Mártires en la Universidad

Mártires en la Universidad

Javier VitoriaEl 16 de noviembre se han cumplido veinticinco años del asesinato, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), de los jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López y López; y de las dos mujeres salvadoreñas Elba y Celina Ramos que se habían refugiado en la casa de los jesuitas. Quiero con este texto contribuir a la memoria imperecedera de los mártires de la UCA

  1. Mártires y santas

El testigo es una figura muy importante en el judaísmo y en el cristianismo, donde la verdad se transmite a través del testimonio de los hombres y de las mujeres.

La fuerza del acontecimiento que recordamos radica en que su asesinato, consecuencia del conflicto que generaron sus vidas entregadas al servicio de la fe y la justicia, convierte a todos ellos en testigos públicos de la verdad. Ellos metabolizaron su conocimiento de la verdad en sabiduría y vida. Tuvieron el íntimo convencimiento de que en el debate de las ideas no se ventilaban simples opiniones sino el destino de los pueblos empobrecidos. Y pusieron sus vidas al servicio de la liberación de esos pueblos, que Ellacuría llamó «pueblos crucificados».

14 años antes… la XXXII Congregación de la Compañía de Jesús había respondido a la pregunta «¿qué significa ser jesuita?» de la siguiente manera:

«Reconocer que uno es pecador y, sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue S. Ignacio: Ignacio, que suplicaba insistentemente a la Virgen Santísima que “le pusiera con su hijo” y que vio un día al Padre mismo pedir a Jesús, que llevaba su cruz, que aceptase al peregrino en su compañía.

¿Qué significa hoy ser compañero de Jesús? Comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige.

La Compañía de Jesús reunida en su congregación General XXXII, después de considerar el fin para que fue fundada, es decir, la mayor gloria de Dios y el servicio de los hombres, después de reconocer con arrepentimiento sus propios fallos en la defensa de la fe y en la promoción de la justicia, y de preguntarse a sí misma ante Cristo crucificado, lo que ha hecho por Él, lo que está haciendo por Él y lo que va a hacer por Él, elige la participación en esa lucha como el punto focal que identifica en la actualidad lo que los jesuitas hacen y son».

Aquellos seis jesuitas, como muchos otros, se creyeron la proclama de la Congregación. Ignacio Ellacuría reformuló el diálogo de los Ejercicios Espirituales, referido en el texto citado, para preguntarse qué he hecho por los pueblos crucificados, qué hago por ellos, qué debo hacer por ellos.

Los mártires de la UCA trataron de responder biográficamente a esas preguntas. Dedicaron sus recursos intelectuales a comprender más profundamente el sufrimiento de los pueblos latinoamericanos empobrecidos por estructuras injustas y a combatirlo más eficazmente. Contemplaron a esos pueblos como la «continuación histórica del Siervo de Yahvé» y los consideraron «pueblos crucificados»[1]. Los seis compañeros de Jesús, asesinados en el campus universitario de la UCA, no solamente se hicieron cargo de la realidad de esos pueblos y de su significado para la fe sino que todo su hablar y pensar sobre ellos se sustanció en la praxis de encargarse de desclavar y bajar de la cruz a los crucificados[2]. Consecuentemente terminaron cargando con el destino histórico de esos pueblos y de Jesús de Nazaret: les mataron injustamente hace veinticinco años. Es ley de nuestro mundo: «quien se mete a redentor termina crucificado».

Con razón les consideramos «mártires jesuánicos», pues en lo sustancial han seguido a Jesús, han vivido dedicados a su causa y han muerto por sus mismas razones[3]. También, con verdad, podemos reconocer y proclamar la «santidad primordial» de Elba y Celina Ramos, dos mujeres pobres del pueblo crucificado salvadoreño, y por esa sola condición privilegiadas del Dios de las bienaventuranzas y del «Magnificat». Reconocemos en ellas no una santidad de las virtudes heroicas, sino la de una vida realmente heroica, pues respondieron a la vocación primordial de la creación, a la llamada de Dios a vivir y dar vida a otros, aun en medio de la catástrofe[4].

  1. Seducción y contagio

Una conmemoración, honrada con lo real, de unas vidas como las de los mártires de la UCA, entregadas hasta la muerte «ad maiorem Dei gloriam» («la vida del pobre», en palabras de Mons. Óscar Romero), nos impide centrarnos en ellas para hacerlo en los crucificados de la historia.

El 9 noviembre 1989, siete días antes del asesinato, cayó el muro de Berlín. Alguien dijo entonces que había comenzado el s. XXI.

Veinticinco años después es verdaderamente trágico constatar el importante número de muros (visibles e invisibles) que hemos levantado en nuestro mundo desde entonces, y que siguen perpetuando la tragedia de los pueblos crucificados. No me voy a detener en su enumeración y descripción. Pero no puedo dejar de mencionar a las víctimas de la cronificación de la pobreza en España, de “la shoah africana”, del “holocausto” que casi diariamente acontece en las aguas del Mediterráneo o en las concertinas de Ceuta y Melilla y de la debacle mundial provocada por «una economía de la exclusión y la inequidad», que «mata» y origina «una cultura del descarte», como ha denunciado el papa Francisco[5].

Un sistema económico que controla -¡no lo olvidemos!- las instituciones políticas democráticas hasta el punto de que, como denunció hace unos meses Intermon/Oxfan, ha secuestrado los procesos democráticos, consiguiendo que los gobiernos sirvan abrumadoramente a las élites económicas en detrimento de la ciudadanía de a pie. En este contexto tiene sorprendente actualidad el editorial que Ellacuría escribió en 1979 con el título «A sus órdenes, mi capital», tras la claudicación de una Junta militar que pretendía instaurar de una vez la democracia y la reforma agraria, como consecuencia de las presiones de las grandes corporaciones internacionales y la oligarquía nacional.

Tantas historias de sufrimiento debieran llevarnos necesariamente a hablar, seguramente con un lenguaje políticamente incorrecto, de víctimas de la injusticia, cuando nos percatamos que no son naturales, atemporales y moralmente neutras, sino históricas y cargadas de culpas y responsabilidades. Variados mecanismos económicos y sociales -«estructuras de pecado» los llamó Juan Pablo II (cf. SRS 16.36.40.46)- han hecho y hacen posible nuestra barbarie, la del s. XXI: la inhumanidad de un mundo donde el presente de millones de seres humanos es vivir infrahumanamente y el exterminio su futuro inmediato; y donde simultáneamente una minoría privilegiada de la misma especie vive indiferente ante «los llantos inaudibles de los que nada esperan ya de nadie» (J. Gil de Biedma), sin percatarse que ««indiferencia y crimen son lo mismo» (Marek Edelman).

La memoria de los mártires se nos ofrece como una invitación a actualizar y recrear la excelencia de su camino cristiano en el nuestro. Pretende repercutir en nosotros como seducción y contagio que nos impulsen a dar respuesta personal e institucional al diálogo ante el Crucificado, actualizado por Ellacuría: qué hemos hecho, qué hacemos y qué debemos hacer por los crucificados para que nuestras vidas e instituciones (también la universidad católica y sus business school) alcancen la excelencia cristiana. Seguramente este ejercicio nos exigirá conversión y fe en que tiene sentido luchar por un mundo más justo.

  1. Su servicio a la fe: una posibilidad de bondad y amor en medio de la barbarie

Los datos empíricos de la injusticia se levantan en el mundo como la gran impugnación de la voluntad salvífica de Dios, como la aniquilación de su presencia saludable y liberadora entre los hombres. La negación del derecho y la justicia entre los seres humanos atenta directamente al contenido del credo cristiano, en cuanto que parece desmentir esa soberanía de Dios que, como Misericordia Fiel, se va haciendo historia de nuestra historia y carne de nuestra carne en los envíos del Hijo-Jesucristo y de su Espíritu.

Así, pues, el cristianismo es una religión del Amor por una parte generador de esperanza y cuestionado, por otra, a causa de la existencia misma de las víctimas de la injusticia. Éstas exigen que el amor tenga que hacerse histórico y transformador de la historia.

Los mártires de la UCA, en su caminar sin salirse de la historia, encarnándose y profundizando en ella, tuvieron la convicción de que el camino que iban haciendo al andar tenía un origen último en el que se da la iniciativa para todo lo bueno y un fin último plenificante. Su convencimiento fue un saber de fe, transcendente, fruto de la gracia. Para ellos los pueblos crucificados fueron la mediación de esa gracia. De las víctimas recibieron el dinamismo para la praxis del caminar bajando de la cruz a los pueblos crucificados[6].

Con su caminar fiel hasta el final testificaron en medio de la barbarie una posibilidad de la bondad, que no permite escapar del peligro, del hambre, de la tortura y de la inminencia de la muerte; una bondad que no presupone ciertamente ninguna fe en Dios, pero que lleva a pensar que si la vertiginosa profundidad del mal no ha tomado al asalto todos los corazones humanos es porque, a pesar de su tenebroso poder, el mal no puede erradicar la anterioridad inmemorial de la bondad (cf., Gn 1, 31).

Por todo ello sus vidas y sus muertes son una invitación permanentemente a interpretar el Misterio último de la historia como Amor compasivo y Bondad radical con las víctimas de la injusticia. Las vidas y prácticas de estos testigos “redimen” a Dios de su insignificancia y de su deshonor en la historia del sufrimiento y emiten noticias acerca de un Dios Amigo aún en medio del holocausto de la pobreza. En una palabra, convierten en verdad aquella afirmación que un autor de la Cábala hace decir a Dios, dirigiéndose a su fieles: «Si vosotros dais testimonio de mí, yo seré Dios; de lo contrario, no».

Seguramente no hay otro modo más elocuente de servicio a la fe cristiana que éste que ellos nos invitan a compartir.

***

[1]Cf., El pueblo crucificado en I. Ellacuría/J. Sobrino (ed.), Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación II, Trotta; Madrid 1990, pp. 189-216.

[2]La fórmula «bajar de la cruz al pueblo crucificado» la utilizó por primera vez I. Ellacuría en Las Iglesias latinoamericanas interpelan a la Iglesia de España en Sal Terrae 3 (1982), p. 230.

[3]Cf. J. Sobrino, Los mártires jesuánicos en el Tercer Mundo en RLT 48 (1999),  p. 241.

[4] Cf. Id., Terremoto, terrorismo…, Trotta, Madrid, pp. 123-168.

[5]Cf. Evangelii Gaudium n.53.

[6]Cf. J. Sobrino, La fe en Jesucristo…, pp.476-477.

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Imagen extraída de: El Observador

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