El sermón

Josep CoboCada uno sufre de deformación profesional. Los profes tienden a sentar cátedra. Los médicos, a ver podredumbre por todas partes. Los malos sacerdotes, a sermonear. ¿Qué es, sin embargo, un sermón, mejor dicho, un sermón cristiano? Un sermón cristiano, por lo común, es una palabra verdadera, fuera de lugar. Esto es, fuera del lugar en donde podemos admitirla, precisamente, como palabra que tiene que pronunciarse. Hace ya tiempo que un sermón cristiano dejó de ser un anuncio para ser simplemente un instrumento de la coacción moral. Por ejemplo: cristianamente hablando, es cierto que un seguidor de Jesús debería dar a los pobres la túnica que le sobra. Ahora bien, predicarlo a los jóvenes ricos, una y otra vez, es como insistirles a las prostitutas del Raval que deberían amar a sus clientes. Ellas no pueden hacerlo, aun cuando cristianamente deban. O cuanto menos no pueden hacerlo, salvo milagro. De ahí que un sermón, en tanto que artefacto moral, solo pueda crear mala conciencia. El error del sermón consiste en hacernos creer que está en nuestras manos hacer lo que Dios nos exige, cuando, en principio, debería limitarse a anunciar que ocurrió lo imposible, es decir, lo que el mundo no puede admitir como su posibilidad: el perdón del enemigo, la vida de los muertos, etc. Un buen sacerdote es un cuentista. Un buen sacerdote es aquel que cuenta historias de milagros: “mirad: había una vez una prostituta que abrazó a su cliente, porque vio que él sufría mucho más que ella…”. Y deja que la historia obre por su cuenta. Pues acaso sea cierto que uno solo puede cumplir con la voluntad de Dios donde no pretende cumplir con la voluntad de Dios para justificarse a sí mismo como cristiano. Uno, al fin y al cabo, está cansado de oir una y otra vez aquello, de “hemos de, hemos de, hemos de… si queremos ser coherentes”. Uno está cansado de que con una mano se le dé con la vara del “hemos de, hemos de” y con la otra se dé cancha al buenrollismo del “no hay para tanto”. ¿En qué quedamos, pues? Muy perverso, todo en su conjunto. Jesús no le dio la tabarra al joven rico. Simplemente se entristeció hasta las entrañas. Pues, ciertamente, qué difícil es que un rico pueda hacer lo que, sin duda, debe hacer en nombre de Dios.

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Imagen extraída de: Wikimedia Commons

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