Ajustar el déficit sin recortar derechos (3)

Toni Comín. [Revista El Ciervo]. Subamos impuestos al capital financiero (y a las grandes fortunas) y dediquemos el dinero recaudado a aquellas políticas e inversiones públicas que pueden reactivar el crecimiento. Esto es lo que propusimos en la “Vuelta” anterior. Una solución de corte keynesiano: convertir una parte del ahorro privado en ingresos –o sea, en gastos- públicos. Se trata de quitar una parte de la gasolina del motor principal (la inversión privada), que hoy no acaba de arrancar y no consigue poner en marcha la economía, y derivarla hacia el motor auxiliar (la inversión pública). ¿No es más inteligente dedicar una parte del combustible disponible a un motor que puede funcionar, que meterlo todo en un motor que, según demuestran los hechos, por ahora sigue atascado?

Esta propuesta, sin embargo, adolece de algunas dificultades que no debemos ignorar. De entrada, si queremos minimizar riesgos indeseados, las distintas modalidades posibles de impuestos al capital, para ir bien, se tendrían que arbitrar a escala europea. Por ejemplo: si sólo nosotros ponemos impuestos a los bancos –no olvidemos que no somos ni Frankfurt ni Londres, que son las capitales financieras europeas- los bancos pueden optar por operar menos en nuestro país. Si sólo nosotros subimos los tipos a las rentas del capital, la tendencia de los ahorradores será invertir en países vecinos con menos impuestos. Y lo mismo con las sicav. Por esto, sólo armonizando los impuestos sobre el capital a escala europea se evitarían los episodios de competencia fiscal indeseables, tan habituales hoy en Europa.

El caso de la tasa Tobin es el más paradigmático: ¿se puede poner un impuesto a las transacciones financieras (ITF) en un solo país, puede hacerse a escala europea o sólo es viable si se establece a escala mundial? Cameron, esemayordomo de la City de Londres, ha sido claro: o el ITF se aplica en todo el mundo o no permitirá que lo aplique la UE en solitario. Sarkozy, en un sospechoso regate izquierdoso, ha contraatacado: si no lo establece la UE, lo hará Francia por su cuenta. Pero una tasa Tobin a escala nacional parece poco realista. Lo ideal sería aplicarla a escala europea –en tanto que una tasa Tobin a escala mundial hoy por hoy es un brindis al sol-. Pero si la resistencia de la derecha británica se demuestra imposible de vencer, siempre queda la opción de establecer el ITF para la zona euro.

Nuestra propuesta se enfrenta, todavía, a una segunda dificultad. Aun cuando consigamos establecer nuevos impuestos sobre el capital –en cualquiera de sus modalidades o en todas ellas- el objetivo no debería ser la reducción del déficit a corto plazo, sino fomentar las inversiones y los gastos públicos expansivos. Y evitar todos aquellos recortes que puedan tener un efecto contractivo sobre el crecimiento.

Pero, si hacemos esto, deberemos renunciar a reducir el déficit público al ritmo pactado por los países de la UE a principios del 2010. Nuestra estrategia de corte keynesiano exige, por tanto, que se relaje el calendario del ajuste acordado por los veintisiete. Idea que, sin duda, no puede ser más razonable. Porque -como explica Guillermo de la Dehesa- este calendario se hizo cuando los países de la UE preveían que su crecimiento medio anual sería del 2% del PIB durante los años del ajuste. Pero hoy ya sabemos que la UE ha crecido muy por debajo de este objetivo en 2011 y todo indica que crecerá todavía menos en el 2012. Si cambian las previsiones, lo único racional es cambiar el calendario.

En ambos casos, pues, la clave se llama Europa. Tanto establecer impuestos al capital (financiero) como relajar el calendario del ajuste son cosas que sólo se pueden decidir a escala europea. No es posible una salida alternativa de la crisis a escala estatal: sólo desde la UE se pueden articular las políticas necesarias para ajustar el déficit sin recortar derechos. (Seguiremos.)

Imagen extraida de: actualidad
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