Una historia mínima

Una historia mínima

Rosa RamosEstimados lectores del blog de Cristianisme i Justícia:

Hace tiempo que no comparto nada en este espacio… y me han invitado a hacerlo. Estoy trabajando en un nuevo libro, no un sesudo libro de investigación, sino que me estoy sacando el gusto de escribir desde la experiencia y la “inteligencia sintiente” que contempla la realidad cotidiana. Espero que también sirva de ayuda a otros para ejercitar la mirada que traspasa la superficie y se adentra en la urdimbre de la humanidad de la que somos hilos.

El punto de partida: cada ser humano es un misterio, fascinante y tremendo, cada uno carga con su cruz, su herida al costado y  su rayo de luz… Yo diría su capacidad de sanación, rescate… para una nueva oportunidad de ser, de vida en abundancia.

Por ahí va la idea en la que estoy trabajando. El libro contendrá historias de gente común a veces ocultadas por vergonzantes en las familias y, por supuesto, terriblemente ignoradas en las grandes ciudades del espectáculo efímero y del cruel anonimato de las personas.

Compartiré historias reales, muy cercanas, historias de amor y otras de desamor, éste en sus diversas formas, social-político, de desamparo y falta de oportunidades, de desencuentros humanos, de torpeza afectiva, o de simple lenta hominización.

El proyecto incluye intercalar fragmentos en el relato y luego concluir cada historias con otros textos en lenguaje poético, que como decía Paul Ricoeur es el que mejor traduce la relación con la realidad, con el mundo que construimos. Aportan otra clave hermenéutica.

Y ahora mismo haré esto, al pegar un fragmento de “Gente común” de Agárrate Catalina, una murga uruguaya para justificar el proyecto:

“…Cada cabeza es un mundo en el mundo veloz
que anda en los mares profundos de su corazón.
Hay una historia escondida en cada tipo común, 
es una vela encendida brillando en la multitud…

Hoy les adelanto una de estas narraciones, el protagonista jamás entraría en un libro de historia escrito desde los vencedores, pues era uno de esos “nadies”, de los insignificantes que sólo son números en las estadísticas y peor aún de esos sobrantes a erradicar. Finalizo esta historia con un texto del escritor Eduardo Galeano del que tomo el título para mi relato.

“Decile a alguien que yo estoy aquí”

En muchas esquinas, portales y plazas de Montevideo -y de todas las ciudades del mundo- vive gente en situación de calle.

¿Quiénes son, cuáles son sus historias, hay testigos de ellas o son sólo sombras grises y malolientes que afean nuestras ciudades?

Muchas culturas antiguas creían que al morir los hombres pasaban al submundo de las sombras donde tenían una subexistencia, vestían sus atuendos y distintivos de vivos, pero no podían comunicarse ni alabar a Dios. Era parte del mundo subterráneo o sheol.

Hoy tenemos sombras menos que humanas, al menos así las tratamos, en nuestras culturas modernas y posmodernas.

Esta es la historia de un hombre cuyo nombre no conocí, aunque vivía a pocos metros, en la placita contigua al edificio donde habito.

“El rengo” parecía un muchacho muy joven -no lo era tanto-, lo veía y seguía “desde arriba” inquieta por sus movimientos diarios. Estaba muy delgado, barbudo casi siempre, cojeaba su pata dura. Vivían otros en la misma plaza, incluso una pareja con la que me relacioné más, sabía sus nombres y cuando cruzaba la plaza nos saludábamos como vecinos, como lo que éramos.

Con “el rengo” el saludo era de lejos, con la mano. Así pasaban las cuatro estaciones, con sus lluvias y sus calores: yo en mi apartamento, ellos a la intemperie.

¿Quiénes eran, por qué la vida los había llevado allí, cuál era su origen, su mala historia?

En otra esquina de Montevideo un día me había impactado mucho ver el gesto de otro joven habitante de la calle. Yo iba en un ómnibus, como habitualmente, contemplando la ciudad y su gente. De pronto oigo una frenada que dirigió mi mirada hacia una esquina, allí un coche casi había atropellado al joven. ¡Éste dio un salto e hizo la señal de la cruz en agradecimiento por la vida salvada! Ese muchacho en situación de calle no sólo valoraba su vida, sino que sabía rezar, recordaba la señal de la cruz, y la hizo agradecido mirando al cielo.

No son sombras, son personas. Viven en las calles, pero están allí con sus historias, sus aprendizajes, y allí también viven con su fe, quizá ingenua, infantil, no teorizada, pero desde ella soportan hasta con cierta dignidad su situación de indignidad.

Aprendí con el gesto de ese muchacho que no les da lo mismo vivir o morir. Quieren vivir, agradecen la vida, que es tan frágil –como lo son las nuestras- pero que está siempre más amenazada.

Con “el rengo” aprendí mucho en tan sólo cinco minutos, y la lección siguió creciendo en mí, porque fue muy fuerte la experiencia, sumada al desenlace.

El escenario fue otro ómnibus, estaba sentada y subió mi vecino de la plaza. Me saludó muy sonriente desde la puerta, pagó su boleto, se acercó, me dio un beso y se sentó a mi lado. Ya me extrañó esa expresividad y modo de relación que nunca se había dado antes.

Muchas veces me he preguntado qué lo movió a comportarse así y a contarme de sus amores.

Apenas se sentó (y compartimos muy pocas paradas) me empezó a hablar de sus hijas. No puedo recordar cuál fue la primera frase, pero sí los detalles que me contó sobre ellas y sobre todo recuerdo vivamente su rostro reflejando el orgullo por sus hijas.

Vivían en Cerro Chato (una localidad muy distante), la mayor iba a cumplir 18 años, estaba terminando Bachillerato, era “abanderada del Pabellón Nacional”, estudiaba música y daba ya clases de piano. Al año siguiente vendría a Montevideo a estudiar Derecho, lo cual le generaba gran preocupación “porque la ciudad es peligrosa”. Él prefería que estudiara unos años allá en los “Cerp”, así no venía tan joven. La otra hija era un año menor y también era abanderada, de la de Artigas. Era buena estudiante, pero más rebelde, tenía un carácter fuerte. También me habló de sus estudios, pero no recuerdo mucho sobre eso. No sé cómo pudo compartirme tanto y cómo yo retuve los datos si el diálogo fue tan breve y tan imprevisto.

Llegamos al destino, la parada de mi apartamento y de su plaza, se despidió con otro beso y un “hasta mañana”. Como vecinos que éramos, pero como si la relación fuera así de cercana y habitual, que no lo era.

Entré a seguir procesando todo lo que había recibido en cinco minutos, mientras lo miraba desde mi quinto piso acomodarse para dormir allá bajo su árbol en una fría noche invernal.

Estaba muy asombrada. Todo era tan extraño y tan normal a la vez: el encuentro, el saludo,  la conversación. Asombrada por su verborrea, su vocabulario, el manejo de los términos de modo tan preciso. Me asombraba también el contenido de su conversación. Descubrir que ese hombre que vivía a la intemperie tuviese una familia, hijas muy queridas, de las que se sintiera preocupado, responsable de su suerte, y tan orgulloso de sus vidas, estudios y aspiraciones.

Pero me esperaba otro asombro y más tema para seguir meditando mucho tiempo. Pues sucedió que ese fue nuestro primer, único y último diálogo.

“El rengo”, convertido en vecino, pero sin saber jamás su nombre, desapareció de la plaza. Al cabo de unos pocos días de mirar y no verlo bajo su árbol, pregunté por él y obtuve un “se murió”. Había muerto en Cerro Chato, en la calle, “de hipotermia o de sobredosis”.

¡Qué impacto! Pareciera que antes de morir tuvo que confiarle a alguien que era una persona, un hombre que había amado y formado una familia, que era un padre, un ciudadano uruguayo educado. No era “uno de la calle”, un nadie que sólo es y suma en las estadísticas.

No son sombras, ni habitantes del sheol. Son hermanos nuestros diciendo “Estoy, soy, existo”.

“Nochebuena”. Eduardo Galeano

“Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

-Decile a… -susurró el niño-

Decile a alguien que yo estoy aquí”.

situación de calle

Imagen extraída de: Pixabay

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