Maggie, la douce

Maggie, la douce

Josep Cobo. [La modificación] Al final de sus días, Thomas Merton, el famoso monje trapense de profunda espiritualidad, mantuvo una intensa relación sentimental con su enfermera, Maggie, relación que se interrumpió solo cuando esta llegó a oídos del abad. Como podemos suponer, la relación escandalizó a la mayoría de los que tenían a Merton por una especie de santo en vida. Pero quizá ahí esté el error. Pues ¿quién dijo que podríamos estar a la altura de nuestras grandes confesiones? ¿Quién dijo que podríamos ser de una pieza? De hecho, la verdad de un hombre no se encuentra del lado de su aparente integridad, sino del lado de su constitutiva insinceridad. Somos, sencillamente, quienes no estamos a la altura de los dones recibidos, quienes, en definitiva, no acabamos de encajar con nuestra mejor versión. Los que estén familiarizados con la Biblia no deberían extrañarse de lo que acabamos de decir, pues, desde una cierta sensibilidad bíblica, la que encontramos, pongamos por caso, en algunos salmos y, sobre todo, en Pablo, no hay nadie que sea justo, nadie que sea, por sí mismo, capaz de Dios. El desliz de Merton, si es que podemos hablar en estos términos, más que escandalizarnos, tendría que instruirnos. Quizá el problema resida en el hecho de Merton se mostraba como un hombre de un solo amor (el de Dios). Pero puede que ello tenga que ver más con nuestra apreciación de Merton que con el mismo Merton. De ahí que me parezca más adecuada a nuestra humana condición la concepción judía de la integridad, la cual no gira en torno a los que somos o dejamos de ser, sino en torno a lo que hacemos con el prójimo. Así, de lo que se trata, judaicamente, no es de ser sinceros, de que lleguemos en el presente a amar a Dios por encima de todas las cosas, sino de obedecer a su Mandato. Dios ya cuenta con la duplicidad del hombre y, por eso, la exigencia de amarle se formula en imperativo que es como desplazar el amor a Dios al futuro: amarás a Dios, es decir, terminarás amándolo. En este sentido, el hombre es, bíblicamente hablando, aquel que se encuentra sometido (de ahí el carácter imperativo de la sentencia bíblica) a la promesa del amor de Dios. De momento, en el presente solo cabe obedecer al Mandato que se desprende de nuestra incapacidad de Dios -de nuestra falta de Dios-, aquel que nace, precisamente, del llanto del huérfano, la viuda, el inmigrante, de los dejados de la mano de Dios. Lo primero, lo incondicional no es, por tanto, amar al hermano, entendiendo por amor la inclinación y el compromiso de la mente y el cuerpo, o de ser un altruista, sino darle de comer. Luego, si Dios quiere, ya vendrá el amor. Lo primero, pues, es encontrarse sujeto al imperativo incondicional que nos obliga a dar de comer a esos muertos de hambre… aunque no nos sintamos inclinados a ello, aunque nos repugnen, pues la pobreza es degradante, aunque, al fin y al cabo, no les amemos. Algunos dirán que eso ya es amar. Quizá. Pero creo que es mejor hablar aquí de un amor sin amor, por decirlo así. El amor tot court solo se da como historia de amor, incluyendo aquí el fracaso del deseo y la posterior reconciliación, y, por eso mismo, un amor de entrada es algo que debería levantar, cuanto menos, nuestras sospechas. Pues el amor de entrada siempre tiene que ver más con uno mismo que con aquel que se cree amar. Ahora bien, lo cierto también es que nadie es capaz, por sí mismo, de obedecer el Mandato de Dios. Solo quienes se encuentran en aquella situación en la que, ni siquiera la Creación, permite vislumbrar que haya Dios. Pues solo como abandonado de Dios puede el hombre escuchar el grito del oprimido como la voz incondicional de Dios. Solo el sin Dios -solo aquel que sufre la desaparición de Dios- puede obedecer a Dios. Esto es, sencillamente, así. Desde esta óptica, por tanto, uno no puede evitar la impresión de que las espiritualidades de laboratorio —y una celda monástica no deja de ser un laboratorio espiritual— fácilmente acaban pecando de un cierto narcisismo. Pues no es lo mismo desnudarse, aunque ello exija una buena musculatura ascética, que ser desnudado por la violencia que alimenta al pobre. Pero esté quizá ya sea otro tema.

Merton

Imagen extraída de: Instituto Humanitas Unisinos

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