Elecciones europeas

Elecciones europeas

J. I. González FausLa vida me ha enseñado una dura ley de la historia: cuando una situación es injusta, sólo los extremistas luchan de veras contra ella. Pero luchan mal debido a sus exageraciones.

Eso viví durante el franquismo, cuando los únicos que verdaderamente luchaban, se jugaban el tipo y fueron a la cárcel, eran en gran mayoría comunistas: militantes de diversos partidos marxistas desde el PC, BR, LCR y demás, con alguna excepción discreta como la de Ruíz Giménez y sus Cuadernos para el diálogo. En cambio, los que luego aparecieron como “demócratas de toda la vida”, quizá se permitían algunos chistes contra Franco en la intimidad, pero luego votaban sí en los referéndums del régimen. Y lo peor era que, al estar los grandes valores en manos de extremistas, era fácil desautorizarlos diciéndonos que luchar contra la dictadura era ser comunista. Nadie ha reivindicado a aquellos generosos equivocados, porque sigue siendo verdad que la historia la escriben los vencedores. Pero esa fue mi experiencia.

Y temo que hoy suceda lo mismo con la tiranía europea, aunque ahora los valores necesarios no los esgrima (ni los desfigure) la extrema izquierda sino la derecha, como luego diré. Pero vamos por pasos:

1.- Las encuestas anuncian una clara bajada del PP sin que por eso logre subir el PSOE. El dato es significativo. Conste que tengo a Rubalcaba como el mejor cerebro político del momento, tal como dijo Felipe González. Pero, desgraciadamente, tiene un historial manchado por su colaboración con el anterior gobierno del PSOE que cometió el mayor atropello que se le ha hecho a este país desde que comenzó la democracia: cambiar la Constitución (tan difícil de cambiar para otros fines más urgentes y más importantes) por un procedimiento de urgencia, sin consultar al pueblo, en complicidad con la derecha y para introducir una norma que puede ser discutible económicamente pero, en cualquier caso, contribuía a incrustar el neoliberalismo en nuestra carta magna. Eso no se lo han perdonado al PSOE muchos de los que habían creído en él. Y si se añade la otra negativa sostenida a un cambio en la ley electoral que evite el actual tsunami bipartidista (negativa sostenida también en alianza con el PP), el PSOE ha manchado tanto su historia que no logrará redimirse hasta que pida perdón por esos dos pecados. Claro que pedir perdón implica el propósito de cambiarlos en cuanto regrese al poder… Pero sin esa penitencia no veo yo que el PSOE pueda regresar al gobierno, con lo que está haciendo un gran favor indirecto al PP.

Y lo dicho no es óbice para reconocer que casi todo lo bueno que queda en este degradado país se lo debemos a Felipe González y que la ley de dependencia de ZP era una gran ley, aunque resultó estéril por no garantizar su soporte económico.

2.- Ahora se pelean el Sr. Cañete y la Sra. Valenciano, ambos con esa misma fatuidad política que consiste en grandes alfilerazos para el supuesto adversario y grandes palabras para los propios proyectos. En Cañete eso puede resultar normal porque, para su partido, España se reduce a unos doce millones de los más de cuarenta que pueblan la península. El resto ni son españoles, ni existen ni cuentan. Cañete tiene razón en lo que dice, pero sólo si se acepta este punto de partida monstruoso.

Por lo que respecta a Elena Valenciano, su lenguaje consta de palabras biensonantes pero, vacías, sonoras y abstractas: empleo, víctimas, estado del bienestar… Pero las palabras abstractas ya no convencen porque estamos demasiado acostumbrados a oír que se crea empleo facilitando el despido o que se suben las pensiones bajándolas.  Mientras que nunca hemos oído al PSOE desgañitarse y plantar cara y denunciar públicamente la dictadura de la troika, o las incompetencias de un BCE sin más objetivo que luchar contra la inflación, o el que nos gobierne una Comisión no elegida por los ciudadanos, o las negociaciones secretas sobre el ACTI (Acuerdo Trasatlántico de Comercio e Inversiones, que acabará metiéndonos al destronado AMI por una puerta trasera), ni los repetidos dictámenes de Bruselas que, tras aplaudir lo bien que estamos haciendo las cosas, añaden sin rubor que todavía hay que matar de hambre a unos cientos de miles más de españoles; y después volverán a decirnos lo mismo y así sucesivamente… Tampoco denunciaron nunca esa política cruel de rescatar a los bancos, víctimas de su propia codicia, con el dinero de los ciudadanos y sin exigirles devolver luego ese dinero, como prometía ingenuamente ZP y como hacen los mismos bancos cuando prestan dinero a alguien.

Lo que ha ocurrido estos últimos años en Europa es, en mi opinión, gravísimo, y el futuro lo juzgará como juzgamos hoy a los negreros blancos que aparecen en la película Doce años de esclavitud Hemos traicionado aquello que un libro de S. Zweig califica como “el legado de Europa”. Susan George (en Otro mundo es posible si…), ponía como condición imprescindible para un mundo mejor el que triunfase la visión europea sobre la visión norteamericana de la sociedad y la economía. Esa condición no se ha cumplido porque Europa, como el Esaú bíblico, ha entregado su legado a cambio de un plato de lentejas norteamericanas. Esta es, para mí, la gravedad de nuestra hora histórica.

3.- Así sucede que, quien esgrime en estos momentos las verdaderas reivindicaciones sociales son, desgraciadamente, partidos de extrema derecha como el Frente Nacional de Le Pen o el Amanecer Dorado de Grecia (en España no ocurre así porque la extrema derecha funciona como sostén del PP). Esos partidos mezclan hoy las más justas reivindicaciones sociales con contravalores inaceptables como la xenofobia, exclusión de inmigrantes, antisemitismo judío o árabe, la destrucción de Europa o unos nacionalismos ciegos… Con lo cual, otra vez, dan argumentos para desautorizar como fascistas todas esas demandas sociales. Por ello puede ser momento de recordar que Hitler no subió al poder por su locura racista, sino por sus reivindicaciones sociales. Lo otro vino después…

4.- En estas circunstancias ¿qué hacer a la hora de votar? No lo sé exactamente pero sí que creo poder dar dos consejos. En primer lugar, en estos días de campaña, taparse los oídos y los ojos ante cualquier anuncio, discurso, programa o cartel de propaganda: que sepan de entrada que no les creemos y que todos sus actos electorales no son más que vicios de autoerotismo político. Después no votar PP ni PSOE, ni aunque, como el lobo del cuento, se disfracen de caperucita nacionalista, y vayan a las elecciones con un eslogan de “Ganémonos a Europa” cuando el único grito posible es el de “Cambiemos Europa”.

Después de eso haga Ud. lo que quiera. En plan de sueños utópicos yo doy importancia al consejo del maestro Saramago (en Ensayo sobre la lucidez): votar en blanco. No dejar de votar porque es un deber ciudadano. Además, contra lo que algunos piensan, votar en blanco no es lo mismo que no votar: las abstenciones no cuentan, los votos en blanco sí; de modo que si de un total de cien, 50 se abstienen, 30 votan A y 20 votan B, gobernarán los de A con menos de un tercio de los votos. Mientras que si 50 votan blanco, 30 votan A y 20 votan B, los del partido A no podrán gobernar. En el primer caso A era la mayoría, mientras que en el segundo es una minoría. Por eso, si hay que dar la vuelta al sistema que está hoy como un calcetín del revés, imaginemos lo que sucedería si un día en unas elecciones el voto en blanco saca mayoría. Habría que encargarle formar gobierno porque es la opción más votada. Pero sería imposible hacerlo porque es una opción sin rostro. Quizás entonces los profesionales de la política se verían obligados a sentarse para ver cómo hacerle la respiración artificial a esta democracia ahogada, antes de que se nos muera del todo…

Así estamos. Pero a pesar de todo, y como aquellos viejos árboles de Labordeta, intentemos “hacer con el futuro un canto a la esperanza”.

mayk-voteImagen extraída de: Presseurop

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