No os embriaguéis con vino... ni con la televisión

No os embriaguéis con vino… ni con la televisión

José Eizaquirre. Dicen que las culturas de todos los tiempos tienen en común que todas han buscado y obtenido alcohol y estupefacientes. Pensándolo bien, se comprende: la vida es dura y el ser humano necesita distraerse, relajarse y distanciarse de la realidad para soportar mejor sus dificultades. Ese estado reducido o alterado de la conciencia es el que, por otra parte, permite tomarse unas libertades que, ante las normas morales y de convivencia, las personas no se atreverían a tomarse estando lúcidas.

En cierta ocasión me atreví a preguntar a un musulmán por qué bebía vino en las comidas si, como tenía entendido, el Corán lo prohíbe. Su respuesta fue: “El Corán prohíben tomar alcohol y sustancias estupefacientes porque limitan la conciencia y la libertad de la persona, dos de los más grandes dones que hemos recibido del Creador y que no debemos despreciar. Pero si uno bebe un vaso de vino en la comida de forma que eso no le disminuye la conciencia y la libertad, está respetando el espíritu del Corán. Y eso es lo que yo hago”. Reconozco que me sorprendió escuchar a un musulmán hablar en términos de distinguir entre la letra y el espíritu de su escritura sagrada. Y me gustó esa interpretación que iba al fondo de la cuestión: Dios nos ha hecho seres conscientes y libres y privarnos a sabiendas de esos dones sería una ofensa al Creador. Beber alcohol puede estar bien, siempre que no nos prive de conciencia y libertad (de alguna manera nuestro Código de Circulación participa de este criterio: no prohíbe beber en absoluto cuando se está al volante sino a partir del punto -bastante bajo, por cierto- en que el conductor puede empezar a perder sus reflejos físicos y facultades mentales).

En tiempos de la Biblia, la bebida alcohólica más popular era sin duda el vino. Jesús lo bebía ocasionalmente, convirtió el agua en vino en Caná y nos lo ofreció en la última cena: “tomad y bebed todos de él”. Pero una cosa es beber vino en las comidas y en las fiestas y otra el emborracharse. Por eso es conocido el consejo de Pablo a Timoteo de que tome un poco de vino en las comidas (1 Tim 5, 23), a la vez que recomienda que los diáconos no sean dados “a beber mucho vino ni a negocios sucios” (1 Tim 3, 8). Y a los efesios les exhorta: “No os embriaguéis con vino, que es fuente de libertinaje. Llenaos más bien del Espíritu Santo” (Ef 5, 18).

El consejo de Pablo sigue sirviendo hoy. No bebamos mucho. ¡No nos embriaguemos con vino! Y, yendo al espíritu del texto, creo que es procedente añadir: no nos embriaguemos con vino… ni con nada que nos prive de la conciencia y la libertad (en esto coinciden la Biblia y el Corán), que son dones preciosos que hemos recibido del Creador. Nada: ni el vino, ni los licores, ni las drogas… ni Internet, ni los aparatos electrónicos, ni la televisión.

¡Ah, la televisión! Un alto dirigente de TF1, la principal cadena de TV privada de Francia, percibe su misión “cultural” de la forma siguiente:

«La tarea de TF1 es ayudar a Coca-Cola, por ejemplo, a vender su producto. Y para que un mensaje publicitario sea captado, hace falta que el cerebro del telespectador esté disponible. Nuestras emisiones tienen la vocación de hacer que esté disponible: esto es, distraerlo y relajarlo para prepararlo entre un mensaje y el siguiente. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo de cerebro humano disponible» (Citado en Vivir bien con menos. Sobre suficiencia y sostenibilidad. M.Linz, J. Riechmann y J. Sempere. Icaria, 2007, p.88)

Si algo tiene como misión distraernos y relajarnos, para que nuestro cerebro esté disponible y receptivo, y además nos lo presentan con el descaro (y cinismo) con que este alto directivo lo reconoce, ¿no deberíamos estar más alerta ante los verdaderos efectos que la televisión está teniendo en nosotros?

Algunas personas tenemos la suerte de tener disponibles al día cuatro horas más que la media de los españoles. Porque ésa es la cantidad de horas que los españoles pasamos, de media, ante el televisor durante el año 2011.Y esto supone no solo cuatro horas más al día disponibles sino cuatro horas diarias en que uno no está a merced de las estrategias de distracción de las emisoras.

El televisor es, sin duda, un gran invento. Sirve para informarnos. Y esto es bueno, siempre que seamos conscientes de que las cadenas televisivas controlan escrupulosamente la información que emiten (una vez pregunté a un amigo periodista, que trabaja en los informativos de una TV autonómica, qué porcentaje de las noticias que nos llegan pasan algún tipo de censura por parte de las autoridades. Me dijo: “Bueno, por dejar algún margen, yo diría que el 99,9 % de las noticias que se emiten pasan antes por el Gabinete de Prensa del Gobierno Autonómico”). Afortunadamente, hoy también es posible estar al tanto de lo que sucede en el mundo y en nuestra sociedad acudiendo a otros medios de información.

Y la televisión sirve también, como bien saben sus directivos, para distraerse, relajarse y distanciarse de la realidad y así soportar mejor sus dificultades. Pero a partir de cierto punto pasa como con el alcohol. Porque, volviendo al Código de Circulación, hay un punto -bastante bajo, a mi juicio- a partir del cual el que ve televisión puede empezar a perder facultades físicas y reflejos mentales. En una conferencia escuché a un conocido teólogo la afirmación: “una hora diaria de televisión incapacita para la vida espiritual”. ¿Exageración? Dejo al lector que se dé su propia respuesta.

Imagen extraida de: textoscensura
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