Periferias enredadas

Periferias enredadas

José EizaguirreAhora las cosas ya no se fundan como antes. Ahora ya no se crece del centro a la periferia sino al contrario. Hace un año un grupo de vecinos y amigos de Carabanchel (Madrid) decidieron transformar un espacio marginal, baldío y sucio de su barrio en un huerto colectivo. Uno de los primeros días de actividad se presentó un desconocido: «Hola, me llamo Pablo, soy de la red de huertos urbanos de Madrid y vengo para ofreceros nuestra ayuda…».

–Esto de la red de huertos urbanos de Madrid, ¿qué es?, le pregunté. ¿Una asociación?

–¡Nooo!, respondió. Es un nombre que nos hemos puesto. ¡Instituciones las mínimas!

Es así: no es que exista una entidad llamada Red de Huertos Urbanos de Madrid que decide “fundar” en Carabanchel y para ello envía a unos pioneros que llegan, se establecen y a los que se suman después gentes del lugar. No. Los huertos urbanos surgen como las flores del campo: la lluvia ha estado empapando la tierra durante el largo invierno y al llegar el momento oportuno se produce la eclosión. Un florecimiento simultáneo de iniciativas parecidas que se van apoyando mutuamente, aprendiendo unas de otras y, en definitiva, enredándose en una madeja con la mínima estructura y, solo cuando es estrictamente necesario, con personalidad civil.

Normalmente, sí, hay un centro (lugar, momento, personas) del que surge el empujón inicial, de la mano de unos primeros impulsores. Pero pronto este “centro fundacional” pasa a un segundo plano e incluso con el tiempo los primeros promotores pasan a ser irrelevantes para la mayoría de las personas que participan del movimiento. ¿Es importante saber quiénes fueron los “fundadores” del movimiento 15M, la Red de redes de Economía Alternativa y Solidaria (REAS), el Foro Social Mundial, el movimiento slow, los bancos de tiempo…?

Así es. Muchas de estas nuevas iniciativas ya no van de un centro a la periferia. Ahora estamos observando cómo surgen esparcidas y, por un mecanismo parecido al de “Dios los crea y ellos se juntan”, se coordinan de forma horizontal con un mínimo de estructura y unos principios comunes. Los nuevos movimientos sociales son un ejemplo clarísimo.

Algunos de estos movimientos llevan años funcionando así. La Comunidad de San Egidio, fundada en Roma en el emblemático año 1968, es un ejemplo más. En la reunión de voluntarios previa a la comida de Navidad que sus miembros comparten con personas de la calle, al llegar el turno de preguntas, uno de los presentes intervino: “Habéis dicho que la Comunidad de San Egidio está presente en setenta países. Cuando se decide fundar en un nuevo país, ¿cómo lo hacéis?”. La respuesta fué inmediata: “La Comunidad no decide fundar en un nuevo país; más bien al contrario: en ese país hay personas que, por lo que sea, nos han conocido y quieren empezar allí a vivir de esta manera y esta identidad. En Tanzania, por ejemplo, desde el principio todos los miembros de la Comunidad han sido y son tanzanos. Esa es nuestra manera de crecer”.

¿Espíritu del 68? Lo cierto es que la mayoría de estas “periferias enredadas” son mucho más recientes. La Red de Huertos Urbanos de Madrid surgió en mayo de 2010 con unos primeros huertos, a los que se han ido sumando progresivamente otros más, llegando ya a la veintena. En el ámbito nacional, el último año y medio han tenido lugar tres “primeros encuentros estatales”, el del movimiento decrecentista (Zarzalejo, septiembre 2011), movimiento de Transición (Zarzalejo, abril 2012) y el de Monedas Sociales y Complementarias (Vilanova i la Geltrú, julio 2012). He aquí al menos tres ejemplos de realidades que surgen de forma descentralizada y se van aproximando y apoyando mutuamente.

“¿Cómo podemos potenciarnos sin pisarnos?”, me preguntaba hace poco mi amigo jesuita Esteban Velázquez. Creo que ésta es la clave: cómo potenciar las iniciativas diversas que están surgiendo por todas partes como flores en esta primavera social, cómo reconocernos identificados en los valores, apoyados mutuamente en la sabiduría práctica –conocimientos y métodos– y respetados en la iniciativa y la diversidad.

Se dirá que esta forma de organización es frágil, que los nuevos movimientos así surgidos no se sostendrán mucho tiempo. Que solo las instituciones sólidas perduran a largo plazo. Puede ser. En este momento no hay suficiente perspectiva histórica para comprobarlo. Pero de lo que no hay duda es de que en estos tiempos líquidos los movimientos flexibles y descentralizados se mueven mejor que las instituciones rígidas y verticales.

Tiempos líquidos que precisan de respuestas flexibles. Tan estéril es anclarse con firmeza al fondo, dejando pasar la corriente alrededor, como dejarse llevar irreflexivamente por ella. Benjamín González Buelta en la introducción a su libro “Caminar sobre las aguas. Nueva cultura, mística y ascética” acierta a proponer una respuesta evangélica. ¿Qué haría Jesús en esta situación? ¡Caminar sobre las aguas!

Nosotros, salvo milagros, no podemos andar sobre el agua sin hundirnos. Pero el ingenio humano nos ha sugerido construir embarcaciones para “navegar sobre las aguas”. Una constatación oportuna, también para las frágiles barcas de nuestras comunidades, movimientos e instituciones de Iglesia.

Imagen extraída de: Blog de Diego Vintimilla

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