12 años de esclavitud: de viejas y nuevas insensibilidades

12 años de esclavitud: de viejas y nuevas insensibilidades

Llorenç Puig. Imagine el lector esta escena: un hombre colgado de un árbol, ahogándose. Llega justo con la punta de los pies al embarrado y resbaladizo suelo para evitar la asfixia mortal. Un macabro baile de esos pies le mantiene con vida. Sólo se escucha el jadeo del hombre que se ahoga.

El director de 12 años de esclavitud nos tiene ante esta terrible escena unos interminables y agónicos minutos que no se acaban nunca. Pero lo peor es que alrededor de este macabro espectáculo, a unos metros, la vida continúa como si nada. Nadie interviene. Nadie se da por enterado de lo que sufre esta persona. Nadie se atreve a hacer algo tan fácil como cortar la cuerda de la que pende esta persona. Nadie se atreve a hacer algo tan difícil como cambiar un sistema que condena y mata a las personas tan caprichosamente.

12 años de esclavitud, recientemente premiada con el Oscar a la mejor película, es un film realmente duro que nos habla de la terrible situación de los esclavos en el sur de Estados Unidos hace tan sólo 150 años. Hace solamente cinco o seis generaciones. Una película en la que parece que hasta los árboles lloran, con sus hojas que caen como lágrimas en los preciosos paisajes que muestran el contraste entre la belleza de nuestro mundo y la brutal insensibilidad que pueden llegar a tener las personas.

Cuando se ve, al principio del film, cómo el protagonista, un hombre de color, es un violinista virtuoso y lleno de cultura, de buenos modos y honestidad, uno llega a creer, cuando lo secuestran para llevarlo al sur y venderlo como esclavo, que tal vez sus cualidades personales le salvarán. Pero no. Su arte, sus dotes personales y su virtuosismo, sólo sirven para amenizar los estúpidos y burlones bailes que los amos obligan a hacer a los esclavos para divertirse.

Lo más terrible de esta magnífica película es que no hay escapatoria de la situación de injusticia e inhumanidad que se vive allí. Muestra con toda su crudeza cómo, cuando un sistema social establece un modo de pensar determinado, que da por buenas unas cosas y criminaliza otras, nadie puede hacer nada para protestar para cambiarlo. Nadie se atreve a ir a liberar a ese agonizante hombre colgado del árbol. Se arriesga a ser también colgado, como él. Se vive con el miedo a romper ‘la ley’ establecida, por muy inhumana que sea.

En la película, tiene que ser alguien de fuera el que venga a sacar al protagonista de este infierno sin salida. Desde dentro del sistema no hay escapatoria. Desde dentro del sistema parece ‘evidente’ que los esclavos son propiedad de los amos, son las ‘máquinas’ que tienen para trabajar la tierra y para hacer negocio. El argumentario de ese ‘pensar común’ es que los esclavos no son personas, sino la propiedad productiva de unos honrados y trabajadores productores de algodón. En todo caso, si los esclavos se consideran como personas, no son sujetos de derechos tan básicos como la libertad y una vida digna. El derecho a la propiedad es el que prevalece por encima de todo. Ha habido un contrato de compraventa, y tiene que haber unas leyes y un sentir común que garanticen que ese contrato se cumplirá, y que la propiedad se podrá conservar. Si no, ¿qué caos se organizaría? ¿Cómo podría ser próspera la sociedad de Louisiana si el modelo productivo se rompe?

Alguien decía, comentando esta película, que el protagonista, finalmente liberado, es como un ‘anti-Moisés’: en lugar de liberar al pueblo esclavizado, se va y huye dejando a los demás en la situación infernal en que vivía. Pero no es del todo cierto. Para liberar a esas personas, nuestro hombre tiene que salir de allí, tiene que explicar lo que ha vivido, tiene que concienciar a mucha gente, de fuera de ese sistema de valores y de pensamiento infernal, para que se puedan cambiar las cosas. [Se puede leer el libro en el que se basa la película aquí]

Bien, hasta aquí la película. Tal vez nos podemos preguntar, a partir de ella, algunas cosas. Tal vez podamos sacar algunas lecciones de esta película:

− La horrorosa escena del hombre agonizante colgado del árbol mientras la vida sigue igual a su lado, ¿tal vez simboliza algo que se está viviendo hoy, en nuestra sociedad, en nuestras ciudades? ¿Qué personas, qué colectivos, qué realidades están como ese hombre, agonizantes, mientras el resto sigue su vida como si nada, por miedo, por comodidad, por no complicarse la vida, o porque el sistema es tan fuerte y tan coercitivo que no parece posible hacer nada para cambiarlo?

− ¿Hay, tal vez hoy también, algunas ‘certezas’ establecidas en nuestro modelo económico y social, que provocan las injusticias, la dualización social, la exclusión y el olvido de tantos/as? ¿Qué ‘certezas’ justifican la pérdida de tantos derechos sociales, laborales y familiares, que ya nos parecen como ‘inevitables’ o ‘normales’, o un ‘costo necesario’? ¿Cuáles son esas ‘certezas’? Y yo, ¿estoy también convencido de que ‘no hay alternativas’ y de que nuestro sistema es ‘bueno’ y ‘el único posible’?

− Nuestro protagonista tiene que ‘salir’ y tomar distancia para poder intervenir de un modo efectivo para transformar el pensamiento establecido y consensuado en esa sociedad. ¿De qué maneras de pensar y de qué modos de vivir debemos ‘salir’ para poder intervenir transformadoramente en nuestra sociedad? ¿No es cierto que las voces proféticas de ayer y de hoy hablan con la libertad del que toma distancia respecto los intereses y las ‘certezas consensuadas’ de la sociedad que denuncian? ¿Qué voces proféticas tenemos hoy? ¿Qué voces disuenan hoy del ‘main stream‘ del discurso social, político y económico, y proponen nuevas perspectivas más justas, más humanas, más dignas, más fraternales? ¿Les doy algún valor? ¿Las escucho y participo? ¿O tal vez soy de los que, con una sonrisa condescendiente, tildan a esas voces de ilusas y poco ‘pragmáticas’ o poco ‘rigurosas’? Yo, ¿de qué lado estoy?

12-AÑOS-DE-ESCLAVITUD-1

Imagen extraída de: Claqueta

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