Saint-Exupéry y el laberinto somalí

Veus. Ramón Lobo. Desde el aire, parte de Somalia es un desierto amarillento; y Mogadiscio, una ciudad fantasma. Desde el mar, donde se combate a los presuntos piratas (también ¿tienen derecho a la presunción de inocencia?), Somalia es arena y viento, un misterio.

El reportero Bru Rovira pone de ejemplo, cuando habla del buen periodismo, el libro de Saint-Exupéry ‘Piloto de guerra‘: a 10.000 metros de altura hay montañas, nubes; si se desciende aparecen valles, vacas, viviendas. La guerra no se gana desde el alejamiento de la realidad y sus complejidades. A 10.000 metros no hay personas, no hay voces; no entendemos sus razones, su vida, sus carencias y ellos no pueden conocer nuestras intenciones. Sin diálogo, fracaso seguro.

Somalia es uno de los países más complejos de África, un laberinto de clanes, subclanes y subsubclanes. No es una guerra civil, sino una guerra clánica entre señores de la guerra y grupos islamistas radicales. Cualquier mequetrefe con armas, seguidores y un punto de saqueo -un puerto por ejemplo-, se convierte en un ‘alguien’ que atrae a milicianos a sueldo de otros subclanes. Los llamamos mercenarios. Cuando se trata de occidentales en negocio privado en Afganistán o Irak preferimos el sinónimo: contratistas.

Este país del Cuerno de África apareció en nuestras pantallas de telerealidad en octubre de 1993, tras una hambruna como la actual. EEUU impulsó la misión ‘Restaurar la Esperanza‘ con un desembarco en las playas de Mogadiscio televisado por la cadena CNN, infoespectáculo. Todo cambió en días: de la ayuda se pasó a combatir al principal señor de la guerra, Mohamed Farah Aidid. Entonces había dos bandos que se disputaban los despojos del Estado del depuesto dictador Siad Barre; hoy, son decenas de grupos armados que se pelean por los despojos de la nada. El resultado fue catastrófico: no se ganó la guerra, ni la librada contra Aidid ni la librada contra el hambre.

Somalia reapareció en ‘nuestro mapa’ en primavera de 2006, con el nacimiento de la Unión de las Cortes Islámicas (UCI). En frente, los señores de la guerra, los delincuentes que habían destrozado el país. Para ganarse apoyos exteriores, antes de su derrota final, formaron una coalición llamada ‘laica’ (no islamista) que contó con apoyo económico y militar de EEUU.

Como en el Afganistan de los talibanes, la UCI representaba seguridad, la primera sensación de gobierno tras años de caos. Recibiron ayuda de los principales hombres locales de negocio en Mogadiscio. Una vez en poder, en junio de 2006, acosados por Adis Abeba y EEUU, cometieron errores graves: prohibir el fútbol durante el Mundial de Alemania, y atacar el norte.

La Administración Bush los incluyó en su guerra global contra el terror; nada de grises: blanco o negro, y en este caso, terroristas. Etiopía, aliado de Washington, hizo el trabajo sucio: invadió Somalia y expulsó del poder a la UCI en diciembre de 2006.

De las Cortes derrotadas nació Al Shabab (la juventud). Donde ellos mandan hoy, en el sur y parte de la capital, hay una forma de gobierno. La UCI tenía dos corrientes, la radical y la moderada. Tras diversos experimentos con los desprestigiados señores de la guerra, Estados Unidos se vio obligado a repescar en 2009 a Sharif Sheikh Ahmed, líder del ala moderada de las Cortes y ahora presidente de Somalia. Un círculo para llegar al mismo punto; se ha perdido un tiempo precioso.

Después aparecieron los piratas. Se enviaron más máquinas de guerra para proteger unos barcos que en muchos casos llevan bandera extranjera y evitan su responsabilidad fiscal en el país de origen. ¿Quiénes son los piratas? ¿Los somalíes que asaltan barcos o los barcos que esquilman las aguas territoriales de un país sin Estado.

Somalia tiene hambre, exceso de armas y un problema con las palabras. Estas fueron inventadas para generar una distancia entre el poderoso alfabetizado y el ignorante pobre, entre el que manda y el que obedece aunque no entienda. Con el paso de los siglos, las palabras fueron descendiendo de los tronos y de los palacios y, a través de la educación, llegaron a un número elevado de personas. Es uno de los mayores logros de la Revolución francesa y de la democracia.

Las palabras escritas o inventadas por grandes escritores pueblan libros hermosos y pese a la crítica social y la dureza de algunas diatribas, las palabras siguen secuestradas por los poderosos. El abismo ahora es global: Primer Mundo contra Tercer Mundo.

Raul letra
RAÚL BARBOLLA.

Las palabras son armas de destrucción masiva; sirven para justificar una guerra, para tildar de terrorista (los talibanes, por ejemplo) a quienes en las mismas circunstancias se le llamaba en los ocho años ochenta luchadores de la libertad (los muyahidines, de Charlie Wilson).

La principal victoria, la que cambiaría el mundo, sería reconocer la existencia de relato múltiple, del Otro, como sostiene la escritora Chimanda Adichie. Es necesario tomar los mandos del avión de Saint-Exupéry y aterrizar, hablar, escuchar. Resulta más barato, más inteligente.

 

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