoría Monetaria Moderna

Manfred Nolte. Nadie pone en duda que el estado del bienestar representa una conquista impagable. Pero con el paso del tiempo y con la evolución de las distintas estructuras sociales, demográficas, migratorias o simplemente productivas, las conquistas deben ser apuntaladas hasta situarlas en planos de autosuficiencia y de sano realismo. Y resulta que la vieja Europa con apenas un 10 por ciento de la población mundial genera un cuarto de su PIB y casi la mitad de las prestaciones planetarias sociales si entendemos por tales la financiación gratuita de la educación, la sanidad y de la protección social coyuntural en fases de desempleo u otras circunstancias extraordinarias. No hace falta ser un experto para percibir la vulnerabilidad económica a que están sometidos estos importantísimos capítulos de los que los ciudadanos europeos llevamos beneficiándonos durante los últimos 50 años.

Por si la insuficiencia económica que amenaza a estos valores fuera poca, dos componentes de nuestro tejido social se ven igualmente en la tesitura de provocar problemas irreparables. Se trata en primer lugar de la quiebra del sistema de prestación definida de la seguridad social en el ámbito de las pensiones contributivas y en segundo y no menos grave lugar, de la creciente necesidad de recursos monetarios exigibles para hacer frente a la transición ecológica, -el llamado ‘green new deal’- aspecto este que si no se incluye en el concepto tradicional del estado del bienestar, lo desborda con creces ya que pone en juego la supervivencia del planeta y con él, la de nuestros hijos y su descendencia.

No es nueva la iniciativa suscitada por el exministro socialista y ahora presidente de Red Eléctrica, Jordi Sevilla, en orden a la creación de una renta básica. Sea una renta básica incondicionada o universal cuya característica es la subvención monetaria al ciudadano sin tener en cuenta su renta ni su condicionamiento a programas de formación, o sea una renta básica condicionada que sí contemple las dos restricciones antes obviadas, esta reiterada propuesta está llamada a combatir unas situación residual de las economías de mercado, como son el desempleo, la pobreza infantil, la exclusión social y otros aspectos vinculados al tránsito de modelo productivo y al incierto futuro del empleo. Ningún país del mundo ha abordado cabalmente esta iniciativa, porque junto a los problemas enunciados en los párrafos introductorios, también estos exigen ingentes cantidades de recursos monetarios.

Como consecuencia de la última gran crisis surgida en 2008, las políticas fiscales en los distintos países afectados -casi todos los del planeta- acometieron audaces programas de gasto que condujeron a déficits públicos llamativos y abultados endeudamientos del sector público. Los Bancos centrales de occidente han venido realizando complementariamente durante la última década una política monetaria ultraexpansiva de tipos de interés negativos y de compra de activos financieros al objeto de abaratar hasta el limite el endeudamiento abordado por los tesoros públicos. Más de la mitad de las emisiones soberanas que cotizan en los mercados internacionales lo hacen con tipos de interés negativos, esto es, los compradores de bonos pagan una cifra en lugar de percibir cupón alguno por ser los titulares de los referidos bonos.

Pero sea tipos nulos o negativos los títulos públicos están ahí con la obligación de ser honrados al vencimiento. Algunos osan dar un paso mental más. Los bancos centrales deben distribuir gratuitamente el dinero para contribuir a paliar los muchos y graves problemas arriba enumerados. Son los defensores de la Teoría Monetaria Moderna (TMM o ‘Modern Monetary Theory’). ¿Es factible esta extraordinaria propuesta o es una simple y envenenada trampa propuesta por un puñado de teóricos desaprensivos?

La idea clave de la TMM es que un gobierno que controla la emisión de su moneda no puede ir a la quiebra porque siempre puede emitir dinero para pagar a sus acreedores. Si es así, podrá acometer cuantos gastos desee. En un sistema monetario como el actual, el dinero es ‘una criatura del Estado’ y todo el dinero es creado por el gobierno que lo imprime y lo pone en circulación. El gobierno nunca puede tener déficit de dinero ya que siempre puede imprimir más. En otras palabras: un estado con capacidad de crear su propia moneda puede autofinanciarse incluso sin recurrir a impuestos ni emitir deuda ni solicitar crédito alguno. Por lo demás, la legitimación de la moneda emitida deriva de que el administrado tiene que pagar impuestos en esa moneda. Así el Estado irá regulando el nivel de los impuestos para que no se recaliente la economía, pero no porque necesite de ellos para equilibrar o financiar su déficit.

La TMM tiene sus antecedentes en los clásicos y sobre todo en Keynes. Randall Wray y Mathew Forstater de la Universidad de Missouri comenzaron a recuperar esta teoría en los 90. La TMM está despertando un creciente interés entre economistas y políticos por todo el mundo. En Estados Unidos su abanderada es la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez. En España, los hermanos Garzón han incorporado la TMM al acervo ideológico de Izquierda Unida con una singular derivada social: los ricos y las clases medias no tienen por qué preocuparse, debido a que el modelo es compatible con una contención de los impuestos. Todo es cuestión de que el Banco Central Europeo le dé más a la maquinilla. No se necesita captar impuestos de los ricos para dárselo a los pobres, simplemente se necesita gastar más dinero en los pobres para proporcionarles un puesto de trabajo y/o financiar otros tremas igualmente apremiantes como las pensiones o la transición ecológica.

Lamentablemente, las políticas de emisión de los Bancos centrales suelen ser relativamente conservadoras. ¿Cuál es la razón? La primera es la pérdida del valor de una moneda si se separa del valor de la producción del país en cuestión. La TMM olvida la función del dinero como depósito de valor y lo circunscribe al de mero medio de pago. Cuando el estado emite dinero, emite un pasivo con un efecto en los mercados. El valor de una moneda no proviene del dictado de la ley sino de su aceptación y por el grado de demanda de sus tenedores. El argumento extremo, pero no por ello irreal, se halla en los ejemplos de Zimbawe o Venezuela (por no citar a la república de Weimar en 1916) que con políticas TMM han registrado hiperinflaciones clamorosas y han hundido sus economías. La tesis de que los gobiernos soberanos nunca son insolventes y que no puedan quebrar, ha sido desbancada por la experiencia.

La TMM flaquea en una economía abierta. Para la TMM las exportaciones son un coste mientras que las importaciones son un beneficio al tiempo que desconsidera el efecto de expulsión (‘crowding out’) de las inversiones privadas por parte de las públicas. Otras críticas se hallan en el ‘riesgo moral’ (‘moral hazard’) y en la desincentivación al ahorro en un escenario de liquidez ilimitada. La estatalización de la economía conlleva ajustes subóptimos si no directamente perniciosos. Tomemos el ejemplo del mercado de trabajo. Las quiebras y el desempleo son el mecanismo con los que se reasignan los planes productivos dentro del libre mercado desde empresas ineficientes a eficientes. Pero si el Estado asume como responsabilidad proporcionar un empleo a todo aquel que lo demanda entramos en un problema de asignación óptima de recursos, de casar óptimamente demanda y oferta en una economía abierta. Solo si el salario estatal pagado al empleado genera un valor añadido del mismo nivel en el mercado al de la economía privada, la intervención de la TMM quedaría justificada. Pero se trata de un supuesto utópico. Adicionalmente, la emisión desmesurada de dinero entra en conflicto con la actividad de los bancos comerciales. Si ello llega a afectar a sus cuentas de resultados la TMM estaría propiciando una crisis.

Obviamente, un tema tan complejo precisa de mucho estudio y más precisión. Queda recordar que además de los ‘halcones’ y de las ‘palomas’ del déficit existen las ‘lechuzas’ que contemplan con simpatía un intervalo razonable del déficit presupuestario. Para entender lo que asume en economía una ‘lechuza’ se puede recurrir al conocido ejemplo de las propiedades terapéuticas de la aspirina: un cuarto de pastilla se constituye en un excelente anticoagulante, pero la ingesta de un tubo completo puede ser mortal. Algún déficit en alguna circunstancia puede ser asumible, pero a medio plazo, el pacto fiscal europeo, suscrito por España, sigue siendo la regla de oro y las hiperinflaciones históricas están ahí para tener cuidado con la emisión descontrolada de dinero.

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Imatge de Dean Moriarty extreta de Pixabay

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