Lucha de clases: la "bolsa" o la vida

Lucha de clases: la “bolsa” o la vida

José I. González Faus. La lucha de clases atraviesa la historia humana. Pero sus formas varían, y hoy no tiene tanto valor la caracterización de K. Marx como lucha Capital-trabajo. Eso era sólo era una concreción epocal de otra figura más amplia: el dinero contra el esfuerzo.

Al esquema marxiano de lucha entre patronos y obreros, le está sucediendo hoy otra batalla entre eso que llaman “los mercados” y el estado del bienestar. El esquema empresarios-obreros queda hoy superado: no sólo porque puede existir el empresario emprendedor y bien intencionado, a lo Schumpeter, sino porque los empresarios son hoy también víctimas de ese enemigo superior y anónimo cuyo alias son “los mercados”. Que no sabemos bien quién es, pero sí sabemos que es un enfermo bipolar, cuyas oscilaciones pueden hundir en la miseria o arruinar por la euforia a quienes conviven con él. La lucha se da hoy entre la Bolsa de valores y la vida de las personas.

Ahora no podemos ver el bosque porque nos lo impiden esos árboles de recorte de funcionarios, qué van a hacer Alemania o Inglaterra, o una huelga general inútil… Pero el bosque es bien simple: la crisis va cada vez a peor; si en un comienzo se esperó que pudiera servir para reformar el capitalismo, hoy queda ya poca duda de que está sirviendo para reforzar al capitalismo. Y un capitalismo aún más brutal que el anterior.

Voces bienintencionadas quizá, pero ciegas porque defienden intereses de partido, dicen que nos aguardan “años de sacrificio” pero que servirán para “garantizar el estado del bienestar”. En realidad para lo que van a servir es para  desmantelarlo poco a poco: porque el estado del bienestar es una auténtica gangrena para los oasis del capital. Y pasará como con el enfermo a quien se corta una pierna “para salvarle la vida”. Al cabo de un tiempo se hace necesario cortarle la otra. Después los brazos… Al final se le corta la cabeza, también para salvarle la vida, naturalmente. La pena es que esa última operación no salió bien, y el enfermo se quedó en ella.

Nos aguardan años de sacrificios, pero éstos no van a afectar para nada a ese 15 ó 20 % de la población mundial que lo tiene casi todo, pero quiere tenerlo todo. Van a recaer sobre los miles de millones que viven en la inseguridad perenne, y están por ello dispuestos a traicionar a los demás para salvarse individualmente. Mientras “los mercados” se frotan las manos.

El bosque aparece así cada vez más nítido: se trata de ir creando estados de “shock” en los que cualquier sacrificio parezca legitimado (y sacrificio es un eufemismo que significa propiamente: recorte -hasta la supresión- de todos los gastos sociales). Es la receta que el Fondo Monetario Americano ha venido imponiendo durante decenios a países del Tercer Mundo, con los resultados que ya conocemos. Ahora llega el momento de imponerla también a los países que se consideraban desarrollados.

En mi opinión, los sindicatos fueron ciegos a este peligro durante la época de falsa bonanza, que no era más que una astuta sedación previa a la agresión posterior. Los sindicatos no supieron verlo, abandonaron la lucha contra el sistema, cobraron bien y se desentendieron de los verdaderos síntomas (el “lumpen” de parados y pateras), para atender a los que estaban más o menos instalados.

Pero, dejando ahora esta cuestión, mi pronóstico es: hacia el 2050 ya no quedará nada del estado del bienestar. Yo no lo veré, pero quisiera dejar constancia aquí, por si entonces puede comprobarse.

En un juicio más territorial, cabe decir que lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo es propiamente un ataque contra lo mejor de Europa: el estado social europeo no podía seguir en pie en un mundo tan injusto como el de USA por un lado, y el China por el otro. EE UU sabe muy bien que su riqueza se sostiene sobre el castillo de naipes del dólar como supuesta moneda universal; que el día en que China deje de comprar dólares, o los países árabes prescindan del dólar en el comercio del petróleo, la economía americana se va a pique.

Además de eso, no hay nada más peligroso que un buen ejemplo. Y, con todos sus defectos, el estado social europeo (o el camino hacia él) era un ejemplo demasiado peligroso, con el que convenía acabar cuanto antes. El fenómeno migratorio podía resultar una amenaza para Europa, pero demasiado lenta y con el peligro de inocular determinados valores sociales a los mismos inmigrantes. Por eso era mejor acabar con el intento de forma más rápida. Si Marx dijo que era imposible la revolución en un solo país, hoy lo que se revela imposible no es hacer la revolución, sino que se mantengan algunos pasos hacia ella en un solo país.

Miguel Delibes ingresó en la Real Academia con un discurso inolvidable (ya olvidado como todos los buenos ejemplos), que terminaba diciendo: si el mundo ha de seguir así “que paren la tierra, quiero apearme”. Él por suerte ya se bajó. Yo sé que no puede estar lejana mi última parada. Al resto de la humanidad sólo les quedará aquel eufemismo de “ajo agua y resina”, y la lucha de todos contra todos, para regocijo de los mercados.

Pero no se preocupen: también nos quedarán la Roja con sus primas millonarias, y Fernando Alonso o Jorge Lorenzo, y el Barça-Madrid y Rafa Nadal… Que no nos darán de comer pero, al menos, nos harán dormir. Y durmiendo se siente menos el hambre.

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