Porque yo quiero amor...

Porque yo quiero amor…

Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.”  Os 6,6

Josep Cobo. Que Yavhé no quiere sacrificios, sino justicia es algo sabido. De hecho, el monoteísmo se sostiene en gran medida sobre esta convicción. Y, por lo común, esto se entiende de manera muy elemental: lo que quiere Yavhé no es lo que quieren el resto de lo dioses. Ahora bien, que un dios no quiera sacrificios es como si una mujer rechazara el anillo que le ofrece su prometido… a quien, por otro lado, dice querer con locura: algo no acaba de funcionar. Una mujer que no acepte la ofrenda de su prometido es una mujer que no quiere sentirse obligada a responder en igual medida. Es decir, no quiere sentirse en deuda con él. Sin embargo, ¿quién puede amar, si de algún modo no se siente en deuda con aquel o aquella a quien dice amar? ¿Acaso los amantes no se deben, uno al otro, la vida? Es sabido que en la Antigüedad, el sacrificio ritual –la inmolación de las vírgenes– no pretendía otra cosa que obtener el amor de la divinidad, su bendición, su correspondencia. Los pueblos le entregaban a su dios lo mejor que tenían, las vidas más puras. En este contexto, un dios que rechazase el sacrificio de su pueblo solo podía comprenderse como un dios que no quería saber nada de su pueblo. Por tanto, Yavhé se revelaba, cuanto menos, como una divinidad difícil, insatisfacible, por no decir, caprichosa: una divinidad que abandonaba a sus elegidos. Ahora bien, supongamos que la mujer de antes fuera una mujer pobre, cuyos hermanos pequeños llevasen días sin comer. La situación cambia y mucho: ella no puede aceptar la ofrenda de su prometido… si antes no ha saciado el hambre de sus hermanos. Es como si ella le dijera: si me quieres de verdad, dales de comer. O también: no puedo responderte —no puedo estar por ti— mientras ellos se mueran de hambre… La moraleja es inmediata: Yavhé no puede satisfacer la necesidad religiosa del hombre, mientras hayan quienes sufren un mundo a todas luces injusto. Bíblicamente, no cabe, pues, una relación directa con Dios. O, por decirlo de otro modo, Dios responde a la necesidad religiosa del hombre con una llamada —un mandato— insatisfacible y no con una intervención que nos hiciera sentir como los más afortunados de los hombres. Que, con todo, sigan habiendo quienes sostengan que el Dios bíblico es una divinidad entre otras, como si de lo que se tratase es de obtener su favor, aunque éste fuera el de un corazón puro, es algo que no puede producirme otra cosa que perplejidad. Como si no supieran leer.

http://kobinski.wordpress.com/2011/12/03/os-66/

Per continuar fent possible la nostra tasca de reflexió, necessitem el teu recolzament.