Darío MolláRecibí una invitación de un pobre invitándome a su mesa el día de Navidad. Es lo contrario de aquello de “por Navidad siente un pobre en su mesa”… Una invitación que me ha hecho pensar y que, unida a otras experiencias vividas estos últimos días, me lleva a compartir unas reflexiones.

La primera, quizá la más elemental, pero no innecesaria (creo), es recordar que lo de “los pobres” no puede ser simplemente un mantra de obligado cumplimiento, ni un tópico de determinados ambientes, ni un discurso… Son personas. Y es la realidad de las personas, con sus mil matices, con sus blancos y sus negros, con todo aquello que te sorprende y todo aquello que te enoja, la que cuestiona, ilumina, transforma y habla del evangelio y de Dios sin palabra y sin discurso prefabricado.

La segunda, quizá la más discutible, es que cada día estoy menos de acuerdo con aquello de la “opción preferencial” por los pobres. Sé que con eso entro en contradicción con muchas afirmaciones tanto del magisterio eclesiástico como de buenos y comprometidos teólogos. Pero pienso que para Jesús los pobres no fueron una “opción”, sino un compromiso necesario, desde el amor del Padre por sus criaturas más débiles y vulnerables. Opción suena a que se puede sí o se puede no: y no es éste el caso. Y lo de “preferencial” vuelve a sonar a que las “preferencias” son para los/las “preferentes”… y tampoco es éste el caso; pienso que la llamada al compromiso con los pobres es unívoca y universal para todos los seguidores de Jesús.

La tercera, quizá la más atrevida, es que yo suprimiría en la vida religiosa el voto de “pobreza”. Eso de “pobreza” es un concepto lleno de mil matices que lo desfiguran (¡ah el sabio Wittgenstein!), sometido a eternas discusiones de hasta dónde sí y hasta dónde no, objeto de innumerables y continuos documentos capitulares que, al final, no cambian nada. Y lo sustituiría por otro voto: el de la cercanía efectiva y afectiva a los pobres, a personas pobres. Creo que éste tendría más capacidad evangelizadora y transformadora sobre personas e instituciones. ¿Pasaría, al final, lo mismo que con lo de “pobreza”? Puede que al final sí, pero se presta a menos matices y engaños… y quizá valga la pena hacer la prueba.

pobre

Imagen extraída de: Pixabay

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Jesuita, teólogo y especialista en espiritualidad ignaciana. Ha publicado en la colección EIDES: "Encontrar a Dios en la vida" (n º 9, marzo 1993), "Cristianos en la intemperie" (n º 47, octubre 2006), "Acompañar la tentación" (n º 50, noviembre 2007), "Horizontes de vida (Vivir a la ignaciana)" (n º 54, marzo 2009), “La espiritualidad ignaciana como ayuda ante la dificultad” (nº 67 septiembre 2012), “El ‘más’ ignaciano: tópicos, sospechas, deformaciones y verdad” (nº78, diciembre 2015) y “Pedro Arrupe, carisma de Ignacio: preguntas y respuestas” (nº 82, mayo 2017).
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