[Al finalizar el cuaderno 213, Abrazos de Vida. Testimonios de fe y justiciaanimábamos a los lectores a escribir su propio testimonio. Des de Bongor (República del Chad) nos llega este precioso relato del misionero Antonio Serrano Insausti].

Antonio Serrano Insausti. Viernes a las 13 horas, el momento de oración más importante de la semana para los musulmanes. Estoy en la estación de autobuses donde hay grifos y los musulmanes hacen sus abluciones para participar. También dos niños se han lavado, pero surge un problema: uno lleva sandalias pero el otro está descalzo y si pisa por el camino de tierra con los pies mojados se va a volver a manchar. Santo remedio: el niño calzado presta una sandalia al otro, se agarran de la mano y salen saltando a la pata coja. ¡Genial!

Misa a doce kilómetros, voy en bici. Al regreso, pinchazo cuando me faltan cuatro para llegar a casa. Sigo a pie. Un ciclista, musulmán, se interesa por mí, pero no tiene con qué arreglar el pinchazo. En todo caso, me saluda amistoso. Cuando me falta un kilómetro para llegar a casa, el conductor de una moto-taxi me hace gestos para que me acerque. Solo habla árabe y también es musulmán. Tiene todo para arreglar el pinchazo y lo hace él mismo. Hace realidad el evangelio de hoy: ninguna preocupación, la providencia de Dios se manifiesta, en este caso a través de los musulmanes.

Oración en la cárcel con el evangelio del amor a los enemigos. Duro silencio tras su escucha. Un preso se levanta y comparte su reflexión: “Yo deseo que quienes me han metido aquí se mueran en un accidente. Pero este evangelio me hace pensar sobre mi actitud”. Otro se levanta: “Estoy en la cárcel por culpa de mi tío y le he deseado lo peor, pero creo en Jesús y me fío de su palabra; rezaré por él”. Luz en medio de la oscuridad.

Nuevamente, la cárcel. Uno de los guardianes, cristiano, sufre crisis de ansiedad y escrúpulos. Una noche, mientras hace la guardia, la crisis se vuelve insoportable, sufre y tiembla. Va a buscar a los cristianos presos que participan al grupo de oración, que se pasan la noche por turnos cuidando, calmando y rezando por su carcelero. ¡Esta sí que es una cárcel sin muros ni fronteras!

Anochece, de camino a mi casa paso por la panadería. Los empleados, musulmanes, rezan ya salvo el más pequeño que aunque ya preparado para la oración me sirve. Me mira a los ojos y me pregunta: “¿Tú también rezas?”. “Claro”, le respondo, “pero de otra forma”. Saca su mejor sonrisa y me dice: “Rezar hace bien”. Esa noche, él ha rezado por mí y yo por él.

Imagen de falco en Pixabay 

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