África Oriental: si el pueblo de Dios se mueve, la Iglesia se mueve

África Oriental: si el pueblo de Dios se mueve, la Iglesia se mueve

Voces. Agbonkhianmeghe E. Orobator. [Mirada Global/JRS] La Iglesia siempre ha estado, de una u otra forma, cerca de las personas que se desplazan. Para las primeras comunidades cristianas, la hospitalidad era una actitud fundamental y una forma de vida. Durante siglos, los albergues ofrecieron refugio a viajeros y peregrinos, preocupándose especialmente por los vulnerables. Hoy en día, el servicio a los refugiados es un campo misionero clave, donde se proclama la Buena Nueva del amor y la compasión de Jesús. Recordando la observación del fundador del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), Pedro Arrupe, “si el pueblo de Dios se mueve, la Iglesia se mueve”.

Dios no abandona a su pueblo. Incluso en el exilio, está presente, acompañándolo todo el camino. Ser conscientes de ello puede cambiar nuestra comprensión de Dios. Él, que caminó junto a los refugiados del Éxodo bíblico en busca de una tierra libre de la esclavitud, sigue caminando con los refugiados de hoy. Acompañando a los refugiados, nosotros, como Dios, “levantamos nuestra tienda” entre ellos y nos convertimos en un signo vivo de que la Iglesia no los ha olvidado.

El teólogo ugandés Peter Kanyandago hizo en cierta ocasión una pregunta punzante: “¿Qué es la Iglesia en un continente donde 20 millones de personas viven en el exilio?”. Teológicamente hablando, creo que la experiencia del desplazamiento arroja luz sobre el sentido de la Iglesia. Esto me quedó claro hace unos años cuando visité los campamentos de refugiados en el este de África. Aunque el propósito principal de la visita era recopilar datos para mi tesis doctoral, las historias y testimonios de los refugiados acompañados por el JRS confirmaban la verdad de la afirmación de que los refugiados encarnan una imagen de la Iglesia como pueblo de Dios. Esta comprensión está profundamente arraigada en las Escrituras.

La apreciación teológica cristiana del desplazamiento se basa en eventos, historias y relatos del Viejo y Nuevo Testamento. La experiencia de la emigración, el exilio y la deportación dieron forma a la relación del pacto entre el pueblo de Israel y su Dios.

Desde la migración de Abraham (Génesis 12) a la huida de José y María a Egipto para salvar la vida de su hijo recién nacido, Jesús (Mateo 2:13-15), Dios se revela a sí mismo como un Dios que constantemente acompaña a su pueblo. Recuerdo una conversación con un catequista, Juvenal Niboye, en el campamento de Lukole, en Tanzania, sobre la interpretación teológica de ser un refugiado. Él dijo: “Nuestra experiencia del exilio es como la de los israelitas en Egipto. Dios los elige como su pueblo… Pertenecen a Dios, que les llevará a casa”. Para él, ser un refugiado no significa que Dios le haya abandonado; al contrario, él creía que Dios estaba presente en su experiencia, y que Dios le acompañará a casa. El desplazamiento y el exilio no despojan a los refugiados de la presencia y el acompañamiento de Dios.

Desde una perspectiva de la fe, el desplazamiento no se refiere sólo a personas aisladas que van de un lugar a otro; es la Iglesia, en su sentido original, como pueblo de Dios, que se ha movido y ha sido desplazada. Las personas en movimiento son la Iglesia, el pueblo de Dios, en el contexto particular del desplazamiento, la migración y el exilio. El fundador del JRS, el P. Pedro Arrupe SJ, capturó esta idea concisamente al decir: “Si el pueblo de Dios se mueve, la Iglesia se mueve”. La declaración de Arrupe establece una conexión fundamental entre Iglesia y pueblo, sin importar la situación socioeconómica o política de este último. Decir que la Iglesia se mueve cuando la gente se mueve sugiere que la Iglesia no existe al margen de las personas. Es tan fuerte esta relación que las condiciones reales o la situación de la población refleja el lugar y la identidad de la comunidad cristiana. Esto explica por qué, tal vez, el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes propuso la idea radical de que sacerdotes y obispos no sólo deben visitar a su gente en los campamentos de refugiados y asentamientos, sino que en realidad deberían seguirles en el exilio. La idea de que obispos y sacerdotes sigan a los refugiados en el exilio muestra claramente la realidad del acompañamiento como una metáfora o una imagen de la Iglesia.

Cuando visité el campamento de Kakuma, el obispo Harrington, quien en ese momento era obispo de Lodwar, utilizaba la imagen de la vida nómada del pueblo turkana para describir la identidad de la Iglesia. “La Iglesia está en constante movimiento”, dijo; “se ha convertido en una Iglesia nómada, desplazada aquí y allá”. Es evidente que ser un refugiado en las áridas tierras de Turkana es una experiencia traumática y neurálgica. Sin embargo, desde la perspectiva de la fe, la idea de “nomadismo” se refiere a la esencia de la Iglesia. En otras palabras, en el contexto de esta reflexión, los refugiados encarnan el significado de la Iglesia como un pueblo peregrino, tal y como apuntaron los directores del JRS en una reunión celebrada en Chiang Mai, Tailandia, en 1985: “Para la iglesia, los refugiados son un constante recordatorio de que el pueblo de Dios es esencialmente un pueblo peregrino, nunca se detiene, siempre en movimiento, siempre buscando, siempre yendo más lejos”. El Consejo Mundial de Iglesias coincide al afirmar que “la travesía de fe de las personas que sufren desarraigo es patrimonio de toda la Iglesia. En tanto que nuestra comprensión del amor de Dios se ha ilustrado en la historia de la Iglesia a través del Antiguo Testamento sobre el exilio, también la Iglesia de hoy debe recibir la palabra de Dios a través del testimonio de las personas desarraigadas”. Sin embargo, no basta con reiterar el principio de que los refugiados nos recuerdan la naturaleza peregrina de la Iglesia. Entender el fenómeno de los refugiados en este contexto genera responsabilidades éticas y morales de solidaridad, hospitalidad y acompañamiento. Mi enfoque se centra en el acompañamiento.

El acompañamiento exige presencia; no tiene sentido a distancia. Una comunidad cristiana auténtica y viva es aquella en la que nadie queda atrás; es un lugar de con-tacto y estar con —hombro con hombro y frente a frente—, donde nos acompañamos unos a otros como seguidores (y siguiendo el ejemplo) de Jesucristo. En este contexto, el acompañamiento permite a la comunidad cristiana en el exilio profundizar en la conciencia de su identidad como encarnación viviente de la Iglesia y como una comunidad de testigos. En su mensaje de 2001 para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, el papa Juan Pablo II destacó que “la historia demuestra que en los casos donde los fieles católicos fueron acompañados durante su traslado a otros países, no sólo preservaron en su fe sino que también encontraron un terreno fértil para profundizar en ella, personalizarla y dar testimonio a través de sus vidas”.

Durante los años en que he estado vinculado al JRS, me he encontrado con algunos ejemplos notables de acompañamiento y presencia. Recuerdo al sacerdote diocesano de Burundi, el P. Leonidas Njebarikanuye, que vivió en el campamento de Kanembwa, Tanzania; a los jesuitas que vivían en el campamento de Rhino, Uganda; y a los sacerdotes de la SMA (Sociedad de Misiones Africanas) que vivían en el campamento de Benaco, Tanzania. En realidad, más que la proximidad física, importa la calidad de nuestra presencia y del acompañamiento de los desplazados como la Iglesia peregrina de Dios. “La mera presencia de una hermana o un sacerdote (o una laica o un laico) en un campamento, es una señal para los refugiados de la presencia de la Iglesia, que también recorre sola ese camino; un signo de que la Iglesia se preocupa” (Los refugiados son personas, Simon E. Smith y Joseph G. Donders).

En el análisis final, la conciencia de que el acompañamiento de los refugiados encarna la imagen y la identidad de la Iglesia como el pueblo peregrino de Dios transforma nuestra comprensión sobre Él: “Dios, que caminaba con los refugiados del Éxodo en busca de una tierra libre de toda esclavitud, sigue haciéndolo con los refugiados de hoy”, en palabras del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes. En este caso, hay algo profundamente evocador de la Encarnación. El catequista Niboye me dijo: “Dios ha plantado su cahute o blindé (cabaña) en medio de su pueblo desplazado”. Creo que cuando acompañamos a los refugiados ponemos la tienda en medio del pueblo de Dios. El veterano agente de pastoral del JRS, P. Gary Smith SJ, llama a esta experiencia “una teología mística de la presencia entre la gente”.

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En relación a este artículo, os recomendamos el cuaderno de Cristianisme i Justícia “Refugiados en el siglo XXI” de Lluís Magriñà.

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Imagen extraída de: Ediciona

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