Que se reinventen ellos

Que se reinventen ellos

Josep M. Lozano. [Persona, Empresa y Sociedad] Como no podemos cambiar la realidad, cambiemos el lenguaje. Ésta parece ser la consigna. Confieso que me incomoda mucho, a veces me irrita y en algún caso me indigna la multiplicación de apelaciones a la necesidad del espíritu emprendedor que ha tomado carta de naturaleza entre nosotros. Debemos reinventarnos, nos aconsejan a menudo. Tal persona u organización se han reinventado con éxito, se dice mientras se nos exhorta a admirar tal capacidad. Reinventarse y la emprendeduría han sustituido a la ejemplaridad. Yo, por si acaso, cuando me encuentro ante cualquier predicador de dicha buena nueva, lo primero que hago es mirarle a la cara e indagar sobre su trayectoria. Suele ser muy saludable. Con perdón de Unamuno: a menudo la única conclusión lógica es que a quien le convendría reinventarse es al predicador.

Y conste que esta ola emprendedora y reinventadora tiene su razón de ser. Sin capacidad de iniciativa, esfuerzo y creatividad lo tenemos crudo. Con la que está cayendo no deja de ser recomendable empezar cualquier diatriba crítica mirándose al espejo. Hacerse adulto –personalmente y socialmente- pasa por asumir que la responsabilidad exige que la primera reacción no puede ser buscar quien tiene que resolverme los problemas. Pero esto no se resuelve con el implícito de que la partida se juega solo en la genialidad individual. Incluso para emprender y reinventarse se necesitan formación, estímulos, entornos institucionales, regulaciones adecuadas y una cultura que dé sentido y valoración a estas actitudes.

Pero no. Siempre se habla de “el” emprendedor (o “los” emprendedores, pero solo de manera agregada). Y siempre se escamotea la cuestión de si al final puede haber emprendedores si decimos que solo queremos tener más emprendedores, y es de lo único de lo que hablamos. Me temo, una vez más, que nos encontramos ante otro ejemplo de aquel dicho sobre buscar soluciones claras, sencillas y rápidas a problemas complejos. En este caso, para seguir con el dicho, quizás no sea equivocada. Pero me temo que lo que es equivocado es que la solución solo sea ésta.

Sin embargo, cuando al iniciar este comentario he hablado de irritación e indignación es porque me parece que ciertos elogios del emprendedor y de la reinvención no son en absoluto inocentes. Y menos aún en boca de según quién. Responden a una tendencia ideológica que consiste en convertir los problemas sociales en problemas personales, o en déficits de capacidades. Tengo la sensación de que se está imponiendo lentamente una nueva definición de parado: dícese de alguien que no tiene espíritu emprendedor. Aunque sea políticamente incorrecto, creo que el mito de que solo saldremos adelante con innovadores emprendedores y creativos olvida que para que un país funcione también se necesita gente normal. Que no es lo mismo que mediocre. Pero los apologetas de los emprendedores deberían modular sus deseos, al menos a partir de la constatación empírica de que no hay garajes para todos. El mito del innovador que (se) reinventa a veces no es más que el último avatar del mito romántico del genio, pasado por el tamiz de la tecnología y las escuelas de negocios.

Lo repito: me parece que cierta retórica forma parte de una operación ideológica para convertir las desigualdades sociales en culpas personales. Si me va mal, debe ser porque algo he hecho mal y porque no tengo las cualidades necesarias. Ni el espíritu o la actitud conveniente. A la dualidad social se le superpone una dualidad de legitimidad: el problema es de quien no encaja en el mito, que no está en lado correcto de la historia. Estar en el lado correcto de la historia: antes era una afirmación/acusación política, hoy lo es tecno-económica. Pido disculpas por la comparación: hay discursos políticos y sociales que me recuerdan las pasarelas de la moda. Porque venden como ideal de belleza y elegancia un tipo humano que solo es asequible para una porción muy reducida de personas.

A veces me temo que el ideal con el que sueña más de un discurso es una sociedad de autónomos. Envuelto en el lenguaje de la responsabilidad suena muy bien. Pero una cosa es reformular la cultura del trabajo heredada y otra muy distinta la ideología que todo lo resuelve con la figura del emprendedor, que excluye o subestima otras opciones: empleado, funcionario, neorural, artista, escritor… Opciones todas ellas a las que también se puede y se debe aplicar la exigencia de responsabilidad, dedicación, esfuerzo, compromiso… Sin olvidar además que, de la misma manera que se dice –con razón– que no puedes ser emprendedor sin tener una pasión, hay gente cuya pasión no se concentra en lo empresarial. En cualquier caso, el elogio del emprendedor está llevando al desuso –o situando en segundo término- otras palabras: “profesional” por ejemplo; un profesional es cada vez más alguien que está al servicio de una empresa o un emprendedor, no alguien cuya actuación remite a los parámetros y los valores de la profesión. Y no digamos ya “vocación”, prácticamente desparecida del mapa, cuando no se considera ya directamente un obstáculo para el desarrollo profesional.

Lo anterior no quiere ser un ejercicio de nostalgia sino recordar que no existe lenguaje inocente. El sueño de una sociedad de autónomos no debe sustituir el ideal de una sociedad en la que las personas puedan desarrollar su autonomía en tanto que personas. Y es que, por supuesto, el mito del emprendedor encubre un implícito: el emprendedor del que hablamos y de quien se habla siempre es un emprendedor… de éxito.

Y a lo mejor lo que de verdad está en juego es la pretensión de que el éxito sustituya a la justicia o el bien común como horizonte de la vida en sociedad.

Imagen extraída de: Emprendedores.es

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