Más allá de Dios Anti-mal

Más allá de Dios Anti-mal

Héctor L. Palacios. [Rayas y Palabras] “Un Dios creíble hoy” fue el tema sobre el que habló Andrés Torres Queiruga el 13 de octubre en la inauguración del curso 2014-2015 de Cristianismo y Justicia (CiJ). Partió de la creación por amor para pasar por un recordatorio de la autonomía del mundo, y por el problema del mal como objeción a creer en Dios. “El interés máximo de Dios es que luchemos contra el mal” nos dijo Queiruga. La pregunta es si con su discurso tenemos ejes claros para un Dios creíble hoy, especialmente para los más jóvenes, tema al que apuntaba Jaume Flaquer como de interés en el área teológica de CiJ para este curso.

Un Dios que no se ocupa de la injusticia no es creíble, pero un Dios que sólo se ocupa de la injusticia tampoco es creíble. Por otro lado, los nombres o atributos que damos a Dios no son excluyentes. De hecho, Queiruga indica que el tema central de su teología es la “creación por amor”. Pero puestos a presentar un Dios creíble puede que la explicación de los males deba acompañarse de referencias más concretas a la creación y al amor, más allá de la justicia. Exploraré esa vía, en principio sin contradecir a Queiruga, cuya teología no conozco más allá de dicha charla y el artículo que la acompaña.

En primer lugar agotemos el peligro al que nos enfrentamos al reducir el bien a la lucha contra el mal: reducimos el Reino a la tierra-sin-males, en el cual reina un Dios-Estado-del-Bienestar. Sé que exagero. Pero si esperamos nuestra liberación –cuya teología recordó Jaume Flaquer– Dios también tendría que estar con nosotros en esa libertad que vamos conquistando, y no sólo ocupándose por terminar de liberarnos. Esto, que puede parecer una maniobra para presentar a Dios en los países ricos, es crucial también en los países en desarrollo: estamos con Dios en la escasez y en la abundancia (Fp 4,12), cuando lloramos de dolor y cuando nos brillan los ojos de esperanza, cuando no hay para comer y cuando hay cosecha.

Explicitar la importancia de la vida en libertad participando en la creación continua -Queiruga- ofrece oportunidades prácticas en relación con los temas prioritarios del área social, presentados por Oscar Mateos en la inauguración.

La primera oportunidad es el tema del trabajo, que no es solo techo y pan, no es sólo dignidad, sino que contribuye a la creación continua. De otro modo estamos claudicando frente a la reducción del trabajo a su utilidad monetaria, haciéndole el juego al discurso de la irrelevancia que hace prescindibles a las personas. La economía no es sólo el dinero, es la red de servicios que nos hacemos unos a otros y hace posible nuestra vida, que va mucho más allá de las necesidades básicas. No se trata de especificar propuestas, sino de incorporar la dimensión creadora en el discurso sobre el trabajo.

La segunda oportunidad es el estudio de los movimientos sociales, al menos en su relación con los jóvenes. Se decía que “el 15M lo quiere todo”, porque no solo luchaban por reivindicaciones sino que soñaban en grande y hacían gestos concretos. Alguien me recordaba conmovido el compartir comida en las plazas. Aún perduran muchas de las frases acuñadas en esa época.

La espiritualidad en torno a la autonomía del mundo que presentó Queiruga me parece explícitamente corta. El Concilio Vaticano II (GS, documento citado por Queiruga) dice que los gozos y esperanzas de los hombres de nuestro tiempo son también de los discípulos de Cristo. “No hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). El que los jóvenes hayan conectado con el 15M tiene que ver con los ecos, y por tanto con un Dios creíble. Un Dios que está íntimamente cerca de las pasiones y deseos. No hay rincón de la sensibilidad que sea ajena a Dios, incluso la libertad personal, que es también frágil. Dios sigue estando con el paralítico al que Jesús dice “levántate”. De lo contrario nos hallamos que los únicos que pueden tener una relación íntima con la divinidad son los que viven en carne propia las principales preocupaciones del Dios-Anti-mal, que termina siendo lejano.

Pienso cada vez más en Moisés, quien frente a la zarza ardiente escuchó: “He visto la aflicción de mi pueblo”. ¿Con quién podría compartir Dios esa confidencia? Con uno que había sido capaz de matar y desterrarse por la aflicción de su pueblo. El corazón de Dios y el de Moisés latían afinadamente. He vuelto a la idea de Queiruga de “Dios que dice lo mismo que el corazón”, pero esto debe explicitarse y no sólo al señalar la injusticia, después de todo el Reino está por hacerse y está lleno de sorpresas.

Finalmente, la tercera oportunidad son los retos de la inmigración. Creo que algunos ciudadanos europeos no empatizan con el deseo ardiente de quienes intentan entrar desde el África subsahariana, en parte porque no logran ver la magnitud de su sufrimiento. Pero un Dios vivo que recoge toda sensibilidad humana podría decirles: “así como quieres vivir y estás dispuesto a tanto, y te acompaño; así están tus hermanos en las vallas de Ceuta y Melilla, y les acompaño”.

Otro punto tocado por Queiruga fue la oración de petición. Lucía Pedrosa de Padua, teóloga latinoaméricana, me invitó a tratar con respeto la religiosidad popular, la forma más usual de relación de Dios con las personas. Si los sencillos dicen: “Dios acuérdate de tanta gente enferma”, el que tiene que entenderlos soy yo, el complicado. Dios los entiende, y ellos se ocupan de los enfermos con una abnegación que yo no alcanzo siquiera a envidiar como merece.

Notas:

– Esta reflexión sigue al hilo del texto ¿Los pobres se ríen?, publicado aquí hace algunos meses.

– Errata: Decía autonomía personal donde debía decir libertad personal.

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Imagen extraída de: Periodista Digital

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