Fraternidad y fronteras

Fraternidad y fronteras

Voces. José Luis Pinilla. [Religión Digital] He sido testigo privilegiado de este proceso. Recojo mis apuntes de hace una semana con la imagen del Duomo de Milán, en la retina y el corazón, tras la visita imprescindible al sepulcro del Cardenal Martini.

Se trataba del Encuentro con los delegados de migraciones de ciudades europeas, junto a Gabriel el Delegado de Cádiz y los de otras ciudades europeas. Preparando el próximo encuentro en España y, más concretamente, en Ceuta. Porque ¡ya está bien de encuentros de estos en las grandes ciudades Europeas…! ¡A Ceuta! Como han hecho recientemente mis compañeros del SJM de España y cuyas crónicas he leído emocionado.

He vuelto a releer los apuntes del Encuentro europeo al leer las noticias de la Declaración conjunta, la denuncia y la labor de acogida que hace la Iglesia de Estados Unidos, México, El Salvador, Guatemala y Honduras sobre la crisis de las niñas, los niños y los adolescentes migrantes.

Recordaba que a lo largo de la mañana en Milán, mientras tomaba apuntes de la reunión, vi a Gabriel Delegado, Delegado Diocesano de Cádiz-Ceuta que al teléfono preguntaba “¿Cuántos emigrantes? ¿Tenemos sitio?”.

Y yo mientras tanto seguía tomando mis apuntes del debate

“Queremos que en nuestra reunión de España se introduzca el tema básico de las fronteras.
“Hablemos de las fronteras geográficas y de las fronteras psicológicas, legales, culturales, etc. impuestas a los emigrantes en cualquier lugar”.
“Sí. Fronteras que impiden la realización de sus proyectos vitales”.

Gabriel seguía, teléfono en mano, gestionando a miles de kilómetros la llegada y acogida eclesial de un nuevo grupo de 30 inmigrantes, procedentes del CIE de Tarifa. Aquel antiguo fortín militar reconvertido en Centro de Internamiento en donde Gabriel y yo acompañábamos a tres obispos y 50 personas más de la Iglesia española rezando con los recién llegados en las pateras de septiembre.

Otro delegado europeo, me parece que era de Viena, hablaba de Fraternidad. En mis apuntes escribí la palabra con mayúsculas: FRATERNIDAD. Fraternidad frente a los que rompen las espaldas con palos y piedras, en las dos orillas mientras algunas leyes, mafias y gente corrupta roban la dignidad de nuestros hermanos emigrantes que ni siquiera pueden abrir la boca. ¡Como oveja llevada al matadero!

Y hoy leo que la Iglesia de las dos orillas del Río Grande en los territorios correspondientes a México y Estados Unidos apuesta -una vez más- por “el compromiso -marcado por los últimos pontífices y exigido por la Iglesia católica- de “globalizar la solidaridad”. Posibilidad solo posible si se respetan, promueven y se defienden la vida, la dignidad y los derechos de toda persona, independientemente de su condición migratoria.

Fraternidad, para “nuestros emigrantes” los del Sur de Europa y los menores del Río Grande . Fraternidad no solo para ellos, sino con ellos, como cantábamos ¿hace 40 años?: “¡Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar!”. Es el texto poético, que tenía el aire del Atahualpa Yupanqui, que tarareábamos hace tiempo y que me acompañaba con su música en el viaje de vuelta con Gabriel que seguía preocupado…”¿Los podremos acoger?”.

“¡Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar!”. Música y letra que me trae el eco del más genuino profetismo de los viejos profetas de Israel y de Jesús de Nazaret.

En la riada de proféticos gestos incluyo este, cuajado estos días de nuevo. El gesto profético de una Iglesia samaritana aquí y allá. Y en este caso el de la acogida de emigrantes que la Iglesia española sigue haciendo y que Gabriel convirtió en noticia de agencias gracias al apoyo -entre otros- de su Diócesis gaditana y de la Comisión Episcopal de Migraciones:

“Desde el 29 de Mayo, hasta el día de hoy, ya son 89 los inmigrantes de acogidos de emergencia por el Secretariado de Migraciones y la Asociación Cardijn con el apoyo del cabildo catedralicio y de la Comisión Episcopal de Migraciones. Recibirán alojamiento y manutención, mientras contactan con las redes familiares y de compatriotas en España para viajar a otras ciudades de destino”.

Gestos proféticos que hacen realidad aquello de que “fui extranjero y me acogisteis”.

No se me apagó el recuerdo de la visita al sepulcro de Martini. Este me invita a reeler la lectura de alguno de sus textos antes de dormir. Descubrí este párrafo de una carta pastoral de 1999:

“La acogida de los inmigrantes, dando por supuesto importancia a una debida vigilancia y respeto a las leyes, es una de las formas de reconocimiento de la igual dignidad humana frente al único Padre, como lo es la solidaridad hacia los más débiles y los más olvidados de nuestra compleja sociedad. El rechazo de clausuras selectivas y de actitudes discriminatorias es igualmente fruto del reconocimiento del Padre de todos: no se debe dudar en reconocer el peligro de un pecado profundo de egoísmo y de blasfemia contra Dios como Padre común en estas actitudes que van envenenando aquí y allá nuestra cultura”.

Lo leí, lo releí, mientras me acordaba de Milán, del Duomo, de Gabriel, de Cádiz, de Río Grande , de los pobres de la tierra…

inmigrantes

Imagen extraída de: Religión Digital

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