Esto lo tenemos que arreglar también con ellos

Esto lo tenemos que arreglar también con ellos

José Eizaguirre. El pasado 19 de julio las calles de muchas ciudades españolas se llenaron de manifestantes contrarios a la política de recortes del Gobierno. En mi ciudad, Madrid, somo muchos los que también salimos a expresar nuestra indignación y descontento en un ambiente pacífico y creativo. A mí me pareció que éramos muchísimos (en mi apreciación, más de la mitad de personas que en la manifestación que se convocó en Madrid para oponerse a la “Guerra de Irak”, en la que se dijo que éramos un millón de personas). De todas maneras, es inútil plantear cifras de manifestantes, pues ya sabemos que siempre están manipuladas.

Es una pena que, al día siguiente, las fotos de portada de los principales periódicos de tirada nacional y la mayoría de sus titulares no aludieran a esa masa pacífica de ciudadanos en movimiento sino a los enfrentamientos de unas decenas de personas con la policía una vez concluída la manifestación. Pero también sabemos que eso es parte de la manipulación mediática.

Mi interés en este artículo se centra en el “ambiente pacífico y creativo” de la manifestación, en consonancia con otras manifestaciones similares. Estamos ante una característica de estos tiempos: mucho más allá del tono reivindicativo de lucha de clases, llevamos tiempo percibiendo un ambiente propositivo, creativo (la antología de eslóganes y pancartas ocurrentes del 15-M merecería un estudio aparte) e incluso festivo. ¡Parece que la gente está de fiesta! Y, sin embargo, es muy serio lo que nos hace salir a la calle.

Sin embargo, el día 19 me pareció percibir, dentro de un ambiente general tan festivo como otras veces, un tono más cargado de rabia, indignación y cabreo. Es comprensible. Cada vez son más los que sufren las consecuencias de las políticas económicas neoliberales y los que se dan cuenta del modelo de sociedad al que nos estamos dirigiendo. A lo largo del recorrido, junto con eslóganes del estilo de “¡A por ellos!”, se escucharon repetidos insultos a políticos y banqueros. Es comprensible, pero esto lo que hace que mi conciencia se ponga en estado de alerta.

“Esto solo lo arreglamos sin ellos” es un conocido perfil de Facebook, además de un eslogan que se va extendiendo entre los descontentos con este sistema de organizarnos y de ser gobernados. Ciertamente ante los sinvergüenzas y delincuentes que, a sabiendas, están esquilmando los bienes y derechos de los débiles para incrementar sus riquezas y su poder, hay que evitar que estas personas sigan haciendo ese daño. Y, en lo posible, hay que procesarlos y, llegado el caso, sentenciarlos. Comprendo muy bien el cabreo y el resentimiento de muchas personas que se ven víctimas de esa injusticia. Comprendo que se escuchen insultos malsonantes y diatribas enrabietadas. Y me preocupa que esta rabia pueda derivarse en enfrentamiento violento, pues también sabemos que la injusticia es el caldo de cultivo de la violencia.

Durante la manifestación me vino a la cabeza el librito, que acababa de leer, de Thomas Merton Gandhi y la no-violencia (Oniro, 2010), escrito en 1964, con una magnífica introducción y una selección de textos del Mahatma (que significa alma grande). Qué bien formula Merton esa

…relación inherente entre la no-violencia y la renovación de la India por la cual Gandhi vivió y  murió. Después de todo, un cambio violento no hubiera significado un verdadero cambio. Castigar y destruir al opresor no supone otra cosa que iniciar un nuevo ciclo de violencia y opresión. La única liberación real es aquella que, simultáneamente, libera al opresor y al oprimido del propio automatismo tiránico del proceso violento. (p.40)

Si dirigimos nuestra rabia hacia ellos, sin ser conscientes de que en nuestro propio corazón también anida la maldad, si no reconocemos que tal vez nosotros hubiéramos hecho algo parecido si hubiéramos estado en su situación, si pensamos que lo único que debemos pedir es “que sean ellos los que cambien”, estaremos descuidando la otra parte de verdad. Cambio personal, justicia global son (además del nombre una interesante iniciativa) los dos elementos imprescindibles en la transformación del mundo. Sólo así nos daremos cuenta de que nosotros mismos también estamos siendo opresores de otras personas (de hecho, lo somos) y estaremos en condiciones de dejar de serlo.

No puedo dejar de acordarme de otro gran profeta y “alma grande” del siglo XX, Nelson Mandela, y del proceso de desmantelamiento del apartheid y de la transición a una democracia más perfecta en Sudáfrica. Recomiendo el libro de John Carlin El factor Humano (Seix Barral, 2009), cuyo título original –Playing the enemy– podría traducirse algo así como Ganándose al enemigo. ¡Qué bien comprendió Mandela que al enemigo no se le vence sino que se le convence! Qué bien lo comprendieron también sus colaboradores más cercanos:

Nadie capturó el cambio transcendental que había llevado a cabo Mandela mejor que Tokyo Sexwale, que había pasado trece años en Robben Island condenado por terrorismo y conspiración para derrocar el gobierno. «Aquél fue el momento en el que comprendí con más claridad que nunca que el fin de la lucha de liberación de nuestro pueblo no era sólo liberar a los negros del cautiverio ¨Cdecía Sexwale teniendo en cuenta la principal lección que había aprendido de Mandela en la cárcel¨C, sino, todavía más, liberar a los blancos del miedo.» (p. 285)

En fin, este es un tema que daría para mucho más. Daría, por ejemplo, para darnos cuenta de que nosotros, con nuestra forma de vida, también estamos siendo opresores de otros muchos seres humanos. Y que junto con la liberación de su cautiverio debemos liberarnos del miedo a abandonar nuestros hábitos de comportamiento y consumo. Pero este artículo no da para más y de momento aquí nos quedamos. Nos guste más o menos, lo cierto es que esto lo tenemos que arreglar contando también con ellos.

Imagen extraida de: tuitformacion.com
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